Uno de los ensayos sobre la guerra de Rafael Sánchez Ferlosio, ahora recogido en Babel contra Babel:
Tú lo has querido
Al
que emprenda una guerra le convendría compenetrarse con la índole de
juramento que tiene semejante decisión. El "juramento de victoria" ata
la voluntad más que ningún otro compromiso imaginable; ningún otro
sujeto se somete a una pérdida de libertad como la que padece tal
juramentado. Así, cuando se dice que el guerrero "pone su vida en juego"
por la victoria, ha de entenderse no sólo la llamada "vida física",
sino también la llamada "vida moral".
La
derrota es, literalmente, la muerte moral del derrotado; así lo
entendían los generales romanos al combinar la muerte moral de la
derrota con la muerte física que se daban —¿voluntariamente?— mediante
el suicidio, que, a su vez, los samuráis describían, significativamente,
como "el honroso camino de salida". Japonés es también aquel refrán que
expresa crudamente la pérdida de libertad, la cosificación de la
voluntad —como una fuerza enajenada, impuesta desde fuera—, que comporta
el juramento de victoria: "La espada que ha salido de la vaina tiene
que matar". El aspecto de feroces antiguallas irracionales que toman hoy
semejantes concepciones responde sólo a la actual dispersión de cierto
punto de vista individual —el del patricio romano, el del samurái—, pero
no a alguna impensable racionalización de la naturaleza de la guerra.
También
el bandido que dice "la bolsa o la vida" hace total dejación de su
libertad y se irresponsabiliza de su eventual reacción como si ésta
quedase de pronto engranada en un resorte totalmente ajeno a su
albedrío. A eso responde el que, cuando tras la negativa del atracado
dispara contra él, diga: "Tú lo has querido". Una costumbre inmemorial
es capaz de disipar hasta la última sombra de extrañeza, pero no hay
lógica que pueda hacer absurda o poner fuera de cualquier razón posible
esa pregunta: "¿Cómo? ¿Que YO soy el responsable de lo que TÚ me hagas A
MÍ?".
En
el mismo orden formal ha de inscribirse la frase de Javier Solana,
secretario general de la OTAN: "Milosevic es el único responsable de lo
que le pase a Serbia", donde ya ese terrorífico "le pase" connota lo
ineluctable, enajenado de toda posible libertad humana, autóctono
respecto de cualquier voluntad de hombres, como un rayo del cielo o un
inexorable decreto del Altísimo: tal es el "juramento de victoria". Y,
sin embargo, todos han visto claro y convalidado como real y racional
que Estados Unidos y la OTAN, una vez prospectada la amenaza y
constatado el incumplimiento de la condición, no podían dejar de
bombardear, porque desistir de ello "habría sido un suicidio". Pero lo
que hay que preguntarse es dónde lo han visto claro, o en qué universo
de supuestos, en qué estructura de la sociedad humana, dejar de ejecutar
la amenaza apareja el suicidio, la autonegación y autoaniquilación del
amenazador, o aun qué clase de autoaniquilación puede ser ésa. Dicho de
otra manera, ¿cuánto de una determinada configuración del mundo se da
por supuesto y se acepta al ver claro y reconocer como evidente que si
Estados Unidos y la OTAN no hubiesen ejecutado contra Milosevix y sobre
Serbia la amenaza de bombardear habría sido un suicidio para ellos? O,
finalmente, ¿qué figura de sujeto humano es la que pierde la libertad
hasta el extremo mortal de no poder dejar de ejecutar la amenaza
prospectada cuando el amenazado se niega al cumplimiento de la
condición?
La
pregunta en que se expresa la incertidumbre y la ambigüedad de la
libertad humana está en hasta qué punto el yo, ese bandido con trabuco,
se niega a saber que aun después de no doblegarse el amenazado, él sigue
siendo responsable, en cuanto libre de ejecutar la amenaza o desistir
de ello, o hasta qué punto, en cambio, ha dejado realmente de ser libre
al extremo de no poder optar por el desistimiento. Por lo pronto, lo que
enseguida se muestra claramente es que, si fuese libre de elegir y
renunciase a ejecutar la amenaza a pesar de la negativa del amenazado,
lo primero que entonces perdería no es sino su naturaleza de bandido: el
bandido moriría, se habría suicidado en cuanto tal o tal vez, si es que
quiere mirarse de este modo, habría caído asesinado por un hombre libre
que estaba escondido tras el pañuelo con que los salteadores de caminos
suelen taparse la cara hasta los pómulos. El punto decisivo estaría
entonces en la fuerza de convicción con que se encarne un papel y se
lleve un disfraz determinado, o sea, en el grado de constricción con que
el rol de bandido se imponga a la voluntad del actor que lo representa,
ora con que el rol de bandido se imponga a la voluntad del actor que lo
representa, ora aherrojando su libertad como una férula de hierro, ora
envolviéndola, en cambio, con gasas malamente amañadas, cuya fuerza
opresora suscite la desconfianza y la ironía del que las lleva: una
reserva mental que pende como una constante amenaza de
desenmascaramiento y por tanto de muerte moral sobre el bandido en
cuanto tal. Pero en un yo colectivo, como es una nación, la fuerza de
convicción de la ficción que se encarna, la identificación con el papel
representado —eso que llaman "identidad nacional"—, multiplica
exponencialmente la constricción y la pérdida de la libertad. En una
gran potencia como Estados Unidos y una institución internacional como
la OTAN, con millones de adscripticios de la gleba de esa aplastante
autoridad histórica, armada de un trabuco que es toda una panoplia de
imponente poder destructivo y un arsenal sin fondo, la proyección de la
responsabilidad no puede responder sino al íntimo reconocimiento de la
pérdida de cualquier último residuo de libertad, de una impotencia
absolutamente insuperable, una vez proferida la amenaza, claro está,
para dejar de ejecutarla.
La
abyección que comporta una declaración como la de "Milosevic es el
único responsable de lo que le pase a Serbia" consiste en inscribirse en
una artificiosa construcción ideológica organizada ad hoc para
poder rendir acatamiento a las constricciones de la Historia y
encarnarlas con sus horribles consecuencias y al mismo tiempo pretender
la propia inmunidad moral y aun arrogarse un acto de justicia y de
virtud —más meritorio por ser de "dolorosa virtud"— y, en fin, salvar el
alma. Max Weber, por lo menos, habría dicho: "Si crees que tienes que
hacerlo, hazlo, pero entonces asume una responsabilidad que no puede ser
de nadie más que tuya y carga con la culpa, porque la guerra es culpa".
Lo abyecto está en la pretensión de ester enunciando una situación
moral y racional, y, por lo tanto, una relación entre hombres, cuando en
verdad sólo se describe una ciega y automática coordinación de
causa-efecto, y, por lo tanto, una pura conexión mecánica entre cosas,
como la que en el resorte del trabuco conecta el movimiento del gatillo
con el saltar del percutor. Entre el amenazador y el amenazado en cuanto
tales la relación humana se ha cosificado, ha perdido cualquier posible
significación moral y racional, no sólo porque se ha puesto fuera de
toda libertad humana, sino también porque va empujando cada vez más
lejos toda posible libertad. Tan sólo Hannah Arendt ha acertado a sentir
y a señalar, a partir de la lectura de El proceso de Franz Kafka
y en relación con las instituciones de justicia, lo que tiene de
aterradora la irreductibilidad de una necesidad fijada por el hombre.
¿Quién
es el que se habría suicidado? O, inversamente, ¿en qué universo y para
qué sujeto era verdad que Milosevic sería el único responsable de lo
que "le pasara a Serbia"? El ente despojado de toda libertad de ese
universo, el sujeto aherrojado por la férula de semejante lógica
implacable no es otro que "el hombre histórico". El hombre histórico es
un producto de la guerra y no puede hacer que la guerra y la Historia
sean como él quiera. "Pero es el único que hay", se me dirá; lo cual
parece, en efecto, ser cada día más desesperadamente cierto, pero tal
vez todavía no tan totalmente cierto como para aceptar que sea también
el único que podría haber.
De La hija de la guerra y la madre de la patria, 2002