Me citan en este artículo francés sobre Goffman:
Heinich, Nathalie. (CNRS – CRAL-EHESS, heinich@ehess.fr) "La réception américaine de Frame Analysis d’Erving Goffman." Revue française de sociologie 60.2 (2019): 225-37.
DOI: 10.3917/rfs.602.0225
https://hal.science/hal-03221667
Online at Academia
https://www.academia.edu/112385408/
2023
Y lo citado es este artículo sobre la (in)definición de la realidad:
_____. "The (In)Definition of Reality: Reframing and Contested Topsight." SSRN 13 April 2016.*
http://ssrn.com/abstract=2763243
2016
Bibliografía sobre CORTEJO Y GALANTEO: https://bibliojagl.blogspot.com/2026/03/cortejo-y-galanteo.html
(Del capítulo XIII de Un viajante, y no de comercio de Charles Dickens):
Caminando por las calles bajo el tamborileo de la lluvia, el sin hogar avanzaba y avanzaba, sin ver otra cosa que la interminable maraña de calles, salvo en alguna esquina, aquí y allá, en que había dos policías conversando, o un sargento o un inspector pasando revista a sus hombres. De tiempo en tiempo, aunque muy rara vez, el sin hogar advertía durante la noche la presencia de una cabeza furtiva que miraba desde el portal de una casa unos cuantos metros más adelante de él, y al llegar a la altura de la cabeza descubría a un hombre, muy tieso y pegado a la puerta, para manternerse dentro de la sombra del portal, acechando con toda evidencia la ocasión de rendir a la sociedad algún servicio especial. El sin hogar y el caballero en cuestión mirábanse uno a otro de la cabeza a los pies, como si sufriesen una especie de fascinación, dentro del silencio fantasmal que convenía a aquella hora, y se separaban sin cambiar entre ellos una sola palabra, pero recelando el uno del otro.
Drip, drip, drip. goteaban los salientes de las fachadas; de las tuberías y bajadas de agua salía ésta salpicando, y por fin la sombra sin hogar llegaba a las piedras del pavimento que conduce al puente de Waterloo, porque se le antojaba disponer de medio penique de excusa para dar las buenas noches al cobrador del peaje y para tener un atisbo de la hoguera en que éste se calentaba. Ver al cobrador del peaje suponía contemplar varias cosas confortables: un buen fuego, un buen gabán y una buena bufanda de lana; era asimismo una compañía excelente su despierta actividad cuando devolvía el cambio del medio penique echándolo sobre su mesa de metal, con el gesto de un hombre que se ríe en la noches y de todos sus dolorosos pensamientos, y que no se preocupa de que llegue pronto el alba.
Hacía falta algo que animase a cruzar el umbral del puente, porque éste era siempre temeroso. En aquellas noches a que me refiero, todavía no habían descolgado con una cuerda por encima del pretil el cadáver del hombre asesinado y partido en pedazos; ese hombre estaba aún con vida, y es muy probable que durmiese tranquilo, sin que perturbase sus sueños la pesadilla de lo que iba a ocurrir. Pero el río presentaba un aspecto espantoso, los edificios de las orillas se hallaban envueltos en negras mortajas y las luces que se reflejaban en el agua parecían dar a ésta una profundidad mayor, como si los espectros de los suicidas las tuviesen encendidas allá en el fondo para mostrar dónde habían ido a parar. La luna solitaria y las nubes parevcían tan inquietas como una conciencia pecadora en una cama desarreglada, y hasta la misma sombra de la inmensidad de Londres dormía oprimida encima del río.
Desde el puente hasta los dos grandes teatros sólo había una distancia de algunos centenares de pasos, de modo que eran los teatros quienes venían a continuación. Estos grandes pozos secos eran hoscoss y negros por la noche, y se presentaban desiertos ante la imaginación cuando ya se habían borrado sus hileras de caras, apagado las luces y quedádose vacíos los asientos. Se le ocurría a uno pensar que dentro de ellos no había nada a esa hora que se conociese a sí mismo, fuera de la calavera de Yorick. En uno de mis paseos nocturnos, y cuando las campanas de las iglesias habían vibrar los vientos y la lluvia de marzo con las campanadas de las cuatro, crucé el límite exterior de uno de esos grandes desiertos y penetré en el mismo. Provisto de una linterna fui tanteando el camino bien conocido hasta llegar al escenario y miré desde éste hacia la platea, que se parecía a una fosa inmensa abierta para tiempos de peste; miré también hacia el vacío que había más allá. Aquello era una caverna temerosa que daba una sensación de inmensidad, con su araña central muerta como todo lo demás, y sin que a través de la neblina y de la bruma se viese otra cosa que hileras de mortajas. El escenario en que se asentaban mis pies, y en el que la última vez que había estado allí tuve ocasión de ver a los campesinos napolitanos bailando entre las viñas, sin preocuparse en modo alguno de la montaña ardiente que amenazaba con destruirlos, hallábase ahora en poder de una gruesa serpiente: la manga de la bomba de incendios que yacía vigilante al acecho de la serpiente de fuego, dispuesta a arrojarse sobre la misma si dejaba ver su lengua ahorquillada. Un fantasma de sereno, portador de una moribunda vela, se paseaba por la lejana galería superior y desaparecía en ella. Me retiré dentro del proscenio, y alzando la luz por encima de mi cabeza hacia el telón enrollado en lo alto, y que ya no era verde, sino negro, como el ébano... se perdió mi vista en la bóveda sombría, que mostraba débiles síntomas de un naufragio de lonas y jarcias. Me sentí, poco más o menos, como un buzo pudiera sentirse en el fondo del mar.