Un libro del grupo HERAF, editado por Juan Velázquez, en el que tengo un capítulo. Aquí su página en la editorial, Logos Verlag (Berlín).
(Retropost, 2015)
Un libro del grupo HERAF, editado por Juan Velázquez, en el que tengo un capítulo. Aquí su página en la editorial, Logos Verlag (Berlín).
(Retropost, 2015)
El término 'conciencia' tiene por lo menos dos sentidos:
1) percatación o reconocimiento de algo, sea de algo exterior, como un
objeto, una cualidad, una situación, etc., o de algo interior, como las
modificaciones experimentadas por el propio yo; 2) conocimiento del
bien y del mal. El sentido 2) se expresa más propiamente por medio de
la expresión 'conciencia moral', por lo que reservamos un artículo
especial a este último concepto. En el artículo presente nos
referiremos solamente al sentido 1). En algunos idiomas se emplean
términos distintos para los dos sentidos mencionados: por ejemplo, Bewusstsein, Gewissen (en alemán), consciousness, conscience (en
inglés) respectivamente. El vocablo 'conciencia' se deriva del latín conscientia—cuyo sentido originario
fue 1)—, el cual es una traducción de los vocablos griegos syneidesis, syneidos o synaisthesis. El primero de dichos
vocablos fue usado, al parecer, por Crisipo por vez primera (Eucken, Geschichte der philosophischen Terminologie
[1879], reimp. 1960, página 175).
El sentido 1) puede desdoblarse en otros sentidos: a) el psicológico; b) el epistemológico o
gnoseológico, y c) el
metafísico. En sentido a) la
conciencia es la percepción del yo por sí mismo, llamada también a
veces apercepción (VÉASE).
Aunque puede asimismo hablarse de conciencia de un objeto o de una
situación en general, éstas son conscientes en tanto que aparecen como
modificaciones del yo psicológico. Se ha dicho por ello que toda
conciencia es en alguna medida autoconciencia y aun se han identificado
ambas. En sentido b) la
conciencia es primariamente el sujeto del conocimiento, hablándose
entonces de la relación conciencia-objeto consciente como si fuese
equivalente a la relación sujeto-objeto (véase CONOCIMIENTO).
En sentido c) la conciencia
es con frecuencia llamada el Yo (VÉASE). Se trata a
veces de una realidad que se supone previa a toda esfera psicológica o
gnoseológica.
En el curso de la historia de la filosofía no solamente ha habido con
frecuencia confusiones entre los sentidos 1) y 2), sino también entre
los sentidos a), b) y c). Lo único que parece común a
estos tres sentidos es el carácter supuestamente unificado y unificante
de la conciencia.
Dentro de cada uno de los sentidos a),
by) y c),
y especialmente dentro de los dos primeros, se han establecido varias
distinciones. Se ha hablado, por ejemplo, de conciencia sensitiva e
intelectiva, de conciencia directa y de conciencia refleja, de
conciencia no intencional e intencional. Esta última división es, a
nuestro entender, fundamental. En efecto, casi todas las concepciones
de la conciencia habidas en el curso de la historia filosófica pueden
clasificarse en unas que admiten la intencionalidad y otras que la
niegan o que simplemente no la suponen. Los filósofos que han tendido a
concebir la conciencia como una "cosa" entre las "cosas" han negado la
intencionalidad o no la han tenido en cuenta. En efecto, aunque se
admita que tal "cosa" es comparable a un espejo más bien que a las
realidades que refleja, se supone que el "espejo" en cuestión tiene una
realidad, por así decirlo, substancial. La conciencia es entonces
descrita como una "facultad" que posee ciertas características
relativamente fijas. Las operaciones de tal conciencia se hallan
determinadas por supuestas características. En cambio, los filósofos
han tendido a no considerar la conciencia como una "cosa"—ni siquiera
como una "cosa reflejante"—han afirmado o han supuesto de algún modo la
intencionalidad de la conciencia. La conciencia es entonces descrita
como una función o conjunto de funciones, como un foco de actividades
o, mejor dicho, como un conjunto de actos encaminados hacia algo:
aquello de que la conciencia es consciente.
Muchos filósofos griegos se inclinaron a una concepción no intencional y "cosista" de la conciencia, si bien en algunos pensadores—como en Plotino— el carácter puramente "interno" de la conciencia la distingue de "otras" realidades, las cuales son, en cierto modo, distensiones de la pura tensión en que la conciencia consiste. Muchos filósofos cristianos han subrayado el carácter intencional de la conciencia. Este carácter intencional se ha manifestado en las notas de intimidad y autocertidumbre de que ha hablado San Agustín. Santo Tomás y no pocos escolásticos se han inclinado hacia una concepción "realista" de la conciencia; muchos filósofos modernos—como, por ejemplo, Descartes—se han inclinado hacia una concepción de naturaleza intencional e intimista. Cuando esta concepción se ha llevado a sus últimas consecuencias se han cortado inclusive los hilos que ligaban la conciencia a aquello de que es consciente (sobre todo cuando aquello de que es consciente no es, a su vez, un acto de naturaleza espiritual). Paradójicamente, la conciencia ha sido vista entonces como una realidad completamente independiente de la realidad por ella aprehendida.
—oOo—
Según Arthur Schopenhauer, Parerga & Paralipomena I,6-8:
"Pero los profundos pensamientos de Malebranche habían dado la ocasión próxima al sistema leibniziano de la harmonia praestabilita, cuya amplia fama y alto prestigio en su tiempo dan prueba de que lo absurdo es l oque con mayor facilidad hace fortuna en el mundo. Aunque no me puedo jactar de tener una clara representación de las mónadas leibnizianas, que son al mismo tiempo puntos matemáticos, átomos corpóreos y almas, me parece fuera de dueda que una suposición semejante, uan vez comprobada, podría servir para ahorrarse todas las hipóptesis ulteriors en orden a explicar la conexión entre lo ideal y lo real, y despachar la cuestión diciendo que ambos están ya totalmente identificado en las mónadas (por eso también en nuestros días Schelling, en cuanto autor del sistema de la identidad, se ha recreado en ello). Pero al célebre filósofo matemático, enciclopedista y político no se le ocurrió aprovecharlas para eso sino que formuló a propósito la armonía preestablecida como fin último. Esta nos ofrece dos mundos completamente distintos, cada uno de ellos incapaz de actuar sobre el otro (Principia philos. § 84 y Examen du sentiment du P. Malebranche, p. 500 ss., en Oeuvres de Leibnitz, pub. P. Raspe), cada uno el duplicado totalmente superfluo del otro, si bien ambos han de existir a la vez, marchar en exacto paralelismo y mantenerse totalmente acompasados; por eso el Creador de ambos, ya al comienzo, ha establecido entre ellos la más exacta armonía, en la que ahora siguen marchando juntos de la forma más admirable. Dicho sea de paso, la harmonia praestabilita se podría quizá explicar de la mejor manera comparándola con el teatro, donde con gran frecuencia el influxus physicus existe sólo en apariencia, ya que la causa y el efecto no se conectan más que a través de la armonía preestablecida por el regidor; por ejemplo, cuando uno dispara y el otro cae a tempo. En los §§ y62 y 63 de su Teodicea Leibniz ha expuesto el tema en su monstruosa absurdidad de la manera más crasa y con brevedad. Y, sin embargo, en todo el dogma no tiene ni siquiera el mérito de la originalidad, por cuanto ya Spinoza había planteado con suficiente claridad la harmonia praestabilita en la segunda parte de su Ética, en concreto en las proposiciones sexta y séptima con sus corolarios, y de nuevo en la parte quinta, proposición 1, después de que en la proposición quinta de la segunda parte hubiera expresado a su manera la doctrina afín de Malebranche según la cual todo lo vemos en Dios Así pues, Malebranche es el único autor de todo ese argumento y arreglado tanto Spinoza como Leibniz, cada uno a su manera. Leibniz habría podido incluso prescindir del tema, pues abandonó ya el simple hecho que constituye el problema—que el mundo nos es dado inmediatamente como nuestra mera representación— para sustituirlo por el dogma de un mundo corpóreo y un mundo espiritual entre los cuales no es posible ningún vínculo; porque él enlaza la cuestión de la relación entre las representaciones y las cosas en sí mismas con la que se refiere a la posibilidad de los movimientos del cuerpo mediante la voluntad, y soluciona ambas juntas a través de su harmonia praestabilita (Véase système nouveau de la nature, en Leibniz Opp, ed. Erdmann, p. 125.—Brucker hist. ph. Tom. IV., P. II, p. 425) El mo0nstruoso absurdo de su hipótesis lo hicieron patente ya algunos de sus contemporáneos, en especial Bayle, al exponer las consecuencias que de ella derivaban. (Véase, en los Escritos menores de Leibniz traducidos por Huth en el año 1740, la nota a la página 79, en la que Leibniz mismo se ve obligado a exponer las escandalosas consecuencias de su afirmación). Sin embargo, precisamente la absurdidad de la hipótesis a la que fue impulsada una cabeza pensante por el presente problema demuestra la magnitud, la dificultad y la perplejidad del mismo, y en qué poca medida se lo puede eliminar y cortar el nudo con una simple negación, tal y como se osa hacer en nuestros días."
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