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jueves, 31 de julio de 2025

Alucinación consensuada

 

Alucinación consensuada



En Neuromante, William Gibson define el ciberespacio de la Matriz como una "alucinación electrónica consensuada". Quitando, o sin quitar, lo de "electrónica", la expresión parece todavía más adecuada para definir la realidad, sin más. La realidad tal como la conocemos es un elaborado sistema de representación elaborado por nuestros cerebros: nuestro tipo de realidad no tiene nada que ver con la realidad en la que vive una mosca, o un gato. Por ejemplo, nuestro cerebro coordina impresiones visuales y táctiles, que nada tienen que ver una con otra, y nos dice que esa mano es nuestra, y que lo que hay en ella es un ratón. Sobre esta elaborada representación de la realidad funciona el lenguaje para poner su orden (el orden del lenguaje, que no es el de la realidad previa ni la subsiguiente a él); y en ese universo lingüístico elaboramos consensos y protocolos de comunicación para organizarla más: hacerla más convencional, es decir, más real. Nos orientamos mejor en un mundo ficticio, así que la ficción es crucial para consolidar la realidad. Vamos, que el resultado final viene a ser algo así como el Mito de la Caverna de Platón, pero adaptado en versión para Hollywood y visualizado en código fuente. Así, no importa que aparezcamos como personajes en el fondo de numerosísimas fotos de gente que no conocemos, o en cámaras de vigilancia, y no importa quién piense en nosotros o no a lo largo del día sin decírselo a nadie, o qué haya estado tocando el camarero antes de servirnos un bocata. Eso no es la realidad. En cambio, Bisbal, Pasión de Gavilanes, el Telediario, Herrera en la Onda... eso sí que crea realidad, es decir, alucinación consensuada. Electrónica, por cierto.

viernes, 31 de mayo de 2024

Ignorar la mortalidad

 

Elogio de la irrelevancia irresponsable

Algunos dicen que hay que vivir para la muerte, planteamiento ofensivo para los deseos e incluso para el buen gusto. Tienen sin embargo a point en el hecho de que toda la vida humana y todo en sus prioridades tiene la marca de la naturaleza humana, y la muerte, más aún, la consciencia de la mortalidad, es parte integrante de esa naturaleza humana. Todo lo que somos y todo lo que ha hacemos lo hacemos, de hecho, en última instancia, porque somos mortales.

En esta terrible situación, la única aproximación que puede hacer la vida humana a la inmortalidad, o a la indiferencia a la muerte, no consiste en escapar realmente de ella (dado que en cierto modo constituye el paisaje) pero sí en hacer lo contrario de vivir para la muerte—vivir para la vida, y no prestar a la muerte sino la mínima atención indispensable. Sólo en última instancia hay que llegar a la última instancia. Ya le estoy dedicando demasiadas líneas.

La única manera posible de vivir como los imaginarios inmortales es hacer un derroche de la vida—como si fuese no escasa y preciosa, sino abundante y despilfarrable. No necesariamente un derroche ostentoso, sino sencillamente pasar la vida en la medida de lo posible como si no existiese la muerte—o como si la vida no estuviese marcada por la muerte. Desoyendo a quienes nos aconsejan vivir para la muerte, ya sean heideggerianos, legionarios, u otros novios de la muerte. 

Y es lo que hacemos, de hecho—vivir la vida como la vivimos, la mayor parte del tiempo, con sabiduría espontánea; como los auténticos Olímpicos, sin dedicarla a nada que suponga ahorrar méritos para nuestro estado muerto, sin ni siquiera ir buscando ningún tipo de intensidad o culminación de la vida.

Pues hay en esos trayectos de vida ejemplares o culminantes, en realidad, un trayecto hacia la muerte, una consciencia de la mortalidad —tenemos que hacer algo de utilidad porque tenemos la espada de Damocles de la extinción total (nuestra y de todo lo que apreciamos, y de todo lo demás también) perpetuamente encima. Tampoco es que lo que hagamos de útil vaya a cambiar para nada esa situación, sustancialmente considerada. Y de hecho hasta los inmortales mueren, o los matan, en muchos de los mundos paralelos —mundos de ficción— donde viven. No nos diferenciamos apenas nada de ellos.

Por tanto, el tiempo mejor empleado es el dedicado a vivir esta vida real que es tan irreal, el mayor de los videojuegos de realidad virtual — recreándonos inmersivamente en su propia irrealidad—en las cosas insustanciales—dedicando nuestro tiempo y atención al fútbol (aunque no en mi caso), al presente, a descubrir infinite riches in a little room, a las ensoñaciones, daydreaming o nightdreaming, a retorcar fotos, a escuchar conferencias sobre los paradigmas, y a escribir blogs. A sestear bajo las ramas, a embarcarse en actividades irrelevantes que ni son narrables ni nos acercan un centímetro más a la cumbre de los tiempos. ¡Hey, eso incluye leer a Heidegger!

 




 
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viernes, 20 de enero de 2023

Too Much Attention to Fictional Violence

 —says Jonathan Gottschall in The Storytelling Animal, arguing that fictional violence is not what leads to real violence. And I agree in part, but


There's an issue still

Your point is well argued and at least partly right. The representation of violence is involved with the nature of society in ways which cannot be simplistified by a foregone solution. But there remains one highly significant issue for debate. Does the representation of violence act like an addiction for our attention? Does it engage far more attention than it's worth? Isn't the proliferation of scenes of violence in films and video games one of the lowest ways to engage and hook up attention (a kind of cheap pornography for the most part). Shouldn't our best attention be directed elsewhere, and cheap representation of gratuitious violence be discouraged (especially by intellectuals with a social responsibility) more systematically? There is no possible end to the debate on the artistic necessity of representing violence. And yet I think that violence, real or fictional, attracts much more attention than it deserves. Ignoring cheap fictional violence and turning your attention elsewhere is a way of fighting a real evil resulting from violence, too— the evil of wasting our attention on the worst things and keeping it away from the best things.
 
 
 
 
 
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martes, 3 de mayo de 2022

The Gift for Theatrical Self-Transformation

(from Philip Roth's The Counterlife, p. 210):


"What people envy in the novelist aren't the things that the novelists think are so enviable but the performing selves that the author indulges, the slipping irresponsibly in and out of his skin, the reveling not in 'I' but in escaping 'I', even if it involves—especially if it involves—piling imaginary afflictions upon himself. What's envied is the gift for theatrical self-transformation, the way they are able to loosen and make ambiguous their connection to a real life through the imposition of talent. The exhibitioinism of the superior artist is connected to his imagination, fiction is for him at once playful hypothesis and serious supposition, an imaginative form of inquiry—everything that exhibitionism is not. It is, if anything, closet exhibitionism, exhibitioinism in hiding. Isn't it true that, contrary to the general belief, it is the distance between the writer's life and his novel that is the most intriguing aspect of his imagination?"

Somos lo que representamos

 "Se percibe al instante lo que un hombre parece ser, pero no lo que realmente es". ( El Príncipe,  cap. XVIII)   Maquiavelo insis...