Un pasaje dramático del libro de Unamuno Del Sentimiento Trágico de la vida,
en el que se nos explica la obra de Marlowe (y la de Goethe) en
relación con la pérdida de la fe. Que de eso va quizá la tragedia del
saber y del mucho leer de Fausto. En su contexto del renacimiento del
paganismo y las humanidades clásicas en la era moderna, con una aguda
interpretación de la escena de Helena de Troya. El que extrae Unamuno es
un sentido intuido oscuramente más que buscado y pensado por Marlowe,
pues la obra expresa la pérdida de la fe y de creencia en la
inmortalidad del alma precisamente mediante su contrario, mediante las
imágenes del pacto satánico y de la condenación eterna en que se cae
por no haber confiado en Dios y en la posibilidad de la salvación...

El progresismo no satisfacía tampoco. Progresar, ¿para qué? El hombre no se conformaba con lo racional, el Kulturkampf no le bastaba; quería dar finalidad final a la vida, que esta que llamo la finalidad final es el verdadero óntos ón. Y la famosa maladie du siècle, que se anuncia en Rousseau y acusa más claramente que nadie el Obermann de Sénancour, no era ni es otra cosa que la pérdida de la fe en la inmortalidad del alma, en la finalidad humana del universo.
Su símbolo, su verdadero símbolo es un ente de ficción, el Doctor Fausto.
Este
inmortal Doctor Fausto que se nos aparece ya a principios del siglo
XVII, en 1604, por obra del Renacimiento y de la Reforma y por
ministerio de Cristóbal Marlowe, es ya el mismo que volverá a descubrir
Goethe, aunque en ciertos respectos más espontáneo y más fresco. Y junto
a él aparece Mephistophilis, a quien pregunta Fausto aquello de "¿Qué
bien hará mi ama a tu señor?" Y le contesta: "Ensanchar su reino." "¿Y
es ésa la razón por la que nos tienta así?", vuelve a preguntar el
Doctor, y el espíritu maligno responde: "Solamen miseris socios habuisse
doloris", que es lo que, mal traducido en romance, decimos: "mal de
muchos, consuelo de tontos". "Donde estamos, allí está el infierno, y
donde esté el infierno, allí tenemos que estar siempre", añade
Mephistophilis, a lo que Fausto agrega que cree ser una fábula tal
infierno, y le pregunta quién hizo el mundo.
Y
este trágico Doctor, torturado por nuestra tortura, acaba encontrando a
Helena, que no es otra, aunque Marlowe acaso no lo sospechase, que la
Cultura renaciente. Y hay aquí en este Faust de Marlowe una escena que vale por toda la segunda parte del Faust de
Goethe. Le dice a Helena Fausto: "Dulce Helena, hazme inmortal con un
beso—y le besa—. Sus labios me chupan el alma. ¡Mira cómo huye! ¡Ven, Helena, ven; devuélveme el alma! Aquí quiero quedarme, porque el cielo está en estos labios, y todo lo que no es Helena, escoria es".
¡Devuélveme
el alma! He aquí el grito de Fausto, el Doctor, cuando después de haber
besado a Helena, va a perderse para siempre. porque al Fausto primitivo
no hay ingenua Margarita alguna que le salve. Esto de la salvación fue
invención de Goethe. ¿Y quién no conoce a su Fausto, nuestro Fausto, que
estudió filosofía, jurisprudencia, medicina, hasta teología, y sólo vio
que no podemos saber nada y quiso huir al campo libre (hinaus ins weite Land!)
y topó con Mefistófeles, parte de aquella fuerza que siempre quiere el
mal haciendo siempre el bien, y éste le llevó a los brazos de Margarita,
del pueblo sencillo, a la que aquél, el sabio, perdió; pero merced a la
cual, que por él se entregó, se salva, redimido por el pueblo creyente
con fe sencilla? Pero tuvo esa segunda parte, porque aquel otro Fausto
era el Fausto anecdótico, y no el categórico de Goethe, y volvió a
entregarse a la Cultura, a Helena, y a engendrar en ella a Euforión,
acabando todo con aquello del eterno-femenino entre coros
místicos.¡Pobre Euforión!

¿Y
esta Helena es la esposa del rubio Menelao, la que robó Paris y causó
la guerra de Troya, y de quien los ancianos troyanos decían que no debía
indignar el que se peleasen por mujer que por su rostro se parecía tan
terriblemente a las diosas inmortales? Creo más bien que esa Helena de
Fausto era otra, la que acompañaba a Simón Mago, y que éste decía ser la
inteligencia divina. Y Fausto puede decirle: "¡Devuélveme el alma!"
Porque Helena, con sus besos, nos saca el alma. Y lo que queremos y necesitamos es alma, y alma de bulto y de sustancia.
Pero
vinieron el Renacimiento, la Reforma y la Revolución, trayéndonos a
Helena, o más bien empujados por ella, y ahora nos hablan de Cultura y
de Europa.
¡Europa!
Esta noción primitiva e inmediatamente geográfica nos la han
convertido, por arte mágica, en una categoría casi metafísica. ¿Quién
sabe hoy ya, en España por lo menos, lo que es Europa? Yo sólo sé que es
un chibolete (véanse mis Tres ensayos). Y cuando me pongo
a escudriñar lo que llaman Europa nuestros europeizantes, paréceme a
las veces que queda fuera de ella mucho de lo periférico—España, desde
luego, Inglaterra, Italia, Escandinavia, Rusia—, y que se reduce a lo
central, a Franco-Alemania, con sus anejos y dependencias.
Todo
esto nos lo han traído, digo, el Renacimiento y la Reforma, hermanos
mellizos que vivieron en aparente guerra intestina. Los renacientes
italianos, socinianos todos ellos, los humanistas, con Erasmo a la
cabeza, tuvieron por un bárbaro a aquel fraile Lutero, que del claustro
sacó su ímpetu, como de él lo sacaron Bruno y Campanella. Pero aquel
bárbaro era su hermano mellizo; combatiéndolos, combatía a su lado
contra el enemigo común. Todo eso nos han traído el Renacimiento y la
Reforma, y luego la Revolución, su hija, y nos han traído también una
nueva inquisición: la de la ciencia o la cultura, que usa por armas el
ridículo y el desprecio para los que no se rinden a su ortodoxia.
Al
enviar Galileo al gran duque de Toscana su escrito sobre la movilidad
de la tierra, le decía que conviene obedecer y creer a las
determinaciones de los superiores, y que reputaba aquel escrito "como
una poesía o bien un ensueño, y por tal recíbalo Vuestra Alteza". Y
otras veces le llama "quimera" y "capricho matemático". Y así yo, en
estos ensayos, por temor también—¿por qué no confesarlo?—a la
Inquisición, pero a la de hoy, a la científica, presento como poesía,
ensueño, quimera o capricho místico lo que más de dentro me brota. Y
digo con Galileo: "Eppur si muove! Mas ¿es sólo por ese temor? ¡Ah, no!,
que hay otra más trágica Inquisición, y es la que un hombre moderno,
culto, europeo—como lo soy yo, quiéralo o no—, lleva dentro de sí. Hay
un más terrible ridículo, y es el ridículo de uno ante sí mismo y para
consigo. Es mi razón, que se burla de mi fe y la desprecia.
Y
aquí es donde tengo que acogerme a mi Señor Don Quijote para aprender a
afrontar el ridículo y vencerlo, y una ridículo que acaso—?Quién
sabe?—él no conoció.

Sí,
sí, ¿Cómo no ha de sonreir mi razón de estas construcciones seudo
filosóficas, pretendidas místicas, diletantescas, en que hay de todo
menos paciente estudio, objetividad y método... científico? ¡Ya, sin
embargo... "Eppur si muove"!
"Eppur si muove!", sí. Y me cojo al diletantismo, a lo que un pedante llamaría filosofía demi-mondaine,
contra la pedantería especialista, contra la filosofía de los filósofos
profesionales. Y quén sabe. Los progresos suelen venir del bárbaro, y
nada más estancado que la filosofía de los filósofos y la teología de
los teólogos. ¡Y que nos hablen de Europa! La civilización del Tibet es
paralela a la nuestra, y ha hecho y hace vivir a hombres que desaparecen
como nosotros. Y queda flotando sobre las civilizaciones todas el
Eclesiastés, y aquello de "así muere el sabio como el necio"(2:3).
(Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la Vida; Conclusión: "Don Quijote en la tragicomedia europea contemporánea")
Doctor Faustus and Mr. Marlowe
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