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lunes, 12 de agosto de 2024

Montaigne y la construcción social de la realidad

Retropost, 2014:

Leyendo estos días tanto los Ensayos de Montaigne como La Construcción Social de la Realidad, de Berger y Luckmann, he observado entre ellos un parentesco intelectual. En ambos libros se expone una teoría de la realidad como construida—es un sistema de convenciones y no una evidencia inapelable. Una especie de ficción teatral —con la diferencia de que nos tomamos en serio los papeles que se nos asignan en la obra. Frente a esa certidumbre a la hora de identificarnos con nuestro papel, Montaigne prefiere a veces la duda, y suspende muchas veces el juicio ante la diversidad de creencias y opiniones. Así será la educación de los sabios:

"Que haga que todo lo pase por su tamiz sin alojarle cosa alguna en la cabeza por simple autoridad y crédito. Que no sean principios para él los principios de Aristóteles, como tampoco los de los estoicos o epicúreos. Que le propongan esa diversidad de juicios: escogerá si puede, y si no, permanecerá en la duda. Solo los locos están seguros y resolutos.

Che non men che saper dubbiar m'aggrada.
[Que, tanto cual saber, dudar me agrada:
                            DANTE, Inferno 11, 93]." ("De la educación de los hijos", 186)

Pero los cuerdos suelen estar bastante locos en este sentido...

Montaigne era un escéptico, y ese escepticismo resultó ser una ayuda a la hora de permitirle ver ciertos aspectos de la realidad—de esos que están ahí delante para todo el mundo pero que se esconden más que Wally en una multitud, o que una carta robada en el despacho de un ministro.  El escepticismo frente a la realidad permite cuestionar las explicaciones que te dan sobre ella, y cuestionar incluso lo que habías tomado como evidencia de partida. Así pues, Montaigne consiguió ver que la realidad no es tan sólida como nos parece; o más bien, que lo que tomamos por realidad sólida e incuestionablemente palpable no es con frecuencia sino un tejido de expectativas, convicciones, convenciones y creencias—algunas de esas creencias con tan poco fundamento como las que llevaban a la gente seria de sus tiempos (y de todos los tiempos) a degollarse en las guerras de religión. Son las mayores sandeces las que en el espectáculo de la vida pública suelen cortar el bacalao, arrastrar a las masas,  y utilizarse como ideales y faros-guía para convencerle a la gente de que entreguen por ellas su vida, sus posesiones, su libertad y su criterio—el que no han tenido nunca, para empezar.




¿Y por qué seremos así? Por la naturaleza humana, desnaturalizada por la cultura, o modelada por ella en formas con frecuencia absurdas o irracionales. Somos modificables, observa Montaigne, como si no tuviésemos sustancia propia. "Los osos pequeños, los perros, muestran sus naturales inclinaciones; mas los hombres, al lanzarse irremisiblemente en hábitos, opiniones y normas, se transforman o disfrazan con facilidad" ("De la educación de los hijos", 186). La cultura nos hace, y, artificiales que somos, nos encontramos como en casa en ese entorno artificial, y lo confundimos con la naturaleza. Esta constatación es la primera condición para formular una teoría constructivista de la naturaleza humana, de la cultura, y la realidad humana.

Es dudoso que esta ciencia sobre el hombre sea buena o deseable para la generalidad de los hombres. Puede disolver el mundo. Montaigne escribió ensayos, pero se cuidó bastante de exponer sus opiniones en su propio círculo social. Quizá considerase su propia visión sobre la realidad como no necesaria para los demás, ni conveniente.

"Tenía razón Aristón de Quíos al decir antaño que los filósofos perjudicaban a sus oyentes, pues la mayor parte de las almas no están preparadas para sacar provecho de tales enseñanzas, las cuales, si no son para bien, son para mal: "asotos ex Aristippi, acerbos ex Zenonis schola exire" [porque podían salir unos disolutos de la escuela de Aristipo, y unos amargados de la de Zenón: CICERÓN, nat. deor. 3,77]." ("Del magisterio", 178)

Es éste un aspecto cuestionable de la visión de Montaigne, pues llevaría a cada comunidad social y a cada escuela de pensamiento a encerrarse en sí mismas, en lugar de participar en el intercambio racional de ideas y a la búsqueda de una comunidad de pensamiento a los que, por otra parte, apela Montaigne. Y es que quizá la contradicción latente en su pensamiento sea la de hacernos pensar que todo es igualmente relativo y arbitrario, cuando en realidad hay modos de acción, percepción y pensamiento que se prestan más que otros a ser compartidos y comunicados. Y la cultura es ante todo comunicación, aunque pueda también resultar en aislamiento y confrontación de grupos, ideologías y sociedades.

Es especialmente interesante el ensayo sobre la costumbre. Termina Montaigne recomendando atenerse a las costumbres de la propia sociedad: siendo que todas son relativas, más vale no turbar la paz social, razona, y esconder nuestras opiniones si disentimos. Es una conclusión muy conservadora, pues, para una filosofía muy atrevida. Porque entretanto lo que ha hecho Montaigne es socavar todas las certidumbres sobre las que reposa el consenso social—todo consenso social: las creencias, mitos, y convenciones que fundan el orden social. No tienen más sustancia que la que les damos—y de ahí que acabe concluyendo que es mejor no quitarles esa sustancia tan tenue, por temor a que todo se disuelva.  
 
El pensamiento escéptico de Montaigne muestra que el efecto de naturalidad que nos producen las cosas es una especie de ilusión óptica, producto de la convención y de la educación que hemos recibido. Es aquí donde anticipa la noción de socialización tal como es expuesta por los constructivistas Berger y Luckmann. Según estos, el individuo, al desarrollarse, se identifica con otros sujetos significativos en la sociedad (en principio sus padres) e internaliza así la realidad vivida por ellos, la realidad cultural que le enseñan—que es relativa, situada y contingente—confundiéndola con la realidad sin más. La versión de la realidad que nos da nuestra primera educación cuando éramos niños es un tejido de mitos, pero esos mitos los tomamos por verdades sólidas y literales. Y así se crea la realidad, y se mantiene día a día, a medida que adoptamos una identidad en nuestra sociedad, por socialización y asignación de papeles en este teatro social. 
 
Más sobre esto dije en este artículo a cuenta de Berger y Luckmann. Así explican éstos la socialización que interiorizamos para pasar a creernos que somos quienes somos y que lo que nos rodea es también lo que nos dicen:

En la socialización primaria no hay problema de identificación. No hay una elección de otros significativos. La sociedad le presenta al candidato para la socialización un conjunto predefinido de otros significativos, a los que ha de aceptar como tales sin posibilidad de optar por otras disposiciones. Hic Rhodus, hic salta. Uno ha de arreglárselas con los padres con los que el destino le ha obsequiado. Esta injusta desventaja inherente a la situación de ser niño tiene la consecuencia obvia de que, aunque el niño no es simplemente pasivo en el proceso de su socialización, son los adultos quienes establecen las reglas del juego. El niño puede jugar al juego con entusiasmo o con resistencia hosca. Pero, ay, no hay otro juego a la vista. Esto tiene un corolario importante. Ya que el niño no tiene elección a la hora de seleccionar sus otros significativos, su identificación con ellos es cuasi-automática. Por la misma razón, es cuasi-inevitable que interiorice la realidad particular de ellos. El niño no interioriza el mundo de sus otros significativos como uno más entre muchos mundos posibles. Lo interioriza como el mundo, el único existente y único concebible, el mundo sin más. Es por esta razón por la que el mundo interiorizado en la socialización primaria está atrincherado en la conciencia mucho más fuertemente que los mundos interiorizados en socializaciones secundarias. Por mucho que se haya podido debilitar el sentido original de inevitabilidad en una serie de desencantos subsiguientes, el recuerdo de una certidumbre que nunca se ha de volver a repetir—la certidumbre del alba primera de la realidad—todavía sigue adherida al primer mundo de la niñez. La socialización primaria lleva a cabo, de este modo, lo que (por supuesto, retrospectivamente) puede considerarse como el truco de ilusionismo más importante con el que la sociedad embauca al individuo: hacer aparecer como necesidad lo que de hecho es un amasijo de contingencias, y darle así sentido al accidente de su nacimiento. (The Social Construction of Reality,155, traduzco).

En Montaigne esta percepción o ruptura del velo de ilusiones aparece, cuatrocientos años antes, tal que así—hablando de la fuerza de la costumbre:

Los de Creta, en tiempos remotos, cuando querían maldecir a alguien, rogaban a los dioses le hicieran caer en alguna mala costumbre.
    Mas el principal efecto de su poder es apoderarse de nosotros y dominarnos hasta tal punto que apenas esté en nosotros el liberarnos de su influencia y volver a nuestro ser para discurrir y razonar sus órdenes. En verdad, al mamarlas con la leche materna y al presentarse el rostro del mundo en este estado ante nuestra primera mirada, parece que hayamos nacido con la condición de seguir esta marcha; y parece que sean generales y naturales las ideas comunes que hallamos vigentes a nuestro alrededor y que nos han sido imbuidas por la semilla de nuestros padres.
    De donde viene que lo que está fuera del marco de la costumbre, creémoslo fuera del marco de la razón; sabe Dios con qué sinrazón, con harta frecuencia. Si así como nosotros, que nos estudiamos, hemos aprendido a hacer, cada cual, al oír una justa sentencia, inquiriese en su interior cómo le concierne propiamente a sí mismo, daríase cuenta de que esta no es tanto una agudeza como un buen latigazo a la común necedad de su entendimiento. Mas recibimos las opiniones de la verdad y sus preceptos como si fueran dirigidos al pueblo y no a nosotros mismos; y, en lugar de aplicarlos a nuestras costumbres, cada cual los relega en su memoria muy necia e inútilmente. Volvamos al imperio de la costumbre.
    Los pueblos educados en libertad y que se dirigen por sí mismos consideran monstruosa y contra natura cualquier otra forma de gobierno. Piensan lo mismo los que están hechos a la monarquía. Y por mucha facilidad que el destino les ofrezca para cambiar, en cuanto se han librado, con grandes dificultades, del estorbo de un señor, corren a implantar uno nuevo, con parejas dificultades, al no poder decidirse a odiar la dependencia.
    Gracias a la intervención de la costumbre cada cual está contento del lugar en el que la naturaleza lo ha colocado; y a los salvajes de Escocia no les interesa Turena, ni a los escitas Tesalia. ("De la costumbre y de cómo no se cambia fácilmente una ley recibida", 155).

Creo por tanto que podemos darles a Montaigne, y a los escépticos griegos que le precedieron,  el título de los primeros constructivistas: los que miran la religión de su pueblo, así como sus ideas políticas e instituciones, sus creencias y modales, y ven allí mitos, ficciones, y una obra de teatro social que se contempla mejor (o se ve distinto) desde un asiento apartado de la escena. 
 
Podemos también meternos en la ficción, e incluso cambiar de papel. Ahora, lo que no podemos hacer en ningún caso es salirnos del edificio del teatro.


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lunes, 28 de agosto de 2023

Cárceles y mundos de la mente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Retropost, 2013:

 

Hay un pasaje de Hamlet en el que Shakespeare esboza una teoría de la realidad como una dimensión subjetiva, generada por la mente y sus actitudes más que por la objetividad del mundo. El mundo es una cárcel en la que se siente atrapado Hamlet, y Dinamarca es una celda, una de las peores—les dice Hamlet a sus "amigos" Rosencrantz y Guildenstern. A ellos no se lo parece, replican—pero Hamlet les espeta que las cosas son o no lo que son según el color de la mente con que se miran. El color de Hamlet es, claro, el negro.

Decía James Shapiro (en 1599: Un año en la vida de William Shakespeare) que los soliloquios de Hamlet pudieron verse influidos por el nuevo género ensayístico que por entonces ensayaban William Cornwallis y otros, siguiendo a Montaigne. Algo leyó Shakespeare a Montaigne, desde luego—por ejemplo el ensayo sobre los caníbales que daría algunas ideas a La Tempestad.  Yo creo que también leyó el importante ensayo (I.xiv) "Que el gusto de los bienes y los males depende en gran parte de la idea que de ellos tenemos." Todo el ensayo es una especie de meditación admirada sobre la multiplicidad de las realidades humanas, de la manera en que la mente es un filtro que transforma la realidad de tal modo que proporciona a cada cual una realidad a su medida, podíamos decír una realidad virtual en la que habitar—al igual que la labor del poeta, diría Shakespeare en A Midsummer Night's Dream, proporciona a las fantasías aéreas un nombre y un lugar donde habitar. La realidad humana—no la de los animales, especifica Montaigne—es una realidad virtual:


Es fácil ver que lo que aguijonea en nosotros el dolor y la voluptuosidad es la punta de nuestra mente. Los animales, que la tienen embridada, dejan las sensaciones libres y originales en sus cuerpos y por consiguiente son las mismas, más o menos, en cada especie, como vemos por la aplicación similar de sus movimientos. Si no estorbásemos en nuestros miembros la jurisdicción que les pertenece en esto, es de creer que estaríamos mejor, pues la naturaleza les ha dado un temperamento justo y moderado hacia la voluptuosidad y el dolor; y no puede dejar de ser justa, al ser igual y común. Mas, puesto que nos hemos emancipado de sus reglas para entregarnos a la libertad vagabunda de nuestras fantasías, al menos ayudémonos a nosotros mismos inclinándolas del lado más agradable.


Es curiosa la elección de términos de Montaigne. El hombre está liberado de la brida de la naturaleza; está "emancipado"—términos que parecen sugerir un estado previo de naturaleza, quizá el Paraíso o la Edad de Oro, cuando el hombre estaba en armonía con la naturaleza, o domesticado por ella. Pero asoma en la reflexión de Montaigne una visión del hombre como el mono loco, el que no tiene justo medio ni sigue su propia naturaleza—el que no tiene naturaleza, de hecho, porque se ha liberado de ella, y ahora no vive en un mundo natural sino en un mundo generado por su propia imaginación, regido no por la sensatez del cuerpo animal sino por "la libertad vagabunda de nuestras fantasías." Los animales (podríamos apostillarle) viven cada especie en su propio mundo virtual o mental; el mundo del topo no es el del águila y en ese sentido también es a la vez un nicho ecológico diferente y una realidad mental "virtualizada". The emmet's inch and the eagle's mile / Cause lame philosophy to smile" decía Blake—el poeta, en cambio, sabe que la realidad es múltiple. A lo que parece referirse Montaigne no es a que todos los animales hagan lo mismo, sino que todos los animales de la misma especie hacen lo mismo, habitan en la misma realidad, reaccionan parecido, se mueven igual, no ensayan danzas extrañas, no hablan idiomas mutuamente incomprensibles ni inventan artilugios diferentes, no crean mundos mentales distintos  e incomunicados sino que viven en el mundo que comparten de modo natural, el mundo de los sentidos y del cuerpo. Mientras que el hombre, el mono loco...

Es interesante la reflexión de Montaigne por la manera en que es protoevolucionista—a la manera de muchos otros loci classici, empezando por los mitos, pero llevando la reflexión un poco más allá. Sugiere el desarrollo de la evolución humana como una creación de mundos mentales, emancipados de la naturaleza, para bien o para mal; unos absurdos, otros maravillosos, algunos las dos cosas a la vez.  Lleva a reflexión sobre la manera en que las culturas humanas son otras tantas realidades virtuales en las que habitamos, mundos (o cárceles) de la mente, mind-forged manacles como decía también Blake, y a la vez palacios imaginarios sin los cuales no llegarían a existir los palacios reales. Que también son, en buena medida, imaginarios—tanto los de los libros de arte como esos otros palacios flotantes en los que cada uno somos les rois du monde. 




Y también es este ensayo, por cierto, muy sugestivo a la hora de desarrollar una teoría de la atención. Porque en efecto, la atención es un instrumento de primer orden para la creación de estas realidades mentales alternativas. La atención es de por sí una modificación de la realidad. Donde están las mujeres en general, yo veo sólo a esa mujer. En un mundo de fútbol y coches de alta gama, yo paso por medio sin ver nada, y centro mi atención en este ensayo de Montaigne, que otros no ven. Y así organizo en torno mío un mundo mental en el que vivir, y que da forma al resto de la realidad, o lo que de ella pueda verse desde este observatorio, desde la casa de enfrente a Alpha Centauri. Y así nos vamos haciendo cada vez más parecidos a nosotros mismos, creando formas sostenidas en el aire, organizando la realidad a nuestra imagen y semejanza. Casi como dioses, decía Hamlet.

 
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martes, 9 de agosto de 2022

Montaigne ensayando

 

Demócrito de Abdera

 

 

Montaigne ensayando


Hace tiempo escribí un artículo comparando la teoría del ensayo y la del blog, como géneros divagantes o menores. Hoy hay que añadirle, from the horse's mouth, esta descripción de su propia escritura que nos da Montaigne, el creador del ensayo. Y es cierto que Montaigne es a veces tan desorganizado o divagante o desestructurado como pueda desearse, algo que en cierto modo no lo convierte en el maestro del ensayo como forma, aunque sí del ensayo como carencia de forma. En fin, así se ve Montaigne, como primer bloguero de sí, quizá, en el ensayo "De Demócrito y Heráclito", capítulo 50 del primer libro de los Ensayos. Él es más de Demócrito, nos dice: "Nuestra propia y peculiar condición es tan ridícula como risible". Pero eso no le impide meterse a indagar u opinar sobre cualquier cosa, más bien le anima.


"Es el juicio instrumento para todos los temas y en todo se mete. Por este motivo, en los ensayos que de él hago aquí, aprovecho toda ocasión. Si es tema del que nada entiendo, por ello mismo lo pruebo, midiendo el vado desde muy lejos; y después, hallándolo demasiado profundo para mi talla, quédome en la orilla; y este reconocer la imposibilidad de atravesarlo, es una muestra de su efectividad, y una incluso de las que más se jacta. Ora en tema vano y vacío, intento ver si hallará con qué darle cuerpo y con qué sostenerlo y apuntarlo. Ora lo paseo por un tema noble y manido en el que nada ha de encontrar de su propia cosecha, al estar el camino tan trillado que no puede andar más que tras las huellas de otros. Entonces, su papel es elegir la ruta que mejor le parezca, y, de mil senderos, dice que este o aquel fue el mejor escogido. Tomo al azar el primer tema que se me presenta. Todos me son igualmente buenos. Y jamás pretendo tratarlos por entero. Pues de nada puedo er el todo. Aquellos que prometen mostrárnoslo, no lo hacen. De cien partes o rostros que cada cosa tiene, tomo uno de ellos, ya solo para lamerlo, ya para rozarlo, ya para pellizcarlo hasta el hueso. Penetro en él, no con amplitud, sino con la mayor profundidad que puedo. Y a menudo gusto de cogerlo desde algún punto de vista inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia, si me conociera menos. Sembrando una frase aquí, otra allá, muestras desgajadas de su conjunto, separadas sin designio ni promesa, no me veo obligado a hacer cosa que valga ni a mantenerme yo mismo sin variar cuando me plazca y sin rendirme a la duda o a la incertidumbre o a mi estado original que es la ignorancia.

Todo acto nos descubre. La misma alma de César que se muestra en ordenar y dirigir la batalla de Farsalia, muéstrase también al organizar las empresas amorosas del ocio. Júzgase de un caballo, no solo viéndole correr en un hipódromo, sino también viéndole correr en un hipódromo, sino también viéndole ir al paso e incluso viéndole descansar en la cuadra."


Si el ensayo y la miscelánea nos son géneros próximos y familiares, quizá sea porque (al menos en una de las perspectivas posibles sobre nosotros) en realidad somos nosotros mismos poco más que ensayos de persona, o de nosotros; somos misceláneos.

 

 El mismo Montaigne lo comenta así en el ensayo "De la inconstancia de nuestros actos" (II.1):

Estamos todos hechos de retazos y somos de constitución tan informe y diversa, que cada pieza, a cada momento, desempeña su papel. Y existe tanta diferencia entre uno y uno mismo, como entre uno y los demás. "Magnam rem puta unum hominem agere"  [Juzga tú un gran mérito representar un mismo papel: SÉNECA, epist. 120,22]."


—una reflexión ésta que nos deja reflexionando sobre la teatralidad interna que nos constituye, cada uno una compañía teatral entera en su fuero interno, y sacándola a actuar si hace falta.  Uno mismo es compañía.

Es una escritura especialmente apta para el verano, se diría, esta modalidad de escritura light (y de existencia light). Pero yo no llego ahora ni al nivel de listón bajo éste que se marca Montaigne; estoy que no escribo, por algo será; como de costumbre, lo veremos mejor con distancia retrospectiva. O no.




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Montaigne ensayando— en Ibercampus

 

 

 

 

martes, 2 de agosto de 2022

Todo ceremonia, todo teatro

martes, 28 de julio de 2015

Todo ceremonia, todo teatro

La sensación de verse atrapado en un mundo teatral, en el que todos llevan una máscara, nos invade a veces. Es una experiencia a la vez rara y potencialmente común, que puede llegar a extremos sofocantes y excepcionales, pero que acecha tras el trato social ordinario de cualquiera, pues se halla inscrita en la estructura misma del trato social—por eso es el teatro tan central a la vida, porque la vida es teatro continuo. La forma acusada o patológica de este fenómeno pertenece a los ricos y poderosos en primer lugar, pues es en las cumbres de la sociedad donde se viven en estado puro o extremo algunos límites de la condición humana, experiencias que sólo amagan o se dejan intuir sólo por momentos en la vida cotidiana de la mayoría de la gente. Lo describe Montaigne, en su ensayo "De la desigualdad que existe entre nosotros" (I.XLII), y lo vivía Hierón:

 


Mas duélese sobre todo Hierón de verse privado de toda amistad y trato mutuo, pues en ello reside el fruto más dulce y perfecto de la vida humana. ¿Pues qué prueba de afecto y buena voluntad puedo obtener de aquel que me debe, quiéralo o no, todo cuanto puede? ¿Puedo acaso tener en cuenta su hablar humilde y su respeto cortés, dado que no está en sus manos el negármelo? No son honores los honores que recibimos de aquellos que nos temen; esos respetos son debidos a la realeza y no a mí:

           maximum hos regni bonum est,
    Quod facta domini cogitur populus sui
    Quam ferre tam laudare.

    [La mayor ventaja del que reina es esta:
    que el pueblo se ve obligado
    tanto a soportar los hechos de su señor
    como a alabarlos. SÉNECA, Thy. 205-208].

¿Acaso no veo que tanto tiene el rey cruel como el buen rey? ¿Aquel al que odian como aquel al que aman? Con las mismas apariencias y la misma ceremonia servían a mi predecesor y servirán a mi sucesor. Si no me ofenden mis vasallos, ello no es prueba de ningún buen sentimiento: ¿por qué habría de tomarlo así, puesto que aunque quisieran no podrían? Nadie me sigue por la amistad que entre él y yo exite, pues no es posible trabar amistad habiendo tan poca relación y correspondencia. Mi altura me ha puesto fuera del trato con los hombres: hay demasiada disparidad y desproporción. Síguenme por las apariencias y por la costumbre o, más que a mí, a mi fortuna, para acrecentar la suya. Todo cuanto me dicen y hacen, no es más que fingimiento. Al estar limitada su libertad por todas partes, por el gran poder que sobre ellos poseo, nada veo a mi alrededor que no esté encubierto o disfrazado.

El drama de Hierón en su trato con los demás es, en cierto modo, el que todos tenemos. Los demás no son libres en su trato con nosotros. Al estar limitada su libertad por todas partes—y la nuestra— nada vemos a nuestro alrededor que no esté encubierto o disfrazado. Que no sea, incluso, encubrimiento o disfraz, sin nada debajo.




 

martes, 19 de abril de 2022

Mundus universus exercet histrioniam

 La mayoría de nuestras ocupaciones son comedia. "Mundus universus exercet histrioniam" [Todo el mundo representa una comedia: Salisbury, policr. 3,8,490d]. Hemos de representar debidamente nuestro papel, mas como el papel de un personaje de prestado. De la máscara y la apariencia no hemos de hacer una esencia real, ni de lo ajeno lo propio. o sabemos distinguir la piel de la camisa. Harto es empolvarse el rostro, sin empolvarse el pecho. Veo a muchos que se transforma y se transustancian en otras tantas nuevas figuras y nuevos seres como cargos asumen, y que se hacen prelados hasta el hígado y los intestinos, arrastrando su oficio hasta el vestidor. No puedo enseñarles a distinguir los sombrerazos que a ellos van dirigidos de aquellos que van dirigidos a su función, o a su séquito, o a su mula. "Tantum se fortunae permittunt, etiam ut naturam dediscant" [Cuanto se entregan en brazos de la Fortuna, se olvidan hasta de su propia naturaleza: Quinto Curcio, 3,2,18]. Hinchan y agrandan el alma y su juicio natural hasta ponerlo a la altura de su puesto magistral. El alcalde y Montaigne siempre fueron dos, con muy clara separación. 

(Montaigne, Ensayos completos, III, X)

sábado, 14 de agosto de 2021

Pompa y Circunstancia

Del libro III de los Ensayos de Montaigne (VIII):

... 

Y estaba diciendo que no hay más que ver a un hombre elevado en dignidad: aun cuando lo hayamos conocido tres días antes como hombre de poca monta, fíltrase insensiblemente en nuestra opinión una imagen de grandeza, de inteligencia, y nos persuadimos de que al crecer en séquito y en fama, ha crecido también en mérito. Juzgámoslo, no según su valor, sino como las fichas, según la prerrogativa de su rango. Cambie de nuevo la suerte, vuelva a caer y a mezclarse con el vulgo, todos nos preguntaremos admirados por la causa por la que tan alto lo colocó. "¿Es él?—se dice—¿No sabía algo más cuando allí estaba? ¿Con tan poco se contentan los príncipes? Pues sí que estábamos en buenas manos." Esto lo he visto a menudo en mi época. Incluso la máscara de las grandezas que se representan en el teatro nos influye de algún modo y nos engaña. Lo que yo mismo adoro de los reyes es la masa de adoradores. Toda inclinación y sumisión les es debida, excepto la del entendimiento. No está acostumbrada mi razón a doblarse ni a arrodillarse: lo hacen solo mis rodillas.

Habiéndosele preguntado a Melanto qué le había parecido la tragedia de Dionisio, respondió: "No la he visto, de tan oscuro como es su lenguaje." Así, la mayoría de los que juzgan los discursos de los grandes, habrían de decir: "Nada he entendido de lo que ha dicho, tan ofuscado estába de seriedad, grandez y majestad."

Convencía un día Antístenes a los atenienses de que ordenasen se empleara a los asnos para labrar las tierras, al igual que a los caballos; a lo cual respondiéronle que tal animal no había nacido para aquel servicio: "Es lo mismo—replicó él—; sólo depende de vuestras órdenes pues los hombres más ignorantes e incapaces que empleáis para la dirección de vuestras guerras vuélvense de inmediato muy dignos, por el solo hecho de emplearlos para ellas."

Con lo cual está en relación la costumbre  de tantos pueblos, que canonizan al rey que han hecho de uno de ellos, y no se contentan con honrarlo, sino que lo adoran. Los de México, tras las ceremonias de su coronación, no osan ya mirarle el rostro; y, como si lo hubieran divinizado con su realeza, entre los juramentos que le hacen prestar de mantener su religión, sus leyes, sus libertades, de ser valiente, justo y bueno, jura tambien hacer que brille el sol con su luz acostumbrada, que goteen las nubes en el tiempo oportuno, que sigan los ríos su curso y que dé la tierra todo lo necesario.

Soy yo distinto de lo normal, y desconfío más de la inteligencia cuando la veo acompaada de grandeza, de fortuna y de celebridad popular. Hemos de ver si no consiste en hablar en su momento, en elegir su oportunidad, en cortar la conversación o en cambiarla con autoridad magistral, en defenderse de la oposición de los demás con un movimiento de cabeza, una sonrisa o un silencio, ante una asistencia que tiembla de reverencia y respeto.

Un hombre de monstruosa fortuna, al dar su opinión sobre cierto tema liviano que era debatido sin ceremonia en su mesa, empezó precisamente así: "No puede ser más que un mentiroso o un ignorante el que diga lo contrario", etc. Seguid esta idea filosófica con un puñal en la mano.


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Amadeus - Queen of the Night

  One of Mozart’s most famous operatic moments came to the big screen in the 1984 film Amadeus, when the “Queen of the Night” aria rang out ...