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lunes, 3 de noviembre de 2025

De la pura apariencia moralmente permitida

 

Un pasaje un tanto dramatístico de la Antropología de Immanuel Kant. Es la sección 14 de la "Didáctica antropológica" (Alianza, 69-72).

 

De la pura apariencia moralmente permitida

 

§14. Los hombres son, ene general, cuanto más civilizados, tanto más comediantes; toman la pura apariencia de la afección, del respeto a los demás, de la modestia, del desinterés, sin engañar con ello a nadie, porque cada uno de los demás, con tal que no se apunte particularmente a él, está conforme, y está también muy bien que así suceda en el mundo. Pues al haber personas que representen este papel, acaban por ir despertándose realmente las virtudes cuya pura apariencia se limitan aquéllas a fingir durante un cierto espacio de tiempo, y llegan a influir en el carácter. Pero el engañar al engañador que hay en nosotros mismos, las inclinaciones, es a su vez un retorno a la obediencia a la ley de la virtud, y no un engaño, sino una inocente ilusión de que nos hacemos objeto a nosotros mismos. 

Por eso el sentir repugnancia de la propia existencia, por tener vacío de sensaciones el espíritu, que tiende incesantemente a procurárselas, o sea, por el aburrimiento, en el que se siente al par el peso de la inercia, esto es, del hastío de toda ocupación que pudiera llamarse trabajo y acabar con aquella repugnancia, por ir unido con molestias, es un sentimiento sumamente ingrato, cuya causa no es otra que la natural inclinación a la comodidad (a un reposo al que no precede ninguna fatiga). Pero esta inclinación es engañosa, incluso con vistas a los fines que la razón impone como ley al hombre, para estar contento consigo mismo, cuando no hace absolutamente nada (vegeta sin finalidad), porque no hace nada malo. 

Engañarla, por tanto, a su vez (lo que se puede hacer cultivando las bellas artes, pero las más de las veces por medio de la conversación) se dice pasar el tiempo (tempus fallere), expresión que indica el designio, a saber, de engañar a la inclinación misma al descanso ocioso, ya entreteniendo el espíritu con el cultivo de las bellas artes, ya simplemente interviniendo por mero juego sin finalidad en una lucha pacífica y cultivando al menos el espíritu; en caso contrario, se llamaría matar el tiempo. Por la fuerza no se ha conseguido nunca nada contra las inclinaciones sensibles; es menester burlarlas, y como dice Swift, darle a la ballena un tonel para jugar, a fin de salvar el barco. 

(Nota: Jonathan Swift (1667-1745), "Cuento del tonel" (V).)

La naturaleza ha implantado sabiamente en el hombre la propensión a dejarse engañar con gusto, incluso para salvar la virtud o llevar a ella. Las buenas y honradas maneras son una apariencia exterior que infunde a los demás respeto (no hacerse vulgar). Sin duda que la jovencita no estaría muy satisfecha si el sexo masculino pareciese no rendir homenaje a sus encantos. Pero la modestia (pudicitia), una violencia que la persona se hace a sí misma para ocultar la pasión, es como ilusión muy saludable para poner entre uno y otro sexo la distancia que es necesaria para no rebajar al uno al papel de mero instrumento del goce del otro. En general, es todo lo que se llama decencia (decorum) de la misma índole, a saber, nada más que una pura bella apariencia.

La cortesía (politesse) es una pura apariencia de condescendencia que infunde amor. Las reverencias y toda la galantería cortesana, junto con las más cálidas afirmaciones de amistad, no siempre son precisamente una verdad ("mis queridos amigos, no hay un amigo", Aristóteles,

(Nota: En la Ética eudemia, VII, c. 12: "oudeis filos, o polloi filot". Más exactamente concuerda con la cita de Kanta la frase de Diógenes Laercio, V, 10: "o filot, oudis filos" [¡Oh amigos!, no hay ningún amigo] (K.).

mas tampoco engañan, porque todo el mundo sabe cómo debe tomarlas, y principalmente porque estos signos de benevolencia y de respeto, inicialmente vacíos, conducen poco a poco a tener realmente un carácter de esta índole.

Toda virtud humana en el trato social es moneda de vellón; niño es quien la toma por verdadero oro. Es, empero, mejor tener en circulación moneda de vellón que carecer de un medio como éste, y finalmente puede cambiarse por oro puro, aunque sea con una pérdida considerable. Considerarlas como puras fichas de juego, que no tienen por sí ningún valor; decir con el sarcástico Swift: "La honradez es un par de zapatos que han pisado en la inmundicia", etc.

Nota: Op. cit.  (V.).

o como el predicador Hofstede,  en su ataque al Belisario  de Marmontel, calumniar incluso a un Sócrates,

Nota: Hofstede, profesor reformado-ortodoxo de Teología en Rotterdam, escribió una obra, El Belisario publicado por el señor Marmontel, juzgado (Leipzig, 1769), cuyo capítulo 23, "El filósofo griego Sócrates desenmascarado", provocó una viva polémica. (K.)

para impedir que nadie crea en la virtud, es una alta traición cometida contra la Humanidad. Hasta la pura apariencia del bien en los demás ha de sernos estimable; porque de este jugar con ficciones que imponen respeto, sin merecerlo quizá, puede salir a la postre una cosa seria. Solamente la pura apariencia del bien en nosotros mismos ha de borrarse sin compasión y ha de arrancarse el velo con que el amor propio encubre nuestros defectos morales; porque  la pura apariencia engaña allí donde lo que carece de todo contenido moral induce a figurarse borrada la propia culpa o a rechazarla y convencerse de no ser culpable de nada, por ejemplo, cuando el arrepentimiento por las malas acciones al llegar al término de la vida se pinta como una verdadera corrección, o una transgresión premeditada como una debilidad humana.

 

 

jueves, 6 de junio de 2024

Being Bullied

From Stephen Crane's "The Bride Comes to Yellow Sky"— a newly-wed couple travel for once, above their means, in a first-class Pullman railway car:

To the minds of the pair, their surroundings reflected the glory of their marriage that morning in San Antonio. This was the environment of their new estate, and the man's face, in particular, beamed with an elation that made him appear ridiculous to the Negro porter. This individual at times surveyed them from afar with an amused and superior grin. On other occasions he bullied them with skill in ways that did not make it exactly plain to them that they were being bullied. He subtly used all the manners of the most unconquerable kind of snobbery. He oppressed them, but of this oppression they had small knowledge, and they speedily forgot that unfrequently a number of travellers covered them with stares of derisive enjoyment. Historically there was supposed to be something infinitely humourous in their situation.

     'We are due in Yellow Sky at 3.42,' he said, looking tenderly into her eyes. 

     'Oh, are we?' she said, as if she had not been aware of it. 

     To evince surprise at her husband's statement was part of her wifely amiability She took from a pocket a little silver watch, and as she held it before her, and stared at it with a frown of attnetion, the new husband's face shone.

     'I bought it in San Anton' from a friend of mine,' he told her gleefully.

     'It's seventeen minutes past twelve, she said, looking up at him with a kind of shy and clumsy coquetry.

     A passenter, noting this play, grew excessively sardonic, and winked at himself in one of the numerous mirrors.

     At last they went into the dining-car. Two rows of Negro waiters in dazzling white suits surveyed their entrance with the interest, and also the equanimity, of men who had been fore-warned. The pair fell to the lot of a waiter who happened to feel pleasure in steering them through their meal. He viewed them with the manner of a fatherly pilot, his countenance radiant with benevolence. The patronage entwined with the ordinary deference was not palpable to them. And yet as they returned to their coach they showed in their faces a sense of escape. 

 

martes, 27 de julio de 2021

Eisenhower y la moral ecuménica

 En este ensayo recogido en Babel contra Babel, Sánchez Ferlosio reflexiona sobre el rechazo moderno, ejemplificado en Eisenhower, a la guerra como ceremonia, ritual dramatístico o convención regida por la cortesía, en favor de algo más puramente "racional"—la guerra total:


Dwight Eisenhower representa de manera ejemplar la máscara ideológica exigida por la conciencia moderna, donde la justificación prefigurada, aunque nunca madurada, por la ilustración cristiana confesional  llega a cumplirse bajo las formas laicas de racionalización y moralización indistintamente liberales o marxistas. (Por cuenta del marxismo, es nada menos que un texto canónico de sus Escrituras, el Anti-Dühring, el que fija y declara de una vez por todas el dogma de la racionalidad instrumental de la guerra, frente a opiniones que trataban de sospecharle y descubrirle orígenes y motivaciones más gratuitos y oscuros. El pobre Dühring, con toda su torpeza de expresión, era mucho más honesto, más valiente, más agudo y más certero en sus suspicacias que ese necio arrogante y olímpico de Engels en el profundo y miserable conformismo de su réplica.) Cuando a Eisenhower se le sugirió que, siguiendo un uso tradicional de cortesía militar, aceptase la visita del general alemán Von Arnim, que pasaba, prisionero, por Argel, rechazó horrorizado semejante idea, como una pervivencia de barbarie. Aceptar una visita así, aun como un simple protocolo caballeresco, significaba poner, siquiera formalemnte, entre paréntesis la enemistad y, por tanto, reconocer implícitamente un plano de relación humana que quedaba fuera, por encima y a salvo del alcance de la guerra misma; un plano que, dejando en suspenso las razones de ésta, se hacía virtualmente superior a ellas y, consiguientemente, las relativizaba. Y ésta era justamente la representación que el puritano sentimiento moral de Eisenhower no podía ni por un solo instante soportar; la posibilidad, ni aun como piadosa ficción ceremonial, de algún estrato humano, de la índole que fuere, que estuviese por encima de la Causa por la que combatía. 

La simple suposición de un plano superior en que la hostilidad quede en suspenso y los antagonistas se puedan dar la mano proyecta sobre el plano dejado por debajo, el de la guerra, la indeseable imagen de la competición lúdica, del deporte, del juego, y cuando la guerra aspira a racionalizarse y a moralizarse sancionándose como útil, instrumental y necesaria, no puede tolerar que le recuerden su verdadero origen (dejo para otro día el encarecer hasta qué punto, contra cualquier posible empeño de oultarlo, la victoria será la que delate, en su semblante mismo, ese origen de modo incontenible e incontestable). El acto caballeroso es un acto libre, gracioso, espontáneo; la caballerosidad conlleva siempre algún aire de gesto y es sentida como la gala de la acción y equiparada a aquella gala del atuendo en que el antiguo uniforme gustaba de complacerse y que el moderno suprime con una rabia no poco sospechosa. (180-81).



sábado, 8 de agosto de 2020

Los farsantes sinceros


De la novela de Gonzalo Torrente Ballester Javier Mariño (1942-1985; Almuzara, p. 290). Javier es invitado en París por su amigo George a conocer a su padre, el exiliado presbítero ortodoxo Hipólito, y su familia.


Nuevos golpes dados a la puerta le devolvieron a la realidad, y antes de que se hubiera levantado ya había acudido, rápidamente, Eulalia. Identificó al hombre que entraba como el presbítero Hipólito.  Era muy alto, huesudo, extremadamente delgado, con barba y cabellos largos. Los ojos, como los de George, y, advirtió también, como los de Eulalia: ardientes ojos meridionales. Vestía un largo ropón sobre el que brillaba una cruz de oro. Al entrar, se le acercó su hijo, y doblando la rodilla, le besó la mano. Luego dijo:
—Señor, éstos son nuestros hermanos Magdalena y Javier.
El hombre, sonriéndoles, respondió:
—Sed bienvenidos.
Hablaba con voz profunda y varonil, y sus palabras francesas tenían una remota resonancia exótica. Esperaba Javier con la mano tendida, pero el sacerdote se aproximó a los iconos y, de rodillas, oró en silencio. Sólo cuando pasados unos minutos se hubo santiguado, volvió el rostro otra vez sonriente hacia los huéspedes. Se acercó a Magdalena, que le estrechó la mano, y cuando se aproximó a él, tuvo la repentina impresión de que tanto el presbítero como sus hijos eran unos deliciosos farsantes de la curiosa y siempre divertida estirpe de los farsantes sinceros. Sin meditarlo mucho, decidió seguirles el aire: ya que a punto de farsante era difícil que nadie le pudiera superar; y así, al tener entre la suya la mano del sacerdote, hizo una reverente genuflexión y dejó un beso suave sobre los dedos escuálidos, al mismo tiempo que espiaba el rostro venerable esperandoadvertir un gesto de sorpresa, cualquier detalle revelador que no apareció, porque no podía interpretarse como tal la cruz casi imperceptible que trazó el hombre sobre su cabeza.
—Te conozco—dijo luego—a través de mi hijo, y sé que eres cristiano. Te suplico que aceptes mi bendición.
Después se dirigió a Magdalena.
—De ti, Magdalena, espero que muy pronto recobres la salud perdida. No tengo repugnancia de aceptarte en mi casa y sentarte a mi mesa, porque estás bautizada, y aunque no lo quieras, eres con nosotros parte en el Cuerpo de Jesucristo. Hace mucho tiempo que en mi casa rezamos por ti.
Pese a su disposición para recibir cualquier sorpresa, no pudo menos de quedar atónito al observar que Magdalena bajaba la cabeza al escuchar las palabras del presbítero, que en cualquier otra persona hubiera tomado por indiscretas. 
'Pero esta muchacha —pensó—, no se dará cuenta del aire teatral de todo esto? ¿O es que extrema su cortesía hasta representar ella también una pequeña farsa de arrepentimiento?'



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Firewalk Theatre