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lunes, 29 de junio de 2026

El Retablo de Maese Pedro según Ortega

Un párrafo de "Las interpretaciones del Quijote" de Anthony Close:

 

"Para ortega, el Quijote es un llamamiento a los españoles para que domeñen la sensualidad anárquiva inherente a su cultura y reivindiquen su herencia teutónica la meditación, en un sentido lato del término. En efecto, sin mencionar a Unamuno, Ortega contrasta el vitalismo irracional de aquél con su propia filosofía de la razón vital. Para Ortega, la alucinación de Don Quijote, que toma por gigantes los prosaicos molinos de viento del campo de Montiel, simboliza el eterno esfuerzo en el que se debate la cultura toda por dar claridad y seguridad al hombre en el caos existencial en que se halla metido. El error quijotesco, pues, es heroico y ejemplar. Pero no constituye en absoluto una advocación de un racionalismo absracto, aisldo en su torre de marfil. Al enfrentar el plano del mito, propio del género épico, con el plano de la tosca realidad, vinculado con la comedia, Cervantes define la misión de la cultura en el mundo moderno y el tema del género híbrido encargado de expreas su Weltanschauung: la novela. Esa misión consiste en proclamar un nuevo valor, distinto a las verdades absolutas o a las consabidas tradiciones milenarias: la vida, radicada en el yo  de cada ser humano. Tal es el sentido de la aventura del retablo de maese Pedro. De la misma manera que don Quijote se halla imantado por la ilusión teatral hasta el punto de creer verdaderos los sucesos representados en el retablo, asimismo el lector se halla sutilmente sugestionado por la ilusión novelesca, arrastrado hacia su interior, gracias al truco mediante el cual Cervantes opone ilusión (el retablo y lo que representa) a realidad (el cuarto del mesón y los espectadores allí reunidos). De esta manera, el lector percibe que la alucinación de don Quijote simboliza el voluntarismo autocreador en que consiste la existencia humana, obligada a alzar el vuelo del plano cotidiano hacia un "más allá" de ideales subjetivos.Como veremos, las sucintas páginas dedicadas a la aventura del retablo de maese Pedro son el punto de arranque de dos corrientes de crítica literaria que surgen después de la Guerra Civil española: el existencialismo y el perspectivismo.

 

miércoles, 21 de agosto de 2024

De la extraña aventura que le sucedió al valeroso Don Quijote con el carro o carreta de las Cortes de la Muerte

 Capítulo XI de la segunda parte de la Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno:


Reanudaron amo y escudero su camino, burlándose el socarrón Sancho de la candidez de su amo. Y entonces fue cuando toparon con la carreta de la muerte o de la compañía de Angulo el Malo, que Don Quijote, aleccionado y entristecido por lo que acababa de pasarle, tomó por lo que realmente era. Y entonces fue también cuando Rocinante, alborotado por el cascabeleo del moharracho, dio con su amo en tierra y todo lo que se sigue. Y cómo quiso castigar el Caballero a los farsantes, y le esperaron estos en ala y armados de guijarros, y convenció Sancho a su amo, hombre cuerdo y sesudo al fin, de que no debía meterse con semejante tropa, pues entre todos los que allí estaban, aunque parecían reyes, príncipes y emperadores no había ningún caballero andante. Y así Don Quijote mudó ya de su determinado intento. Y al ver que Sancho, or su parte, no quería vengarse, fue cuando le dijo lo de: Pues esa es tu determinación, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras.

La del carro de la muerte parece una de las más heroicas que llevó a feliz término nuestro hidalgo, pues en ella se nos muestra venciéndose a sí mismo con su cordura. ¡Es que le pesaba sobre el corazón el encantamiento de su dama! El mundo comedia es, y gran locura querer luchar con gentes que no son lo que parecen, sino míseros farsantes que representan su papel, y entre los cuales apenas si se halla de higos a brevas un caballero andante. En el tablado del mundo es novedad sorprendente ver entrar un caballero de verdad, de los que matan y hacen en serio la escena del desafío cuando los otros hacen que la hacen y por hacer el papel no más.Tal es el héroe. Y al héroe le esperan los comediantes todos en ala y armados de piedras. Dejad, pues, a los farsantes y recordad la profunda sentencia de Sancho: nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes fueron de oro puro, sino de oropel u hoja de lata. Recordadla y tened en cuenta que la creeencia de los que en la comedia del mundo hacen el papel de maestros, cobrando por ello su salario, es ciencia de oropel u hoja de lata.

 

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sábado, 29 de julio de 2023

Muerte, ausencia, indiferencia y celos

 


En La Galatea de Cervantes, cuatro pastores lamentan por turnos en una égloga las causas de sus respectivas penas de amor: la muerte de la amada, su ausencia, su indiferencia, o los celos—debatiendo cuál de éstas es la que más sufrimiento da. Y sigue el comentario, glosa y sentencia del discreto pastor Damon, que por desgracia ellos no escuchan...

 

Crisio

Al que ausencia viene a dar

Su cáliz triste a beber,

No tiene mal que temer

Ni ningún bien que esperar.

    En esta amarga dolencia

No hay mal que no esté cifrado

Temor de ser olvidado,

Celos de ajena presencia;

     Quien la viniere a probar,

Luego vendrá a conocer

Que no hay mal de que temer

Ni menos bien que esperar.

 

Orompo

Ved si es mal el que me aqueja

Más que muerte conocida.

Pues forma quejas la vida

De que la muerte la deja.

    Cuando la muerte llevó

Toda mi gloria y contento,

Por darme mayor tormento,

Con la vida me dejó.

    El mal viene, el bien se aleja

Con tan ligera corrida

Que forma quejas la vida

De que la muerte la deja.

 

Marsilio

En mi terrible pesar

Ya faltan, por más enojos,

Las lágrimas a los ojos

Y el aliento al suspirar.

    La ingratitud y desdén

Me tienen ya de tal suerte,

Que espero y llamo a la muerte

Por más vida y por más bien.

    Poco se podrá tardar,

Pues faltan en mis enojos

Las lágimas a los ojos

Y el aliento al suspirar.

 

Orfenio

Celos, a fe, si pudiera,

Que yo hiciera por mejor

Que fueran celos amor,

Y que el amor celos fuera.

    Deste trueco granjeara

Tanto bien y tanta gloria,

Que la palma y la victoria

De enamorado llevara.

    Y aun fueran de tal manera

Los celos en mi favor

Que, a ser los celos amor,

El amor yo solo fuera.

 

Con esta última canción del celoso Orfenio dieron fin a su égloga los discretos pastores, dejando satisfechos de su discreción a todos los que escuchado los habían, especialmente a Damon y a Tirsi, que gran contento en oírlos recibieron, pareciéndoles que de más de pastoril ingenio parecían las razones y argumentos que para salir con su propósito los cuatro pastores habían propuesto.

Pero habiéndose movido contienda entre muchos de los circunstantes sobree cuál de los cuatro había alegado mejor su derecho, en fin se vino a conformar el parecer de todos con el que dió el discreto Damon, diciéndoles que él para sí tenía que, entre todos los disgustos y sinsabores que el amor trae consigo, ninguno fatiga tanto al enamorado pecho, como la incurable pestilencia de los celos, y que no se podían igualar a ella la pérdida de Orompo, ausencia de Crisio, ni la desconfianza de Marsilio.

—La causa es—dijo—que no cabe en razón natural que, las cosas que están imposibilitadas de alcanzarse, puedan por largo tiempo apremiar la voluntad a quererlas ni fatigar al deseo por alcanzarlas, porque el que tuviese voluntad y deseo de alcanzar lo imposible, claro está que, cuanto más el deseo le sobrase, tanto más el entendimiento le faltaría. Y por esta misma razón digo que la pena que Orompo padece, no es sino una lástima y compasión del bien perdido; y por haberle perdido de manera que no es posible tornarle a cobrar, esta imposibilidad ha de ser causa para que su dolor se acabe, que, puesto que el humano entendimiento no puede estar tan unido siempre con la razón que deje de sentir la pérdida del bien que cobrar no se puede, y que, en efecto, ha de dar muestra de su sentimiento con tiernas lágrimas, ardientes suspiros y lastimosas palabras, so pena de que, quien esto no hiciese, antes por bruto que por hombre racional sería tenido: en fin fin, el discurso del tiempo cura esta dolencia, la razón la mitiga y las nuevas ocasiones tienen mucha parte para borrarla de la memoria.

Todo esto es al revés en el ausencia, como apuntó bien Crisio en sus versos, que como la esperanza en el ausente ande tan junta con el deseo, dale terrible fatiga la dilación de la tornada, porque, como no le impide otra cosa el gozar su bien sino algún brazo de mar o alguna distancia de tierra, parécele que, teniendo lo principal, que es la voluntad de la persona amada, que se hace notorio agravio a su gusto que cosas que son tan menos como un poco de agua o tierra le impidan su felicidad y gloria. Júntase asimismo a esta pena el temor de ser olvidado, las mudanzas de los humanos corazones; y en tanto que la ausencia dura, sin duda alguna que es extraño el rigor y aspereza con que trata al alma del desdichado ausente. Pero, como tiene tan cerca el remedio, que consiste en la tornada, puédese llevar con algún alivio su tormento, y si sucediere ser la ausencia de manera que sea imposible volver a la presencia deseada, aquella imposibilidad viene a ser el remedio, como el de la muerte.

El dolor de que Marsilio se queja, puesto que es como el mismo que yo padezco y por esta causa me había de parecer mayor que otro alguno, no por eso dejaré de decir l oque en él la razón me muestra, antes que aquello a que la pasión me incita. Confieso que es terrible dolor querer y no ser querido, pero mayor seria amar y ser aborrecido. Y si los nuevos amadores nos guiásemos por lo que la razón y la experiencia nos enseñan, veríamos que todos los principios en cualquier cosa son dificultosos, y que no padece esta regla excepción en los casos de amor, antes en ellos más se confirma y fortalece; así que, quejarse el nuevo amante de la dureza del rebelde pecho de su señora, va fuera de todo razonable término,  porque como el amor sea y ha de ser voluntario, y no forzoso, no debo yo quejarme de no ser querido de quien quiero, ni debo hacer caudal del cargo que le hago, diciéndole que está obligada a amarme porque yo la amo. Que, puesto que la persona amada debe en ley de naturaleza y en buena cortesía, no mostrarse ingrata con quien bien la quiere, no por eso le ha de ser forzoso y de obligación que corresponda del todo y por todo a los deseos de su amante: que si esto así fuese, mil enamorados importunos habría que por su solicitud alcanzasen lo que quizá no se les debría de derecho; y como el amor tenga por padre al conocimiento, puede ser que no halle en mí la que es de mí bien querida partes tan buenas que la muevan e inclinen a quererme, y así no está obligada, como ya he dicho, a amarme, como yo estaré obligado a adorarla, porque hallé en ella lo que a mí me falta. Y por esta razón no debe el desdeñado quejarse de su amada, sino de su ventura, que le negó las gracias que al conocimiento de su señora pudieran mover a bien quererle; y así debe procurar con continuos servicios, con amorosas razones, con la no importuna presencia, con las ejercitadas virtudes, adobar y enmendar en él la falta que naturaleza hizo, que este es tan principal remedio, que estoy para afirmar que será imposible dejar de ser amado el que con tan justos medios procurare granjear la voluntad de su señora. Y pues este mal del desdén tiene el bien deste remedio, consuélese Marsilio y tenga lástima al desdichado y celoso Orfenio, en cuya desventura se encierra la mayor que en las de amor imaginar se puede.

¡Oh, celos, turbadores de la sosegada paz amorosa, celos, cuchillo de las más firmes esperanzas! No sé yo qué pudo saber de linajes el que a vosotros os hizo hijos del amor, siendo tan al revés, que por el mismo caso dejara el amor de serlo, si tales hijos engendrara. ¡Oh celos, hipócritas y fementidos ladrones, pues, para que se haga cuenta de vosotros en el mundo, en viendo nacer alguna centella de amor en algún pecho, luego procuráis mezclaros con ella, volviéndoos de su color, y aun procuráis usurparle el mando y señorío que tiene!   Y de aquí nace que, como os ven tan unidos con el amor, puesto que por vuestros efectos dais a conocer que no sois el mismo amor, todavía procuráis que entienda el ignorante que sois sus hijos, siendo, como lo sois, nacidos de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, criados a los pechos de las falsas imaginaciones, crecidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras.

Y porque se ve la destrucción que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos, en siendo el amante celoso, conviene, con paz sea dicho de los celosos enamorados, conviene, digo, que sea, como lo es, traidor, astuto, revoltoso, chismero, antojadizo y aun mal criado; y a tanto se extiende la celosa furia que le señorea, que a la persona que más quiere es a quien más mal desea. Querría el amante celoso que sólo para él su dama fuese hermosa, y fea para todo el mundo; desea que no tenga ojos para ver más de lo que él quisiere, ni oídos para oír, ni lengua para habla; que sea retirada, desabrida, soberbia, mal acondicionada; y aun a veces desea, apretado de esta pasión diabólica, que su dama se muera y que todo se acabe. 

Todas estas pasiones engendran los celos en los ánimos de los amantes celosos; al revés de las virtudes que el puro y sencillo amor multiplica en los verdaderos y comedidos amadores, porque en el pecho de un buen enamorado se encierra discreción, valentía, liberalidad, comedimiento  y todo aquello que le puede hacer loable a los ojos de las gentes. Tiene más, asimismo la fuerza deste crudo veneno: que no hay antídoto que le preserve, consejo que le valga, amigo que le ayude, ni disculpa que le cuadre; todo esto cabe en el enamorado celoso, y más: que cualquiera sombra le espanta, cualquiera niñería le turba, y cualquiera sospecha falsa o verdadera le deshace. Y a toda esta desventura se le añade otra: que, con las disculpas que le dan piensa que le engañan. Y no habiendo para la enfermedad de los celos otra medicina que las disculpas, y no queriendo el enfermo celoso admitirlas, síguese que esta enfermedad es sin remedio, y que a todas las demás debe anteponerse. Y así, es mi parecer, que Orfenio es el más penado, pero no el más enamorado, porque no son los celos señales de mucho amor, sino de mucha curiosidad impertinente; y si son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y  mal dispuesta, y así el enamorado celoso tiene amor, mas es amor enfermo y mal acondicionado. Y también el ser celoso es señal de poca confianza del valor de sí mismo. Y que sea esto verdad, nos lo muestra el discreto y firme enamorado, el cual sin llegar a la obscuridad de los celos, toca en las sombras del temor, pero no se entra tanto en ellas, que le obscurezcan  el sol de su contento, ni de ellas se aparta tanto que le descuiden de andar solícito y temeroso; que si este discreto temor faltase en el amante, yo le tendría por soberbio y demasiadamente confiado, porque, como dice un común proverbio nuestro, quien bien ama, teme; teme, y aun es razón que tema, el amante que como la cosa que ama es en extremo buena, o a él le pareció serlo, no parezca lo mismo a los ojos de quien la mirare, y por la misma causa se engendre el amor en otro, que pueda y venga a turbar el suyo; teme y tema el buen enamorado las mudanzas de los tiempos, de las nuevas ocasiones que en su daño podrían ofrecerse, de que con brevedad no se acabe el dichoso estado que goza, y este temor ha de ser tan secreto, que no le salga a la lengua para decirle, ni aun a los ojos para significarle; y hace tan contrarios efectos este temor del que los celos hacen en los pechos enamorados, que cría en ellos nuevos deseos de acrecentar más el amor, si pudiesen, de procurar con toda solicitud que los ojos de su amada no vean en ellos cosa que no sea digna de alabanza, mostrándoles liberales, comedidos, galanes, limpios y bien criados; y tanto cuanto este virtuoso temor es justo se alabe, tanto y más es digno que los celos se vituperen.

Calló en diciendo esto el famoso Damon, y llevó tras la suya las contrarias opiniones de algunos que escuchado le habían, dejando a todos satisfechos de la verdad que con tanta llaneza les había mostrado. Pero no se quedara sin respuesta, si los pastores Orompo, Crisio, Marsilio y Orfenio hubieran estado presentes a su plática, los cuales, cansados de la recitada égloga, se habían ido a casa de su amigo Daranio.

 

Amor anticuado

 

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martes, 16 de mayo de 2023

El teatro vivido de 'El Curioso Impertinente'

 Retropost, 2013:

En la novela corta de El curioso impertinente, leída mientras Don Quijote duerme en la primera parte del Quijote—el caballero no la leerá nunca, ni tendrá noticia de ella hasta que se la menciona el bachiller Sansón Carrasco en la segunda parte—hay un episodio digno de cita sobre el fenómeno de la "vida como teatro"—la teatralidad entremezclada con los aspectos menos teatrales de la vida, para dar lugar a lo que llamamos "realidad". 

La historia es una historia de adulterio y engaño conyugal, resultante de un cortejo pretendidamente simulado que acaba volviéndose real. Ya se ve allí que ofrece posibilidades de construir terrenos dudosos entre la realidad y la ficción. Anselmo quiere probar la virtud de su mujer Camila, y encarga a su amigo Lotario que intente seducirla. Lotario se resiste con muy buenos argumentos, pero al final accede, y el simulacro de convierte en realidad. Entonces Lotario ya está pillado en una doble tramoya: por una parte oculta a Camila que su interés por ella era inicialmente ficticio, y luego, aliado con ella, oculta a Anselmo la verdad. En un momento dado, llevado por unos celos injustificados, prepara para Anselmo una escena donde pondrá en evidencia la infidelidad de Camila, teniéndole oculto detrás de unas cortinas; pero, tras una escena con Camila, le revela la verdad y deciden dar la vuelta a la situación—mejor dicho, Camila decide que transformará la escena de supuesta revelación espiada por Anselmo, en una escena donde ella controla la situación, organiza un engaño detrás del engaño, y —en una escena que mezcla mucha ficción y algo de realidad—dejará a su marido nuevamente convencido de su inocencia, y de la de Lotario.  

El argumento irrefutable será la sangre derramada, su propia sangre, que ha de ser real y no fingida, o, mejor dicho, a la vez real y fingida. Hay que señalar que Lotario no conoce del todo el plan de Camila en esta escena—¿pensaba Camila quizá apuñalar a Lotario realmente, o a la vez real-y-fingidamente, como se apuñala a sí misma? 

Juzguen ustedes.

(Habla Camila a Lotario, sabiendo los dos que también los oye Anselmo:) ... Torno a decir que la sospecha que tengo que algún descuido mío engendró en tí tan desvariados pensamientos es la que más me fatiga y la que yo más deseo castigar con mis propias manos, porque castigándome otro verdugo, quizá sería más pública mi culpa; pero antes que esto haga quiero mater muriendo y llevar conmigo quien me acabe de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo allá, dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no se dobla al que en términos tan desesperados me ha puesto.

Y, diciendo estas razones, con una increíble fuerza y ligereza arremetió a Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavársela en el pecho, que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones eran falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su fuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente fingía aquel extraño embuste y falsedad, que por dalle color de verdad la quiso matizar con su misma sangre; porque, viendo que no podía haber a Lotario, o fingiendo que no podía, dijo: 

—Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan gusto deseo, a lo menos no será tan poderosa que en parte me quite que no le satifaga.

Y haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la tenía asida, la sacó y, guiando su punta por parte que pudiese herir no profundamente, se la entró y escondió por más arriba de la islilla del lado izquierdo, junto al hombro, y luego se dejó caer en el suelo, como desmayada.

Estaban Leonela y Lotario suspensos y atónitos de tal suceso, y todavía dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y bañada en su sangre. Acudió Lotario con mucha presteza, despavorido y sin asiento, a sacara la daga, y en ver la pequeña herida salió del temor que hasta entonces tenía y de nuevo se admiró de la sagacidad, prudencia y mucha discreción de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a él le tocaba, comenzó a hacer una larga y triste lamentación sobre el cuerpo de Camila, como si estuviera difunta, echándose muchas maldiciones, no sólo a él, sino al que había sido causa de habelle puesto en aquel término. Y como sabía que le escuchaba su amigo Anselmo, decía cosas que el que le oyera le tuviera mucha más lástima que a Camila, aunque por muerta la juzgara.

Leonela la tomó en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario fuese a buscar quien secretamente a Camila curase; pedíale asimismo consejo y parecer de lo que dirían a Anselmo de aquella herida de su señora, si acaso viniese antes que estuviese sana. Él respondió que dijesen lo que quisiesen, que él no estaba para dar consejo que, de provecho fuese: sólo le dijo que procurase tomarle la sangre, porque él se iba adonde gentes no le viesen. Y con muestras de mucho dolor y sentimiento, se salió de casa, y cuando se vio solo y en parte donde nadie le veía, no cesaba de hacerse cruces, maravillándose de la industria de Camila y de los ademanes tan propios de Leonela. Consideraba cuán enterado había de quedar Anselmo de que tenía por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con él para celebrar los dos la mentira y la verdad más disimulada que jamás pudiera imaginarse. 
 
Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre a su señora, que no era más de aquello que bastó para acreditar su embuste, lavando con un poco de vino la herida, se la ató lo mejor que supo, diciendo tales razones en tanto que la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacer creer a Anselmo que tenía en Camila un simulacro de la honestidad. 

Juntáronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llamándose cobarde y de poco ánimo, pues le había faltado al tiempo que fuera más necesario tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tenía. Pedía consejo a su doncella si diría o no todo aquel suceso a su querido esposo, la cual le dijo que no se lo dijese, porque le pondría en obligación de vengarse de Lotario, lo cual no podría ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujer estaba obligada a no dar ocasión a su marido a que riñese, sino a quitalle todas aquellas que le fuese posible.

Respondió Camila que le parecía muy bien su parecer, y que ella le seguiría, pero que en todo caso convenía buscar qué decir a Anselmo de la causa de aquella herida, que él no podría dejar de ver; a lo que Leonela respondía que ella, ni aun burlando no sabía mentir.

—Pues yo, hermana—replicó Camila—, ¿qué tengo de saber, que no me atriveré a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Y si es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor será decirle la verdad desnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.

—No tengas pena, señora: de aquí a mañana—respondió Leonela—yo pensaré qué le digamos, y quizá que por ser la herida donde es la podrás encubrir sin que él la vea, y el cielo será servido de favorecer a nuestros tan justos y tan honrados pensamientos. Sosiégate, señora mía, y procura sosegar tu alteración, porque mi señor no te halle sobresaltada, y lo demás déjalo a mi cargo y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos. 

Atentísimo había estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia de la muerte de su honra, la cual con tan estraños y eficaces afectos la representaron los personajes della, que pareció que se habían transformado en la misma verdad de lo que fingían. Deseaba mucho la noche y el tener lugar para salir de su casa y ir a verse con su buen amigo Lotario, congratulándose con él de la margarita preciosa que había hallado en el desengaño de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darle lugar y comodidad a que saliese, y él, sin perdella, salió y luego fue a buscar a Lotario; el cual hallado, no se puede buenamente contar los abrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que dio a Camila. Todo lo cual escuchó Lotario sin poder dar muestras de alguna alegría, porque se le representaba a la memoria cuán engañado estaba su amigo y cuán justamente él le agraviaba; y aunque Anselmo veía que Lotario no se alegraba, creía ser la causa por haber dejado a Camila herida y haber él sido la causa; y así, entre otras razones, le dijo que no tuviese pena del suceso de Camila, porque sin duda la herida era ligera, pues quedaban de concierto de encubrírsela a él, y que según esto no había de qué temer, sino que de aquí adelante se gozase y alegrase con él, pues por su industria y medio él se veía levantado a la más alta felicidad que acertara a desearse, y quería que no fuesen otros sus entretenimientos que en hacer versos en alabanza de Camila que la hiciesen eterna en la memoria de los siglos venideros. Lotario alabó su buena determinación y le dijo que él, por su parte, ayudaría a levantar tan ilustre edificio. 

Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haber en el mundo: él mismo llevaba por la mano a su casa, creyendo que llevaba el instrumento de su gloria, toda la perdición de su fama. Recebíale Camila con rostro al parecer torcido, aunque con alma risueña. Duró este engaño algunos días, hasta que al cabo de pocos meses volvió Fortuna su rueda y salió a plaza la maldad con tanto artificio hasta allí cubierta, y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad.


En la terminología usada por Cervantes vemos una vez más la retroalimentación del teatro y de la vida. Los términos del espectáculo dramático se utilizan para caracterizar una situación que es una trampa, no una ficción ni un entretenimiento para el espectador Anselmo. El teatro surge de esta capacidad de imitar secuencias de acción o reciclarlas para un sentido no propio. Y luego se utiliza como concepto para clarificar o aislar mentalmente este tipo de interacción o de actuación engañosa. Real para una parte del público a veces, o para todo el público, que no está en el engaño, y  engañosa y construida para los actores, todos o parte de ellos, y quizá para parte del público (incluyendo al lector, en la novela de Cervantes). 

Este tipo de actuación que mezcla realidad y trampa, por estar tan imbricado con la realidad, hecha de secuencias de acción repetidas y sedimentadas, carece de nombre propio, y ha de llamarse trampa o trampantojo, por analogía con una modificación engañosa del campo de acción o del campo visual; y si enfatizamos más la alteración coordinada y engañosa de la acción humana, lo llamamos frame en inglés (to be framed by one's enemies) — o tragedia, comedia, drama, o tramoya en español.

"Drama" proviene de la palabra "acción" y sólo relativamente podemos hablar de acción más real o más dramatizada; hasta la realidad social más inmediata tiene algo de drama, desde el momento en que implica a "personas", o "máscaras".


 
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jueves, 1 de julio de 2021

Don Quijote, espectador de Lope de Vega

 En el capítulo XXVII del Segundo Tomo del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Alonso Fernández de Avellaneda. Don Quijote se encuentra con unos cómicos o "representantes" que le invitan a ver una comedia de Lope de Vega. Como se ve, es éste un preludio de las aventuras del Don Quijote de Cervantes en la Aljafería:


XXVII- Donde se prosiguen los sucesos de don Quijote con los representantes

Admirados quedaron en sumo grado los comediantes de ver el estraño género de locura de don Quijote y los disparates que ensartaba; pero Sancho, que había estado escuchando detrás del autor todo lo que su amo había dicho, le dijo:

-Pues, señor Desamorado, ¿cómo va? Acá estamos todos por la gracia de Dios.

-¡Oh, Sancho! -dijo don Quijote-, ¿qué haces? ¿Hate hecho algún mal este nuestro enemigo?

-Ninguno -respondió Sancho-, si bien es verdad que me he visto ya casi con un asador en el rabo, en que quería este señor moro asarme para comerme. Pero hame perdonado por ver me he tornado moro.

-¿Qué dices, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿Moro te has tornado? ¿Es posible que tan grande necedad has hecho?

-Pues pesie a las barbas del sacristán del Argamesilla -respondió Sancho-, ¿no fuera peor que me comiera y que después no pudiera ser moro ni cristiano? Calle, que yo me entiendo; escapemos una vez de aquí, que luego después verá lo que pasa.

Entonces el autor, apiadándose de las congojas y trasudores en que vía a don Quijote, cansados ya de reír los estudiantes, Bárbara y toda la compañía, dijo:

-Ahora, sus, señor caballero, no es ya tiempo de más disimular, ni de traer encubierto lo que es razón que se descubra. Y así, habéis de saber, señor don Quijote, que yo no soy el sabio vuestro contrario de ninguna manera; antes, soy un grande y fiel amigo vuestro, y cual tal siempre y en todas partes he mirado y miro por vuestros negocios mejor que vos propio; y agora, por probar vuestra prudencia y sufrimiento, he hecho todo lo que habéis visto. Por tanto, déjenle todos luego, y huelgue y repose en este mi castillo todo el tiempo que le pareciere; que para tales príncipes y caballeros como él le tengo yo aparejado; y dadme, ¡oh famosísimo caballero andante!, un abrazo, que aquí estoy para serviros y no para haceros daño alguno, como pensastes. Y advertid que el venir aquí vos y la gran reina Zenobia ha sido todo guiado por mi gran saber, porque os importa infinito a vos y a vuestros servidores lleguéis a la gran Corte del rey católico, en la cual os aguardan por momentos un millón de príncipes, y de do habéis de salir con grande aplauso y vitoria.

Soltáronle en eso los mozos, y el autor le abrazó, y con él sus compañeros hicieron lo mismo. Cuando don Quijote se vio suelto, asombrado de cómo él le tenía por nigromántico y lo que le había dicho, teniéndolo todo por verdad, se levantó y, abiertos los brazos, se fue para él diciendo:

-Ya yo me maravillaba, ¡oh sabio amigo!, que en tan grande trabajo y tribulación como la en que agora me había puesto dejásedes de favorecerme con vuestra prudentísima persona y eficaces ardides. Dadme esos brazos y tomad os míos, desmembradores de robustos gigantes y verdugos expertos de enemigos vuestros y míos.

Con esto, todos le volvieron a abrazar con nuevas muestras de alegría; y, llegándose la mujer del autor a ver el rostro de aquel loco, a quien todos abrazaban, le dijo, considerada su ridícula figura:

-Señor caballero, yo soy hija de aqueste grande sabio su amigo; mire vuesa merced que si algún tiempo hubiere menester su favor, o si algún gigante o mago me llevare encantada, que no deje de favorecerme en todo caso; que aquí mi padre se lo pagará.

-Y aun -dijo otra de los representantes, que estaba aparte riendo- le dejará entrar de balde en la comedia con sólo medio real que le ponga en la mano.

Respondió don Quijote:

-No es menester, soberana señora, encargarme a mí lo que a vuestro servicio toca, teniendo yo tantas obligaciones a vuestro sabio padre; pero creedme que, aunque todo el universo se conjurase contra vuestra beldad y todos cuantos sabios y magos nacen en Egipto viniesen a España para tocaros en un solo pelo de la cabeza, que yo solo, dejado aparte el gran poder de vuestro padre, bastaría no sólo para defenderos y sacaros a pesar suyo de sus manos, sino para poner en las vuestras sus alevosas y falsas cabezas.

En esto, le llamó el autor, diciendo:

-Señor caballero, ya la cena está aparejada y las mesas puestas; y así, vuesa merced se sirva de venírnosla a honrar en compañía mía y destos señores, porque después tenemos que hacer un negocio de importancia.

Esto dijo porque pensaban ensayar, en cenando, una comedia que habían estudiado para Alcalá y la Corte. Estaba Sancho maravillado de ver a su amo libre de aquella prisión, y tan alegre, que, llegándose al autor le dijo:

-¡Ah, señor sabio!, esto de tornarme yo moro, ya que su merced nos ha dado a conocer su valor, ¿ha de pasar adelante? Porque en Dios y en mi conciencia me parece que no lo puedo ser de ninguna manera.

Respondióle el autor, diciendo:

-¿Pues por qué no lo podéis ser?

-Porque quebrantaré -dijo él- cada día la ley de Mahoma, que manda no comer tocino ni beber vino; y soy tan bellaco guardador deso, que, en viéndolo a mano, no dejaré de comer y beber dello si me aspan.

A esto, respondió un clérigo, que acaso se halló en la venta:

-Si vuesa merced, señor Sancho, ha prometido a este sabio mago volverse moro, no se le dé nada de la promesa, pues yo, en virtud de la bula de composición, le absuelvo así della como de lo hecho; y lo puedo hacer en su virtud, con sólo darle de penitencia que no coma ni beba en tres días enteros. Y advierta que, con sólo cumplir esta leve penitencia, se quedará tan cristiano como antes se estaba.

-Eso, señor licenciado, no me lo mande -respondió Sancho-, pues no digo tres días, pero aun tres horas no me atrevería a cumplir esa penitencia, aunque supiese que me habían de quemar, no haciéndolo. Lo que vuesa merced me puede recetar, si le parece, es que no duerma con los ojos abiertos, ni beba los dientes cerrados, ni traiga el sayo bajo la camisa, ni haga mis necesidades atacado. Estas cosas, aunque tienen su dificultad, yo le doy palabra de cumplillas en Dios y mi conciencia.

Llegaron tras estas razones a sentarse a cenar a la mesa; y, antes de hacello, estando todos alrededor della en pie y quitados los sombreros, comenzó el clérigo a echar la bendición en latín, y comenzaron a cenar. Y dijo el autor:

-Sepan vuesas mercedes, señores, que la causa porque Sancho no se quitó la caperuza a la bendición es porque aun le han quedado las reliquias de cuando era moro, si bien es verdad que aún está por retajar y circuncidar; pero he dilatado el hacello, por lo que, lleno de lágrimas, me rogó denantes: que le retajase, si era forzoso hacello de la caperuza; y no de la parte en que de ordinario se ejecuta la circuncisión, por ser ésa la de que su mujer estaba más celosa y de quien le pedía más cuenta.

Y, tras esto, fue contando todo lo que con él le había sucedido; y, acabando de hacello con la cena, levantados ya los manteles, prosiguió volviéndose a don Quijote y diciéndole cómo, para hacerle fiesta en aquel su castillo, había mandado hacer una comedia, en la cual entraba también él y la que le dijo que era su hija. Don Quijote se lo agradeció con mucho comedimiento; y, sentándose en el patio de la venta en compañía de Bárbara, del clérigo, de los dos estudiantes y de Sancho y de los de la posada, comenzaron a ensayar la grave comedia del Testimonio vengado, del insigne Lope de Vega Carpio, en la cual un hijo levantó un testimonio a la reina, su madre, en ausencia del rey, de que acomete adulterio con cierto criado, instigado del demonio y agraviado de que le negase un caballo cordobés, en cierta ocasión, de su gusto, guardando en negarle el orden expreso que el rey, su esposo, le había dado.

Llegando, pues, la comedia a este paso, cuando don Quijote vio a la mujer del autor, a quien él tenía por su hija, tan afligida, por hacer el personaje de la reina a quien se levantaba el testimonio, y por otra parte advirtió que no había quien defendiese su causa, se levantó con una repentina cólera, diciendo:

-Esto es una grandísima maldad, traición y alevosía, que contra Dios y toda ley se hace a la inocentísima y castísima señora reina; y aquel caballero que tal testimonio le levanta es traidor, fementido y alevoso, y por tal le desafío y reto luego aquí a singular batalla, sin otras armas más de las con que ahora me hallo, que son sola espada.

Y, diciendo esto, metió mano con increíble furia y comenzó a llamar al que levantaba el testimonio, que era un buen representante, el cual, riéndose con todos los demás de la necia cólera de don Quijote, se puso en medio con su espada desnuda, diciéndole que aceptaba la batalla para la Corte, delante de Su Majestad con solos veinte días de plazo. Y, mirando si hallaba alguna cosa por allí que dalle en gaje, vio arrimada a un poste de la venta una albarda y, sobre ella, un ataharre, y, tomándole medio riendo, se le arrojó diciendo:

-Alzad, caballero cobarde, esa mi rica y preciada liga, en gaje y señal de que sea nuestra batalla delante Su Majestad para el tiempo que tengo dicho.

Don Quijote se abajó y la tomó en la mano; y, como vio que del hacello se reían todos, dijo:

-No es de valientes caballeros ni de sabios y discretos príncipes reírse de que un traidor y alevoso como éste tenga ánimo para hacer batalla conmigo; antes habían de llorar, viendo a la señora reina tan afligida, aunque su ventura ha sido no poca en haberme hallado yo presente en tal trance para que semejante traición no pase adelante.

Y, volviendo la cabeza, dijo a Sancho:

-¡Oh mi fiel escudero!, toma esta preciada liga del hijo del rey y métela en nuestra maleta hasta de hoy en veinte días, que tengo de matar a este alevoso príncipe que tal testimonio ha levantado a mi señora la reina. 

 

(...)

 

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When the Deal Goes Down