Retropost, 2013:
En su diálogo crítico Paradoxe sur le comédien
(escrito hacia 1773, publicado en 1830) Diderot enfrentaba dos tesis
contrapuestas sobre la actuación teatral. Uno de los interlocutores (el
segundo) sostiene allí la tesis convencional de que los grandes actores
son seres de una sensibilidad extrema. Son capaces de sentir
profundamente, y de revivir en sí mismos las emociones de los
personajes que interpretan, lo cual les da su capacidad superior de
expresar y de comunicar estos sentimientos. Es un poco la tesis
Stanislavsky, si se quiere (ya se ve que haría fortuna otra vez en el
siglo XX): el actor debe identificarse con el personaje, transformarse
en él, y luego actuar movido espontáneamente desde dentro, movido de
manera natural por las pasiones que siente o por la personalidad que le
ha poseído.
El otro interlocutor, el primero, portavoz de Diderot, lleva a un
extremo la tesis contraria, y en cierto sentido no menos convencional.
A saber, que el actor no siente realmente lo que comunica, sino que
está fingiendo, imitando, sin implicar sus emociones reales, sino
meramente haciendo una recreación racional de los signos externos de la
emoción. Una actuación, puro teatro.
Algo hay en estas tesis así formuladas que ofende al sentido común,
pues en cierto sentido queremos creer en las dos. No es ésa sin embargo
la paradoja señalada por Diderot (aunque sí es la paradoja que yo veo);
la paradoja de Diderot está contenida íntegramente en la segunda
tesis—la del primer interlocutor, no se me líen. Que el actor no siente
ni padece, pero es capaz de imitar, comunicar y transmitir esos
sentimientos tanto mejor cuanto menos de su propia sensibilidad esté
implicada en la representación del papel. La actuación es, nos dice
Diderot a través de su primer interlocutor, una actividad eminentemente
racional, y no pasional ni emocional; se basa en una recreación
racional del personaje, no en una identificación emotiva con él.
En este pasaje ambos interlocutores parecen estar de acuerdo ya, pues
describen esa tesis "paradójica" aplicándola tanto al teatro como a la
teatralidad de la vida social en la corte:
LE PREMIER (...)
Je te prends à témoin, Roscius anglais, célèbre Garrick, toi qui, du
consentement unanime de toutes les nations subsistantes passes pour le
premier comédien qu'elles aient connu, rends hommage à la vérité! Ne
m'as tu pas dit que, quoique tu sentisses fortement, ton action serait
faible, si, quelle que fût la passion ou le caractère que tu avais à
rendre, tu ne savais t'élever par la pensée à la grandeur d'un fantôme
homérique auquel tu cherchais à t'identifier? Lorsque je t'objectai que
ce n'était donc pas d'après toi que tu jouais, confesse ta réponse: ne
m'avouas-tu pas que tu t'en gardais bien, et que tu ne paraissais si
étonnant sur la scène, que parce que tu montrais sans cesse au
spectacle un être d'imagination qui n'était pas toi?
LE SECOND
L'âme d'un grand comédien a été formée de l'élément subtil dont notre
philosophe remplissait l'espace qui n'est ni froid, ni chaud, ni
pesant, ni léger, qui n'affecte aucune forme déterminée, et qui,
également susceptible de toutes, n'en conserve aucune.
LE PREMIER
Un grand comédien n'est ni un piano-forté, ni une harpe, ni un
clavecin, ni un violon ni un violoncelle; il n'a point d'accord qui lui
soit propre; mais il prend l'accord et le ton qui conviennent à sa
partie, et il sit se prêter à toutes. J'ai une haute idée du talent
d'un grand comédien: cet homme est rare, aussi rare et peut-être plus
grand que le poète.
Celui qui dans la société se propose et a le malheur
de plaire à tous, n'est rien, n'a rien qui lui appartienne, qui le
distingue, qui engoue les uns et qui fatigue les autres. Il parle
toujours, et toujours bien; c'est un adulateur de profession, c'est un
grand courtisan, c'est un grand comédien.
LE SECOND
Un grand courtisan, accoutumé, depuis qu'il respire, au rôle d'un
pantin merveilleux, prend toutes sortes de formes, au gré de la ficelle
qui est entre les mains de son maître.
LE PREMIER
Un grand comédien est un autre pantin merveilleux dont le poète tient
la ficelle, et auquel il indique à chaque ligne la véritable forme
qui'il doit prendre.
LE SECOND
Ainsi un courtisan, un comédien, qui ne peuvent prendre qu'une forme,
quelque belle, quelque intéressante qu'elle soit, ne son que deux
mauvais pantins?
Diderot se recrea en su tesis narrando incongruencias entre los dos
niveles de actuación de los actores, en tanto que personaje y en tanto
que actor en la escena—una actriz se sale del personaje para recriminar
al público y vuelve a entrar en él inmediatamente.... O bien, mientras
la dama-personaje abraza y besa a su galán convincentemente, la actriz le está diciendo
al actor "esta noche hueles que apestas"—etc.; Son ejemplos en los que
los actores no "se meten" en el personaje, sino que sólo lo proyectan
exteriormente, en un ejercicio controlado y racional.
Y sin embargo
también ha de admitir le premier
el poder de enajenación del actor, su versatilidad especial a la hora
de materializar un personaje, con una capacidad de transformación que
maravilla en grandes actores como Garrick. Es una ficción enormemente
lograda—o, enormemente lograda, pero sólo una ficción, sin asomo de
sentimiento real de la persona que interpreta. Eso inquieta y molesta
al segundo interlocutor, que se siente estafado y quiere ir al teatro a
sentir emociones auténticas—quizá sienta que las emociones del
espectador se ven contagiadas de esa falta de realidad que le expone la
paradoja del comediante:
LE SECOND
C'est à me dégoûter du théâtre.
LE PREMIER
Et pourquoi? Si ces gens-là n'étaient capables de ces tours de force,
c'est alors qu'il n'y faudrait pas aller. Ce que je vais vous raconter,
je l'ai vu.
Garrick passe sa tête entre les deux battants d'une
porte, et, dans l'intervalle de quatre à cinq secondes, son visage
passe successivement de la joie folle à la joie modérée, de cette joie
à la tranquillité, de la tranquillité à la surprise, de la surprise à
l'étonnement, de l'étonnement à la tristesse, de la tristesse à
l'abattement, de l'abattement à l'effroi, de l'effroi à l'horreur, de
l'horreur au désespoir, et remonte de ce dernier degré à celui d'où il
était descendu. Est-ce que son âme a pu éprouver toutes ces sensations
et éxecuter, de concert avec son visage, cette espèce de gamme? Je n'en
crois rien, ni vous non plus. Si vous demandiez à cet homme célèbre,
qui lui seul méritait autant qu'on fît le voyage d'Angleterre que tous
les restes de Rome méritent qu'on fasse le voyage d'Italie; si vous lui
demandiez, dis-je, la scène du Petit Garçon pâtissier, il vous la
jouait; si vous lui demandiez tout de suite la scène d'Hamlet, il vous
la jouait, également prêt à pleurer la chute de ses petits pâtés et à
suivre dans l'air le chemin d'un poignard. Es-ce qu'on rit, est-ce
qu'on pleure à discrétion? On en fait la grimace plus ou moins fidèle,
plus ou moins trompeuse, selon qu'on est ou qu'on n'est pas Garrick.
Por cierto que Diderot parece confundir aquí dos escenas
que debió ver interpretar a Garrick, la escena del puñal de Hamlet, y
la escena del puñal de Macbeth—es en Macbeth donde el protagonista
sigue en el aire el camino de un puñal, pero seguramente cuando Garrick
actuó ante Diderot, en algún salón literario, los dos puñales eran
puramente mentales, o uno de los dos doblemente mental si se quiere.
Diderot, o "le premier", cita precedentes para su paradoja—
Au reste, la question que j'approfondis
a été autrefois entamée entre un médiocre littérateur, Rémond de
Saint-Albine, et un grand comédien, Riccoboni. Le littérateur plaidait
la cause de la sensibilité, le comédien plaidait la mienne. C'est une
anecdote que j'ignorais et que je viens d'apprendre.
—aquí se echa de ver cómo Diderot fue componiendo su diálogo a lo largo
de una temporada, e intercambiando ideas con otros interlocutores
aparte de "el segundo". De todos modos, también ha citado a Garrick
como otro gran actor que comparte su tesis, frente a la simplista
creencia sentimentalista de Rémond de Saint-Albine o de "el segundo",
muy propia de la era de la sensibilidad (y hay que decir que el mismo
Diderot tiene mucho de sentimental en su estilo dramático).
También
podría Diderot citar a Shakespeare, quizá, en ese famoso episodio en el que
Hamlet da instrucciones a los actores que van a representar "La
Ratonera", teatro dentro del teatro. Allí les recomienda Hamlet un modo
de actuar natural, evitando la grandilocuencia y la
exageración—"cualquier cosa hecha en demasía se aparta de la finalidad
del teatro"; especifica que debe operar el control, la racionalidad
podríamos decir, aun en medio de la pasión de la actuación:
in the very torrent, tempest, and as I
may say the whirlwind of your passion, you must acquire and beget a
temperance that may give it smoothness. (Hamlet 3.2)
Y, meditando sobre el contraste entre sus propias emociones y las
emociones representadas en la escena por los actores, Hamlet considera
a éstas no emociones auténticas, sino "a fiction", "a dream of
passion"—una ficción invocada forzando el alma para adaptarla a una
idea, a una concepción (la creada por el poeta). Obsérvese sin embargo
cómo es toda el alma y el cuerpo del actor los que se adaptan para
hacer vívida y presente esa idea, según Hamlet. Y Hamlet sueña con un
teatro imposible, casi posible aquí por el juego metadramático, en el
que el actor fundiría ficción y realidad, actuando ante el público con
sentimientos auténticos—una actuación tal que ahogaría el escenario en
lágrimas, enloquecería a los culpables y dejaría abatidos a los
inocentes, confundiendo a los ignorantes y pasmando a la vista y al
oído. Parece que Shakespeare, o Hamlet, aun reconociendo la paradoja
del comediante, se ve tentado de confundir en uno realidad y ficción,
en un espectáculo total (lo que en cierto modo es lo que sucede en el
final de The Spanish Tragedy de Kyd, y en cierto modo en el propio Hamlet). Sería la apoteosis del teatro sentimental, y a la vez un espectáculo dramático tan extremo como lo es la vida misma.
Garrick se hizo famoso, sobre todo, con sus papeles shakespeareanos. Y
es curioso que la tesis de Diderot sobre el comediante, también
aplicada por él de refilón a los poetas, se ha aplicado con especial
énfasis en el caso de Shakespeare, poeta comediante, o dramaturgo
actor. Recuérdese la disquisición de Coleridge en Biographia Literaria,
contrastando las figuras de Shakespeare y Milton. Milton es monocolor o
monológico: trata de todas las cosas del universo pero las convierte en
él mismo; Shakespeare, en cambio, es plástico y fluido, nos da la
abundancia de la humanidad ("here is God's plenty", decía Dryden) pero
en su multiplicidad original, desapareciendo de la escena él mismo, y
dando paso a sus caracteres, hablando a través de ellos pero
perfectamente transfigurado en ellos. Claro que aquí se enfatiza más
bien la capacidad de transformación que la modalidad específica de esa
transformación o la manera de lograrla.
También Borges habla de la curiosa falta de sustancia de Shakespeare, en este pasaje que podríamos considerar como la mejor página jamás escrita sobre Shakespeare. Y en su reciente biografía de Shakespeare, Peter Ackroyd
terminaba un tanto pasmado ante la incapacidad de deducir una
personalidad o persona concreta detrás de la obra de Shakespeare, hasta
tal punto se diluye éste entre sus caracteres.
No sé cuál es la solución a la paradoja. Pero un curioso punto de
encuentro con la tesis contraria aparece en el interlocutor primero
cuando, con toda su defensa de la racionalidad del actor, ha de
concluir sin embargo en proporcionarle una especie de carencia de
personalidad, o de sustancialidad plegable y vacía, amoldable a todo
carácter. Es una racionalidad que opera sobre una materia especialmente
amoldable, o sobre una especie de ausencia de sí. El perfecto actor es
un perfecto sin sustancia—y hasta allí quizá podríamos llegar. Lo
llamativo y paradójico es que se pueda aplicar el mismo argumento al
perfecto poeta. Pero así nos lo decía el propio Shakespeare, o quizá
Teseo, en A Midsummer Night's Dream:
Lovers and madmen have such seething brains,
Such shaping fantasies, that apprehend
More than cool reason ever comprehends.
The lunatic, the lover, and the poet
Are of imagination all compact.
One sees more devils than vast hell can hold:
That is the madman. The lover, all as frantic,
Sees Helen's beauty in a brow of Egypt.
The poet's eye, in a fine frenzy rolling,
Doth glance from heaven to earth, from earth to heaven,
And as imagination bodies forth
The forms of things unknown, the poet's pen
Turns them to shapes, and gives to airy nothing
A local habitation and a name.
Y esta airy nothing que quizá
destila el poeta de su propia carencia de sustancia concreta me
recuerda, por último, a otro diálogo sobre la insustancialidad del
poeta y del actor—Ion, de
Platón, la primera obra de crítica poética y teatral quizá, en la
tradición occidental. El poeta, el actor, el personaje, el rapsoda que
los combina a los tres, son ahí seres de aire, sin sustancia propia:
the craft of the poet is light and
winged and holy, and he is not capable of poetry until he is inspired
by the gods and out of his mind and there is no reason in him. Until he
gets into this state, any man is powerless to produce poetry and to
prophesy.
En suma, que la paradoja del comediante es todavía más paradójica de lo
que parecía, porque la tesis racionalista de Diderot, una vez admite la
plasticidad casi inhumana de la mente del actor, deriva casi
espontáneamente en su contraria. La racionalidad expresada por el actor
no es la suya propia, sino la transmitida por el poeta que se infunde
en él. Y la racionalidad del poeta tiene mucho de transmisión
inconsciente de fuerzas que él mismo es incapaz de analizar, por bien
que las exprese convirtiéndose en un instrumento multiforme que no está
perfectamente bajo control ni comprensión racional.
Me inclino más
bien, por tanto, hacia una síntesis de las dos posiciones antitéticas
que aparecen en la Paradoja del comediante. La
teoría de las neuronas espejo puede que lleve a iluminar cómo es
posible que una emoción representada sea a la vez auténtica e
inauténtica—realizada con los mismos mecanismos cognitivos que la
experiencia auténtica, y sin embargo inhibida o modificada de manera
que permite manipularla mejor y utilizarla como material de
construcción de una experiencia virtual comunicable. Quizá
un día la neurología nos informe mejor de qué es lo que pasa en el
cerebro de los poetas, y de los actores, y de los espectadores que se
unen hipnóticamente a la experiencia de la ficción. Con una cadena de
anillos magnetizados lo comparaba Platón, en Ion:
así los poetas, actores y espectadores extraen su energía unos de
otros, y se la transmiten en un espacio mental que se abre para esa
experiencia en medio de la realidad, y a la vez al margen de ella.