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martes, 19 de marzo de 2024

Resuelto el misterio de los asesores

Retropost, 2014:

Nadie entendía para qué necesitaba Zapatero 600 asesores, Gallardón 400 y Rajoy los cientos y cientos que tenga. Todos los comentaristas políticos tirándose de los pelos, llamándoles cuentistas, hablando de despilfarro inexplicable—sobre todo habida cuenta de que al parecer no les asesoraban gran cosa, y en todo caso tampoco siguen sus recomendaciones... Pero la razón es muy sencilla, la explicó Thorstein Veblen en 1899, en su Teoría de la Clase Ociosa:

"La posesión y mantenimiento de esclavos empleados en la producción de bienes es señal de riqueza y valía, pero el mantenimiento de siervos que no producen nada es prueba de que se posee todavía más riqueza y más alta posición. Al amparo de este principio surge una clase de sirvientes, cuanto más numerosa mejor, cuya sola función es prestar servicios estúpidos a la persona de su propietario, para demostrar así la capacidad que éste tiene de consumir improductivamente una gran cantidad de servicio. De ahí proviene una división del trabajo entre los sirvientes o dependientes, cuya vida se emple en mantener el honor del caballero ocioso: mientras un grupo produce bienes para él, otro grupo, generalmente encabezado por la esposa, o por la esposa principal, consume para él viviendo en ociosidad ostensible. De este modo se demuestra la capacidad del amo para asumir un enorme gasto pecuniario sin que ello afecte su magnífica opulencia." (p. 85-86)




A esto podríamos sumar otro fenómeno de ostentación de inútiles, que obedece al mismo principio— el que podríamos denominar el Principio Delfín: 
 
—a saber, que todo ostentador poderoso debe tener un adláter, doble bis, sucesor, asesor privilegiado o delfín, que sea perfectamente inútil cuando no un perfecto inútil, a modo de segundo yo ostentoso, con la única función de demostrar que en efecto es inútil, que puede tenerlo, y que lo tiene.




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viernes, 17 de marzo de 2023

La ostentación de inutilidad

 Retropost, 2013:

Para hacer ostentación de nuestra distinción social, no sólo necesitamos hacer ostentación de nuestro ocio, y de lo inútil y caro de nuestras actividades y posesiones; también se requiere probar de diversas maneras que el tiempo que pasamos fuera de la observación de otros ociosos (o no ociosos) también lo dedicamos estrictamente al ocio, y no a nada productivo. Del prólogo de Carlos Mellizo a la Teoría de la Clase Ociosa de Thorstein Veblen:

Todos los seres humanos, impulsados por el estímulo de supervivencia, poseemos ese instinto creativo y ese congénito afán de emulación [referido al trabajo: el instinto de trabajo eficaz]. En una sociedad de "salvajismo pacífico"—como Veblen la llama—, previa a la etapa bárbaro-depredadora, el tipo de emulación, en especial el tipo de emulación económica que existía entre los miembros del grupo, era principalmente una emulación en punto a utilidad laboral. Se trataba, en definitiva, de probar el prójimo, mediante el establecimiento de comparaciones emulativas, que el trabajo propio era mejor y más útil que el ajeno. Pero en el proceso evolutivo de la especie sucede lo siguiente:

Cuando la comunidad pasa de un salvajismo pacífico a una fase depredadora de vida, las condiciones de emulación cambian. (...) Mas y más la actividad de los varones adopta un carácter de proeza. (...) La agresión se convierte en la forma acreditada de acción, y el botín sirve de evidencia prima facie de una agresión triunfal. (...) Por contraste, la obtención de bienes haciendo uso de otros métodos [es decir, trabajando] no se considera digna de un hombre que esté en pleno uso de sus facultades. Por la misma razón, la realización de un trabajo productivo o el empleo en un servicio personal caen bajo ese mismo odio.  (...) El trabajo adquiere un carácter irritante a causa de la indignidad que se le imputa.


Pues bien, esa herencia proveniente de la cultura bárbara que sólo reconoce como honorable y digno el hábito de dominio triunfal y que desprecia la ocupación laboral productiva por ser tarea envilecedora y odiosa, reaparece atávicamente, en las comunidades más civilizadas de la época moderna.
La comparación odiosa que es propia de la cultura depredadora no va dirigida a probar que se trabaja mejor que el vecino y con resultados más beneficiosos y útiles; de hecho se trata de probar que no se trabaja, o que se trabaja menos que él, a pesar de tener más riqueza y poder. En la secuencia de la evolución cultural, esa clase neo-bárbara—antaño representada por el señor devoto, cazador y soldado— emerge una vez más bajo la forma de clase ociosa, cuyos rasgos, como pronto veremos, coinciden esencialmente con los de aquélla.

El surgir de la clase ociosa está vinculado, dice Veblen, al hecho de la propiedad. Lo mismo que en la cultura bárbara la apropiación fundamental del varón dominador consistía en tener mujeres y esclavos, la nueva cultura sigue una pauta semejante, con la única diferencia de que ahora la propiedad incluye una notable variedad de bienes; no se limita a la posesión de personas, sino que se extiende también a la de cosas. La riqueza se conveierte, así, en símbolo máximo de reputación honorífica. El proceso económico asume entonces el carácter de una lucha entre hombres—fundamentalmente entre varones—por la posesión de bienes dirigios a aumentar su buen nombre. Veblen mantiene que la acumulación de riqueza se busca, no tanto para mejorar el nivel de comodidades como para poder competir victoriosamente con los prójimos en punto a reputación y prestigio. "El móvil que subyace en la raíz de la propiedad es la emulación". "La posesión de riqueza confiere honor; da lugar a una distinción odiosa para el que no posee tal riqueza". 


Desde su origen mismo—insiste Veblen—, la propiedad no fue concebida en la cultura bárbara como conjunto de cosas útiles obtenidas con propósitos de mejora, sino como botín o trofeo capturado en el ataque victorioso. Se tienen cosas y personas para hacer alarde de ellas. Y es así como, gradualmente, con el crecimiento de la industria y el desarrollo económico, la acumulación de propiedades trae consigo el renacimiento del sistema valorativo arcaico. La posesión de riqueza por parte de la clase opulenta (como antes la posesión de trofeos de caza y botines de guerra por parte del señor feudal) deviene base acostumbrada de reputación y estima.



 
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Un teatro de la Antigüedad