Estoy
incluyendo en mi bibliografía todos los artículos y reseñas de Carmen
Martín Gaite. En su reseña de Gárgoris
y Habidis,
de Fernando Sánchez Dragó, era tremendamente injusta con el libro,
irritada por su barroquismo gratuito o manierismo expresivo, o por
alguna vibración más de base. Vamos, que, como muchas otras personas,
no aguantaba a Sánchez Dragó. A mí en cambio me parece logradísimo el
tono, y el lenguaje, y la mezcla justa de fabulación, erudición
gargantuesca y carnavalesca y tono entre prodigioso y desenfadado; no
de otro modo había que escribir o se podía escribir este divagatorio
sobre la historia mágica de España.
Estamos en Galicia, y a veces
parece dedicado más a Galicia que a otro sitio, no salimos de ella. Y
en Galicia leemos a Sánchez Dragó, a la hora de comer, y yendo por
partes, como Jack. Aquí hay un pasaje sobre la pata de oca como símbolo
del Camino de Santiago.

Y ya no cabe postergar el
análisis de lo que a todas luces encierra la
segunda clave gráfica (o encrucijada esotérica) del Camino: la pata de oca,
representada por tres rasgos que convergen y terminan en un punto. Esta
señal, como la del laberinto, disfruta de unas tragaderas prácticamente
insaciables: por ellas, una vez más, se colarán los detritus del
inconsciente atlántido, los petroglifos de Galicia, las logias de los
maestros canteros, y la ramificada liturgia o superstición del Apóstol.
Es decir: todo lo necesario para que otra borrachera sincretista se lie
a trastornar garabatos de factura casi infantil.
La oca fue para los antiguos
animal benéfico, tótem de la Magna Mater
y símbolo de la desencarnación o regreso del alma a las esferas
escatológicas. Los egipcios la equiparaban al sol naciente en el
momento de romper la cáscara del huevo primordial y, de acuerdo con
ello, terminaron convirtiéndola en jeroglífico alusivo a la muerte del
faraón. ¿A quén no le resultan familiares esas hermosas pinturas del
Nilo donde una o varias palmípedas remontan el vuelo desde el pecho de
una momia? Espíritus reales, correveidiles entre la tierra y el más
allá. Los sacerdotes de Osiris anunciaban al pueblo
(y al orbe) la
entronización de un nuevo soberano enviando cuatro ocas inmaculadas
rumbo a los cuatro puntos cardinales.
También los celtas creyeron
a estas aves farautes encargados de acortar
distancias entre la tierra y los infiernos. Los bretones se negaban a
comer su carne por considerarla sagrada. Los germanos propusieron la
efigie inolvidable de Lohengrin, caballero en un cisne. Los nórdicos
identificaron la ascensión iniciática del homo sanchopancesco
con la fábula de un niño —Nils Holgersson— que recorre la historia y la
geografía de sus mayores abrazado al cuello de un pato silvestre. Lo
romanos prima
maniera
atribuyeron la precoz salvación de lo que otros llamarían cultura
occidental a un intencionado jaberdillo de gansos capitolinos. Los
gallegos aún incluyen las plumas del Auca entre las herramientas
imprescindibles para practicar con éxito las artes mágicas, aunque su
virtud —añade el capítulo segundo del inefable ciprianillo— sólo
resultará verdaderamente eficaz si el animal "es macho y tiene todo el
crecimiento". Los ocultistas consideran el Juego de la Oca, derivación
de un símbolo móvil cuyo curso hilvana las venturas (jardines, puentes,
embarcaciones) y desventuras (pozo, prisión, posada, calavera) de este
valle de lágrimas antes de que el espíritu vuelva, desencarnándose, al
seno de la Magna Mater. Los
hombres, representados por fichas de colores, avanzan, se detienen o
retroceden al hilo de un tablero que es el gran teatro del mundo. Su
marcha, lenta en lo que depende de los dados, se acelera bruscamente
cuando la casualidad los arroja en la casilla ocupada por el animal
mágico. Entonces, el jugador —niño o adulto— salta por encima de las
miserias cotidianas canturreando: de oca a oca y tiro
porque me toca. Vuelve la
moneda al aire. Abajo, en diestro y siniestro acecho, aguardan los
arcanos. Ya veremos cómo el tarot también tiene su baza en en el rien ne va plus
jacobeo. Una de las insidias reviste, precisamente, la forma de un
laberinto. Adentrarse por sus recovecos equivale a perder varias
jugadas. Al final se abre un espacio ilimitado y sublime por el que se
contonea un gigantesco palmípedo, algo así como el director de esa
especie de oficina postal con carteros alados que continuamente cubren
la ruta entre el acá y el acullá. La última casilla —el Empíreo o la
región de los muertos— puede alcanzarse pasito a pasito, por nuestros
tristes medios, o salvando abismos en volandas de aves iniciáticas. Lo
curioso es que el juego no se da por concluido cuando la primera ficha
entra en la meta. Tienen que hacerlo, una por una, todas las demás. Lo
importante, por tanto, no es competir o ganar, sino llegar: O sea: morir. Se trata de un verdadero programa
existencial o apólogo lúdico entendido como magister vitae.
La pedagogía moderna postula entretenimientos infantiles que, sin dejar
de serlo, resulten educativos. Me pregunto: ¿juegan a la Oca los niños
de hoy? (407-9).
—oOo—