Bibliografía sobre JUEGOS:
domingo, 16 de agosto de 2026
martes, 28 de abril de 2026
miércoles, 16 de octubre de 2024
jueves, 13 de julio de 2023
Implicarse en el juego
Retropost, 2013:
Algo parecido sugiere Gadamer en su ensayo "Hombre y lenguaje" de 1965. Cito un párrafo sobre diálogo y juego:
Lo que se aplica a esa invaginación que es el juego se aplica a la vida en su conjunto. Tampoco sabe vivir, tendemos a creer, el que no se toma la vida en serio, a pesar de sus arbitrariedades e insustancialidades. Es una idea que a veces me gusta aplicar al fútbol—la teoría del fútbol como sustancia de la vida. Parece que de algún modo pide una esfera este tipo de razonamientos globales, que implican a toda la realidad, como el Ser de Parménides. El fútbol es, de por sí, y más dado su uso desproporcionado en España, una actividad irrelevante y estúpida, escandalosamente arbitraria. Su único mérito para atraer la atención (más que el balonmano pongamos, o que el water-polo) reposa en un razonamiento circular o esférico—atrae la atención de uno porque atrae la atención de otros. Es una esfera de (ir)realidad autosustentada, o sustentada colectivamente en una especie de autohipnosis de masas.
Pero en cierto modo lo hace. Es de hecho, creo, una reflexión inconsciente o vivida in actu, una teatralización de lo que tenemos delante y que todos sabemos pero sin embargo pocos reconocen en público (como sucede con otras verdades evidentes, como que Dios es una ficción, o que los muertos han muerto para siempre). El fútbol, como juego por excelencia, es a la vez una exhibición de la gratuidad del juego, y una demostración de que esa gratuidad ha de perderse de vista para quienes se implican en él. En eso es como la vida, y si la gente se lo toma tan en serio es por aferrarse de alguna manera con seriedad a la vida. Que de por sí tiene menos agarraderos que una esfera engrasada.
Yo tengo algo de aguafiestas, y siento una atracción (resistible) hacia las rupturas de marco. Me gusta ver los juegos como juegos, y poner de manifiesto sus arbitrariedades y sus adhesiones irracionales. Quizá sea por esa satisfacción del diálogo con uno mismo a la que alude Gadamer. Es un tanto peligroso esto de señalar a las convenciones del juego, o apartarse de ellas, en lo que se refiere al juego de la vida—pero puede verse también en eso una especie de juego, un juego con el juego. Después de todo, todo juego es un juego conceptual a un determinado nivel. Y toda regla social está ahí (nos dice Goffman en Behavior in Public Places) no para seguirla automáticamente, sino para tenerla en cuenta a la hora de actuar y de mover pieza. En el tablero de negras noches y de blancos días.
Implicarse en el juego—en Ibercampus
martes, 9 de agosto de 2022
El juego de la Oca, el Viaje de la Vida, y el Gran Teatro del Mundo
Estoy
incluyendo en mi bibliografía todos los artículos y reseñas de Carmen
Martín Gaite. En su reseña de Gárgoris
y Habidis,
de Fernando Sánchez Dragó, era tremendamente injusta con el libro,
irritada por su barroquismo gratuito o manierismo expresivo, o por
alguna vibración más de base. Vamos, que, como muchas otras personas,
no aguantaba a Sánchez Dragó. A mí en cambio me parece logradísimo el
tono, y el lenguaje, y la mezcla justa de fabulación, erudición
gargantuesca y carnavalesca y tono entre prodigioso y desenfadado; no
de otro modo había que escribir o se podía escribir este divagatorio
sobre la historia mágica de España.
Estamos en Galicia, y a veces
parece dedicado más a Galicia que a otro sitio, no salimos de ella. Y
en Galicia leemos a Sánchez Dragó, a la hora de comer, y yendo por
partes, como Jack. Aquí hay un pasaje sobre la pata de oca como símbolo
del Camino de Santiago.
La oca fue para los antiguos animal benéfico, tótem de la Magna Mater y símbolo de la desencarnación o regreso del alma a las esferas escatológicas. Los egipcios la equiparaban al sol naciente en el momento de romper la cáscara del huevo primordial y, de acuerdo con ello, terminaron convirtiéndola en jeroglífico alusivo a la muerte del faraón. ¿A quén no le resultan familiares esas hermosas pinturas del Nilo donde una o varias palmípedas remontan el vuelo desde el pecho de una momia? Espíritus reales, correveidiles entre la tierra y el más allá. Los sacerdotes de Osiris anunciaban al pueblo (y al orbe) la entronización de un nuevo soberano enviando cuatro ocas inmaculadas rumbo a los cuatro puntos cardinales.
También los celtas creyeron a estas aves farautes encargados de acortar distancias entre la tierra y los infiernos. Los bretones se negaban a comer su carne por considerarla sagrada. Los germanos propusieron la efigie inolvidable de Lohengrin, caballero en un cisne. Los nórdicos identificaron la ascensión iniciática del homo sanchopancesco con la fábula de un niño —Nils Holgersson— que recorre la historia y la geografía de sus mayores abrazado al cuello de un pato silvestre. Lo romanos prima maniera atribuyeron la precoz salvación de lo que otros llamarían cultura occidental a un intencionado jaberdillo de gansos capitolinos. Los gallegos aún incluyen las plumas del Auca entre las herramientas imprescindibles para practicar con éxito las artes mágicas, aunque su virtud —añade el capítulo segundo del inefable ciprianillo— sólo resultará verdaderamente eficaz si el animal "es macho y tiene todo el crecimiento". Los ocultistas consideran el Juego de la Oca, derivación de un símbolo móvil cuyo curso hilvana las venturas (jardines, puentes, embarcaciones) y desventuras (pozo, prisión, posada, calavera) de este valle de lágrimas antes de que el espíritu vuelva, desencarnándose, al seno de la Magna Mater. Los hombres, representados por fichas de colores, avanzan, se detienen o retroceden al hilo de un tablero que es el gran teatro del mundo. Su marcha, lenta en lo que depende de los dados, se acelera bruscamente cuando la casualidad los arroja en la casilla ocupada por el animal mágico. Entonces, el jugador —niño o adulto— salta por encima de las miserias cotidianas canturreando: de oca a oca y tiro porque me toca. Vuelve la moneda al aire. Abajo, en diestro y siniestro acecho, aguardan los arcanos. Ya veremos cómo el tarot también tiene su baza en en el rien ne va plus jacobeo. Una de las insidias reviste, precisamente, la forma de un laberinto. Adentrarse por sus recovecos equivale a perder varias jugadas. Al final se abre un espacio ilimitado y sublime por el que se contonea un gigantesco palmípedo, algo así como el director de esa especie de oficina postal con carteros alados que continuamente cubren la ruta entre el acá y el acullá. La última casilla —el Empíreo o la región de los muertos— puede alcanzarse pasito a pasito, por nuestros tristes medios, o salvando abismos en volandas de aves iniciáticas. Lo curioso es que el juego no se da por concluido cuando la primera ficha entra en la meta. Tienen que hacerlo, una por una, todas las demás. Lo importante, por tanto, no es competir o ganar, sino llegar: O sea: morir. Se trata de un verdadero programa existencial o apólogo lúdico entendido como magister vitae. La pedagogía moderna postula entretenimientos infantiles que, sin dejar de serlo, resulten educativos. Me pregunto: ¿juegan a la Oca los niños de hoy? (407-9).
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Freud ante la esfinge: Profecías autocumplidas, interpretaciones autointerpretables https://www.academia.edu/63138559/
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Monserrat, Daniel. "El día en el que Lorca casi provoca un problema de orden público en Jaca con La Barraca: las...


