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domingo, 5 de mayo de 2024

Perros y gatos en la clase ociosa

 Retropost, 2014:

Para Thorstein Veblen (Teoría de la clase ociosa), el principio de diferenciación de clases sociales mediante señales de derroche ostentoso rige la realidad económica y la vida social. 
 
Todo sirve para la comparación odiosa: el ocio y el derroche se valoran, el trabajo y lo útil se consideran deshonrosos y cosa de pobre gente. El principio de la ostentación despilfarradora organiza las costumbres y modales, las nociones de lo honorable y deshonorable, los gustos de la moda, lo que consideramos bonito y feo, y se aplica hasta a los perros y gatos. Nada se rige sin más por su mérito o valor de uso—antes bien pasa por el filtro de las apariencias y por el teatro de la ostentación social:

En el caso de los animales domésticos que son honorables y se consideran hermosos, hay una base subsidiaria de mérito de la cual debe hablarse. Aparte de los pájaros que pertenecen a la clave honorable de animales domésticos y que deben su lugar en esta clase exclusivamente a su carácter no lucrativo, los animales que merecen particular atención son los perros, los gatos y los caballos de carreras. El gato es menos prestigioso que los otros dos animales que acabamos de mencionar, porque derrocha menos; hasta puede ocurrir que sirva para algún fin útil. Al mismo tiempo, el temperamento del gato no le hace idóneo para un propósito honorífico. Vive con el hombre en un régimen de igualdad; no tiene noticia de esa relación de status que es la antigua base de toda jerarquía de valores, honor y reputación, y no se presta fácilmente a ser objeto de una comparación odiosa entre su propietario y los vecinos de éste. La excepción a esta regla tiene lugar cuando se trata de productos tan escasos y exóticos como el gato de Angora, el cual tiene un cierto valor de honorabilidad que está basado en su alto costo, circunstancia que le da un derecho especial a ser considerado bello por razones pecuniarias.

El perro tiene ventajas tanto por su falta de utilidad como por ciertos rasgos especiales de su temperamento. En un sentido eminente, se dice de él que es el amigo del hombre, y se alaban su inteligencia y su lealtad. Lo que esto significa es que el perro es el siervo del hombre y que posee el don de la ciega obediencia y la prontitud del esclavo a la hora de averiguar cuáles son los deseos del amo. Junto con estas características que le capacitan bien para la relación de status—características que, para lo que aquí nos ocupa, vamos a calificar de útiles—el perro tiene algunas otras de valor estético más equívoco. El perro es, en lo que se refiere a su persona, el más sucio de los animales domésticos y el de hábitos más molestos. Esto lo compensa con una actitud servil y aduladora hacia su amo y una gran inclinación a dañar y fastidiar a todos los demás. Así pues, el perro se recomienda a nuestro favor porque nos permite ejercer nuestra inclinación al mando, y como es también un artículo costoso y no sirve por lo común ningún propósito de tipo industrial, ocupa en el concepto del hombre un lugar firme en cuanto objeto de prestigio. Al mismo tiempo, el perro se asocia en nuestra imaginación con la caza—ocupación meritoria y expresión del impulso depredador honorable.

Afincado en este terreno ventajoso, cualquier belleza de forma y movimiento y cualquiera de los rasgos mentales encomiables que pueda poseer son convencionalmente reconocidos y magnificados. Y hasta aquellas variedades de perro que por una serie de cruces han llegado a adquirir una deformación grotesca, se consideran bellas, y de buena fe, por muchos entusiastas de los perros. Estas variedades de perro—y lo mismo puede decirse de otros animales de fantasía—son clasificadas y jerarquizadas en lo concerniente a su valor estético en proporción a lo grotescas que puedan ser y al grado de inestabilidad que su deformidad particular pueda asumir en cada caso. Para el propósito que ahora nos ocupa, esa utilidad diferencial basada en lo grotesco e inestable de la estructura es reducible a términos de una mayor escasez y del gasto consiguiente. El valor comercial de las monstruosidades caninas, tales como los estilos dominantes de perros favoritos tanto para uso de caballeros como para el de damas, se basa en su alto costo de producción; y el valor que ofrecen para sus propietarios consiste, sobre todo, en su utilidad como artículos de consumo ostensible. Indirectamente, como reflejo de su costo honorable, se les imputa un valor social; y así, mediante una fácil sustitución de palabras e ideas, llegan a ser admirados y estimados como bellos. Y como cualquier cuidado que pueda prestarse a estos animales no es ni ganancioso ni útil, también es por ello mismo prestigioso; y como el hábito de cuidarlos no es, consecuentemente, censurable, puede llegar a convertirse en un afecto habitual de gran tenacidad y del más benévolo carácter. De manera que en el afecto concedido a los animales favoritos se encuentra presente, de forma más o menos remota, el canon de lo costoso como norma que guía el sentimiento y la selección del objeto. Lo mismo puede decirse, como se echará de ver en seguida, respecto al afecto por las personas, si bien la forma con que la norma actúa en este caso es algo diferente.



 

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viernes, 26 de abril de 2024

El principio del derroche ostentoso

 Un importante principio de organización social y del comportamiento humano, según la Teoría de la Clase Ociosa de Veblen, es el de la ostentación de la inutilidad, o el principio del derroche ostentoso. Para pertenecer a la clase ociosa, o simular que pertenecemos a ella, hay que lucir capacidad de gasto inútil, y demostrar que no trabajamos en nada productivo:

Abstenerse de trabajar no es sólo un acto honorífico o meritorio, sino que ha llegado a ser un requisito de la decencia. La insistencia en la propiedad como base del prestigio es muy espontánea e imperiosa durante los primeros estadios de la acumulación de riqueza. Abstenerse de trabajar es la prueba convencional de que se es rico y, por lo tanto, la señal convencional de que se ocupa una buena posición social; y esta insistencia en lo meritorio de la riqueza lleva a una más vigorosa insistencia en la ociosidad. Nota notae est nota res ipsius. Según las bien establecidas leyes de la naturaleza humana, la prescripción se apodera ahora de esta prueba convencional de riqueza y la fija en los hábitos mentales de los hombres como algo sustancialmente meritorio y ennoblecedor en sí mismo, mientras que el trabajo productivo, en virtud de un proceso semejante, se hace intrínsecamente indigno. La prescripción acaba por hacer del trabajo, no sólo algo vergonzoso a ojos de la comunidad, sino también moralmente imposible para el hombre noble y libre, e incompatible con una vida digna.
(...)
 
 

Con excepción del instinto de autoconservación, la tendencia a la emulación es probablemente el más fuerte, más despierto y más persistente de los motivos económicos propiamente dichos. En una comunidad industrial, esta tendencia a la emulación se expresa en una emulación pecuniaria; y esto, por lo que se refiere a las comunidades civilizadas de Occidente, es virtualmente lo mismo que decir que se expresa en alguna forma de derroche ostentoso.

(...)

Bajo la selectiva vigilancia de la ley del derroche ostentoso, va creciendo un código de normas acreditadas de consumo, cuyo efecto es obligar al consumidor a mantener una norma de gasto y de despilfarro en su consumo de bienes y en su empleo de tiempo y esfuerzo. Este crecimiento del uso prescriptivo tiene un efecto inmediato en la vida económica, pero también tiene un efecto indirecto y más remoto en otras facetas de la conducta. Hábitos de pensamiento con respecto a la expresión de la vida en una dirección dada, afectan inevitablemente la visión habitual de lo que también es bueno y justo en otras direcciones. En el complejo orgánico de hábitos de pensamiento que constituyen la sustancia de la vida consciente de un individuo, el interés económico no permanece aislado e independiente de todos los demás intereses. Algo se ha dicho ya, por ejemplo, de su relación con las normas que regulan la buena reputación.

El principio del derroche ostentoso guía la formación de hábitos de pensamiento en lo tocante a lo que es honesto y prestigioso en la vida y en las propiedades. Al hacerlo así, este principio negará otras normas de conducta que primariamente nada tienen que ver con el código del honor pecuniario, pero que poseen, bien directa, bien incidentalmente, un significado económico de cierta magnitud. Así, el canon del derroche ostensible puede, inmediata o remotamente, influir en el sentido del deber, en el sentido de la belleza, en el sentido de la utilidad, en el sentido de la corrección devocional o ritual, y en el sentido científico de la verdad.

martes, 19 de marzo de 2024

Resuelto el misterio de los asesores

Retropost, 2014:

Nadie entendía para qué necesitaba Zapatero 600 asesores, Gallardón 400 y Rajoy los cientos y cientos que tenga. Todos los comentaristas políticos tirándose de los pelos, llamándoles cuentistas, hablando de despilfarro inexplicable—sobre todo habida cuenta de que al parecer no les asesoraban gran cosa, y en todo caso tampoco siguen sus recomendaciones... Pero la razón es muy sencilla, la explicó Thorstein Veblen en 1899, en su Teoría de la Clase Ociosa:

"La posesión y mantenimiento de esclavos empleados en la producción de bienes es señal de riqueza y valía, pero el mantenimiento de siervos que no producen nada es prueba de que se posee todavía más riqueza y más alta posición. Al amparo de este principio surge una clase de sirvientes, cuanto más numerosa mejor, cuya sola función es prestar servicios estúpidos a la persona de su propietario, para demostrar así la capacidad que éste tiene de consumir improductivamente una gran cantidad de servicio. De ahí proviene una división del trabajo entre los sirvientes o dependientes, cuya vida se emple en mantener el honor del caballero ocioso: mientras un grupo produce bienes para él, otro grupo, generalmente encabezado por la esposa, o por la esposa principal, consume para él viviendo en ociosidad ostensible. De este modo se demuestra la capacidad del amo para asumir un enorme gasto pecuniario sin que ello afecte su magnífica opulencia." (p. 85-86)




A esto podríamos sumar otro fenómeno de ostentación de inútiles, que obedece al mismo principio— el que podríamos denominar el Principio Delfín: 
 
—a saber, que todo ostentador poderoso debe tener un adláter, doble bis, sucesor, asesor privilegiado o delfín, que sea perfectamente inútil cuando no un perfecto inútil, a modo de segundo yo ostentoso, con la única función de demostrar que en efecto es inútil, que puede tenerlo, y que lo tiene.




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viernes, 17 de marzo de 2023

La ostentación de inutilidad

 Retropost, 2013:

Para hacer ostentación de nuestra distinción social, no sólo necesitamos hacer ostentación de nuestro ocio, y de lo inútil y caro de nuestras actividades y posesiones; también se requiere probar de diversas maneras que el tiempo que pasamos fuera de la observación de otros ociosos (o no ociosos) también lo dedicamos estrictamente al ocio, y no a nada productivo. Del prólogo de Carlos Mellizo a la Teoría de la Clase Ociosa de Thorstein Veblen:

Todos los seres humanos, impulsados por el estímulo de supervivencia, poseemos ese instinto creativo y ese congénito afán de emulación [referido al trabajo: el instinto de trabajo eficaz]. En una sociedad de "salvajismo pacífico"—como Veblen la llama—, previa a la etapa bárbaro-depredadora, el tipo de emulación, en especial el tipo de emulación económica que existía entre los miembros del grupo, era principalmente una emulación en punto a utilidad laboral. Se trataba, en definitiva, de probar el prójimo, mediante el establecimiento de comparaciones emulativas, que el trabajo propio era mejor y más útil que el ajeno. Pero en el proceso evolutivo de la especie sucede lo siguiente:

Cuando la comunidad pasa de un salvajismo pacífico a una fase depredadora de vida, las condiciones de emulación cambian. (...) Mas y más la actividad de los varones adopta un carácter de proeza. (...) La agresión se convierte en la forma acreditada de acción, y el botín sirve de evidencia prima facie de una agresión triunfal. (...) Por contraste, la obtención de bienes haciendo uso de otros métodos [es decir, trabajando] no se considera digna de un hombre que esté en pleno uso de sus facultades. Por la misma razón, la realización de un trabajo productivo o el empleo en un servicio personal caen bajo ese mismo odio.  (...) El trabajo adquiere un carácter irritante a causa de la indignidad que se le imputa.


Pues bien, esa herencia proveniente de la cultura bárbara que sólo reconoce como honorable y digno el hábito de dominio triunfal y que desprecia la ocupación laboral productiva por ser tarea envilecedora y odiosa, reaparece atávicamente, en las comunidades más civilizadas de la época moderna.
La comparación odiosa que es propia de la cultura depredadora no va dirigida a probar que se trabaja mejor que el vecino y con resultados más beneficiosos y útiles; de hecho se trata de probar que no se trabaja, o que se trabaja menos que él, a pesar de tener más riqueza y poder. En la secuencia de la evolución cultural, esa clase neo-bárbara—antaño representada por el señor devoto, cazador y soldado— emerge una vez más bajo la forma de clase ociosa, cuyos rasgos, como pronto veremos, coinciden esencialmente con los de aquélla.

El surgir de la clase ociosa está vinculado, dice Veblen, al hecho de la propiedad. Lo mismo que en la cultura bárbara la apropiación fundamental del varón dominador consistía en tener mujeres y esclavos, la nueva cultura sigue una pauta semejante, con la única diferencia de que ahora la propiedad incluye una notable variedad de bienes; no se limita a la posesión de personas, sino que se extiende también a la de cosas. La riqueza se conveierte, así, en símbolo máximo de reputación honorífica. El proceso económico asume entonces el carácter de una lucha entre hombres—fundamentalmente entre varones—por la posesión de bienes dirigios a aumentar su buen nombre. Veblen mantiene que la acumulación de riqueza se busca, no tanto para mejorar el nivel de comodidades como para poder competir victoriosamente con los prójimos en punto a reputación y prestigio. "El móvil que subyace en la raíz de la propiedad es la emulación". "La posesión de riqueza confiere honor; da lugar a una distinción odiosa para el que no posee tal riqueza". 


Desde su origen mismo—insiste Veblen—, la propiedad no fue concebida en la cultura bárbara como conjunto de cosas útiles obtenidas con propósitos de mejora, sino como botín o trofeo capturado en el ataque victorioso. Se tienen cosas y personas para hacer alarde de ellas. Y es así como, gradualmente, con el crecimiento de la industria y el desarrollo económico, la acumulación de propiedades trae consigo el renacimiento del sistema valorativo arcaico. La posesión de riqueza por parte de la clase opulenta (como antes la posesión de trofeos de caza y botines de guerra por parte del señor feudal) deviene base acostumbrada de reputación y estima.



 
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viernes, 14 de agosto de 2020

La motivación ostentatoria

(De Rafael Sánchez Ferlosio, "El poder del fusil", en Ensayos 3: Babel contra Babel, p. 167-68).
 

Pero la competencia, inesperadamente suscitada por la presente discusión, entre las relaciones directas de dominación y las de producción remite el atestado, en su sustancia teórica, a una polémica clásica del marxismo: la que tuvo su expresión más explícita en el Anti-Dühring de Engels. Miactitud al respecto, frente a Engels, siempre fue, y sigue siendo, de lo más desconfiada: nunca he podido sustraerme a la impresión de que Engels partió lanza en ristre contra Dühring llevando ya en el arzón la petitio principii de la necesaria racionalidad económica del todo, con arreglo a la cual necesitaba que las relaciones de dominación no quedasen atrás como un negro grumo de irracionaidad, irreductible a la instancia axial de la racionalidad económica del proceso histórico. Así, de sus invectivas contra Dühring parece trascender, más que un genuino deseo de explicación racional, una voluntad de racionalización, en el sentido psicoanalítico de racionalización falaz, forzada por las exigencias teóricas del sistema. La duda viene no sólo de que lo inconmensurablemente gratuito y tenebroso de muchas hazañas de la dominación emite por sí mismo una invencible repugnancia a verse sometido a las más sólidas y teocráticas razones que intentan reducir esas hazañas a episodios de un mundo providente; la duda viene también de ciertos rasgos concretos de la dominación que parecen invertir el orden de prioridad establecido por el Anti-Dühring. Por no poner más que un ejemplo, a las frases —a las que, por lo burdamente directas, no se les hace injusticia al sacarlas de contexto— en las que dice: 'El ejemplo pueril inventado expresamente por el señor Dühring para probar que la violencia es el factor históricamente fundamental demuestra en realidad que la violencia no es más que el medio, y que el fin es, en cambio, el provecho económico. Y del mismo modo que el fin es más fundamental que los medios utilizados para lograrlo, en la historia es más fundamental el aspecto económico de las relaciones que el político' (hasta aquí Engels); a estas frases digo, se les puede replicar con el agudo análisis de Veblen sobre la motivación ostentatoria y emulativa en los orígenes de la riqueza. Con arreglo a ese análisis, semejante función de la riqueza, junto con sus criterios de valor, tiene su ancestro en el trofeo, esto es, en la riqueza adquirida por depredación en una acción guerrera. Pero si el trofeo en cuanto tal es tenido por valioso, si suscita la envidia hacia el que lo posee, no lo es por su posible precio inerte, sino por ser testimonio fehaciente de la hazaña violenta que llevó a su adquisición. Aquí la violencia aparece como un componente previo y necesario a la riqueza, como su condición de posibilidad, como aquello que crea de la nada su valor, no como medio para adquirir algo que fuera ya valioso por sí mismo y al margen de cualesquiera circunstancias que concurriesen en su apropiación. La apropiación violenta es, por tanto, creadora de valor. ¿Quién dice que las joyas, los metales preciosos, los primores artesanos y aun el propio despliegue paulatino del perfeccionamiento artesanal, no sólo en el ornato y en la gala, sin o también en los objetos de uso cotidiano, no tengan por contenido originario ese valor creado por la sola violencia en cuanto tal? Sea de ello lo que fuere, hablar de la violencia como medio tan unívoca y tan directamente como lo hace Engels es, desde luego, despacharla de un modo tan pedestre como inadmisible.




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Teatro Ramos Carrión