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sábado, 28 de febrero de 2026

Paseos nocturnos - El teatro cerrado

(Del capítulo XIII de Un viajante, y no de comercio de Charles Dickens):

 

Caminando por las calles bajo el tamborileo de la lluvia, el sin hogar avanzaba y avanzaba, sin ver otra cosa que la interminable maraña de calles, salvo en alguna esquina, aquí y allá, en que había dos policías conversando, o un sargento o un inspector pasando revista a sus hombres. De tiempo en tiempo, aunque muy rara vez, el sin hogar advertía durante la noche la presencia de una cabeza furtiva que miraba desde el portal de una casa unos cuantos metros más adelante de él, y al llegar a la altura de la cabeza descubría a un hombre, muy tieso y pegado a la puerta, para manternerse dentro de la sombra del portal, acechando con toda evidencia la ocasión de rendir a la sociedad algún servicio especial. El sin hogar y el caballero en cuestión mirábanse uno a otro de la cabeza a los pies, como si sufriesen una especie de fascinación, dentro del silencio fantasmal que convenía a aquella hora, y se separaban sin cambiar entre ellos una sola palabra, pero recelando el uno del otro.

Drip, drip, drip. goteaban los salientes de las fachadas; de las tuberías y bajadas de agua salía ésta salpicando, y por fin la sombra sin hogar llegaba a las piedras del pavimento que conduce al puente de Waterloo, porque se le antojaba disponer de medio penique de excusa para dar las buenas noches al cobrador del peaje y para tener un atisbo de la hoguera en que éste se calentaba. Ver al cobrador del peaje suponía contemplar varias cosas confortables: un buen fuego, un buen gabán y una buena bufanda de lana; era asimismo una compañía excelente su despierta actividad cuando devolvía el cambio del medio penique echándolo sobre su mesa de metal, con el gesto de un hombre que se ríe en la noches y de todos sus dolorosos pensamientos, y que no se preocupa de que llegue pronto el alba.

Hacía falta algo que animase a cruzar el umbral del puente, porque éste era siempre temeroso. En aquellas noches a que me refiero, todavía no habían descolgado con una cuerda por encima del pretil el cadáver del hombre asesinado y partido en pedazos; ese hombre estaba aún con vida, y es muy probable que durmiese tranquilo, sin que perturbase sus sueños la pesadilla de lo que iba a ocurrir. Pero el río presentaba un aspecto espantoso, los edificios de las orillas se hallaban envueltos en negras mortajas y las luces que se reflejaban en el agua parecían dar a ésta una profundidad mayor, como si los espectros de los suicidas las tuviesen encendidas allá en el fondo para mostrar dónde habían ido a parar. La luna solitaria y las nubes parevcían tan inquietas como una conciencia pecadora en una cama desarreglada, y hasta la misma sombra de la inmensidad de Londres dormía oprimida encima del río. 

Desde el puente hasta los dos grandes teatros sólo había una distancia de algunos centenares de pasos, de modo que eran los teatros quienes venían a continuación. Estos grandes pozos secos eran hoscoss y negros por la noche, y se presentaban desiertos ante la imaginación cuando ya se habían borrado sus hileras de caras, apagado las luces y quedádose vacíos los asientos. Se le ocurría a uno pensar que dentro de ellos no había nada a esa hora que se conociese a sí mismo, fuera de la calavera de Yorick. En uno de mis paseos nocturnos, y cuando las campanas de las iglesias habían vibrar los vientos y la lluvia de marzo con las campanadas de las cuatro, crucé el límite exterior de uno de esos grandes desiertos y penetré en el mismo. Provisto de una linterna fui tanteando el camino bien conocido hasta llegar al escenario y miré desde éste hacia la platea, que se parecía a una fosa inmensa abierta para tiempos de peste; miré también hacia el vacío que había más allá. Aquello era una caverna temerosa que daba una sensación de inmensidad, con su araña central muerta como todo lo demás, y sin que a través de la neblina y de la bruma se viese otra cosa que hileras de mortajas. El escenario en que se asentaban mis pies, y en el que la última vez que había estado allí tuve ocasión de ver a los campesinos napolitanos bailando entre las viñas, sin preocuparse en modo alguno de la montaña ardiente que amenazaba con destruirlos, hallábase ahora en poder de una gruesa serpiente: la manga de la bomba de incendios que yacía vigilante al acecho de la serpiente de fuego, dispuesta a arrojarse sobre la misma si dejaba ver su lengua ahorquillada. Un fantasma de sereno, portador de una moribunda vela, se paseaba por la lejana galería superior y desaparecía en ella. Me retiré dentro del proscenio, y alzando la luz por encima de mi cabeza hacia el telón enrollado en lo alto, y que ya no era verde, sino negro, como el ébano... se perdió mi vista en la bóveda sombría, que mostraba débiles síntomas de un naufragio de lonas y jarcias. Me sentí, poco más o menos, como un buzo pudiera sentirse en el fondo del mar.

 

  

 

 

viernes, 9 de enero de 2026

Recuerdos del viejo teatro

Según Charles Dickens, Un viajante, y no de comercio —cap. XII. 

El viajante vuelve a su ciudad natal y ve que todo es y no es lo que era, y que el tendero de siempre no lo recuerda siquiera.

 

Ya me había alejado de él algunos centenares de metros, con lo que había también mejorado mi humor, cuando pensé para mis adentros: "¡He ahí la diferencia entre marcharse de un lugar y seguir viviendo en él!" Y no tenia derecho, pensé, a irritarme con el verdulero por su falta de interés. Yo no era nada para él; él, en cambio, era para mí la ciudad, la catedral, el puente, el río, mi niñez y una gran rebanada de mi vida.

Desde luego, la ciudad se había empequeñecido de una manera espantosa desde que viví en ella siendo niño. Yo llevaba en mi memoria la impresión de que la calle Mayor era por lo menos tan ancha como la Regent Street, de Londres, o el Bulevar de los Italianos, en París. Ahora me pareció poco mejor que una callejuela. Había en ella un reloj público que yo me imaginaba como el más elegante de todos los del mundo: pero ahora lo encontré inexpresivo, descolorido, y el más apagado de cuantos relojes había visto. Pertenecía ese reloj a la Casa Consistorial, en la que vi en cierta ocasión cómo un indio (que ahora supongo no era tal indio) se tragó una espada (que también supongo ahora que no se tragó). En los tiempos aquellos  el edificio de la Casa Consistorial me parecía a mí de una construcción tan magnífica, que lo había señalado mentalmente como el modelo que el genio de la lámpara eligió para edificar el palacio de Aladino. ¡Y ahora me resultaba un ruin montoncito de ladrillos, parecido a una capilla que se hubiese vuelto loca, y en el que se veían unas cuantas personas provistas de polainas de cuero, que no hacían otra cosa que bostezar, rabiando por tener algo en qué ocuparse, mientras pasaban el tiempo con las manos metidas en los bolsillos a la puerta del edificio, que se daba el postíen de calificarse como bolsa del maíz!

Después de preguntárselo a un pescadero que exhibía en su escaparate, de una manera compendiosa, la mercancía consistente en un lenguado y un cuarto de libra de camarones, me enteré de que aún existía el teatro, y decidí reconfortar mi alma haciéndole una visita. Allí fue donde por vez primera se me apareció Ricardo III, envuelto en incómoda capa, haciendo que el corazón me dise un vuelco de terror y me obligase a retroceder hasta apoyarme en el palco proscenio donde presenciaba en pie la representación, mientras él peleaba a vida o muerte contra el virtuoso Richmond. dentro de aquellas paredes fue donde aprendí, como si estuviese leyendo una página de la historia de Inglaterra, de qué manera aquel rey malvado dormía en tiempo de guerra tumbado en un sofá demasiado pequeño para él y de qué manera más terrible la conciencia turbaba sus botas. Fue allí también donde vi por vez primera al curioso campesino de nobles principios, que lucía un florido chaleco, estrujar su sombrero, tirarlo a tierra, quitarse la levita y decir: "Maldito seáis, caballero; luchemos, pues, con nuestros puños!" Al oír lo cual la encantadora joven que iba con él (y que salía a escena hecha un pimpollo con un estrecho delantalito de muselina blanca cruzado por cinco hermosas tiras de cintas de cinco diferentes colores) sufrió tal miedo por lo que pudiera ocurrirle a su campesino, que se desmayó.

En aquel santuario me había enterado yo de muchos maravillosos secretos de la Naturaleza: no era el menos terrorífico de esos secretos el de que las brujas de Macbeth tenían un asombroso parecido con los jefes de clan y otros auténticos habitantes de Escocia, y el de que el buen rey Duncan no podía descansar en su tumba y salía constantemente de ella, llamándose a sí mismo por el nombre de otra persona.

Fui, pues, al teatro en busca de consuelo; pero el que conseguí fue muy pequeño, porque el teatro se encontraba en estado lamentable y en vías de ruina. Un comerciante en vinos y cerveza embotellada había metido ya a la fuerza su negocio dentro de lo que había sido taquilla, y el dinero se recogía—en las ocasiones en que se recogía dinero—dentro de una especie de fresquera que había en el pasillo de entrada. El comerciante de vinos y cerveza embotellada se había infiltrado seguramente también debajo del escenario, porque le oí decir que tenía varias clases de bebidas alcohólicas "entre la madera" y no había sitio alguno en qué almacenar ésta, como no fuese debajo del escenario (aunque quizá se refería a que tenía bebidas envasadas en barrilles de madera). Era evidente que aquel hombre se estaba comiendo poso a poco el teatro hasta el tuétano, y que no tardaría en convertirse en su único poseedor.

El teatro estaba, según anunciaba un rótulo, para alquilar, aunque sin esperanza para sus antiguas finalidades; desde hacía mucho tiempo no se había dado dentro de sus muros representación alguna, fuera de un panorama, y hasta éste lo habían anunciado como agradablemente instructivo, y sé demasiado bien el significado fatal y el alcance plomizo de esta clase de terribles expresiones. No, en aquel teatro no había consuelo para mí. Había desaparecido misteriosamente lo mismo que mi juventud. A diferencia de esa última, quizá aquél volviese algún día, aunque las esperanzas eran muy pequeñas.

 

viernes, 18 de noviembre de 2022

Oliver!

  Retropost, 2012:

Oliver! Dir. Carol Reed. Film version of Lionel Bart's musical based on Dickens's novel. Screenplay by Vernon Harris. Cast: Ron Moody, Oliver Reed, Shani Wallis, Mark Lester, Jack Wild, Harry Secombe, Hugh Griffith, Sheila White. Panavision. Columbia Pictures, 1968. (6 oscars including Best Picture, Director, Art Direction, Scoring, special prize for choreographer Onna White).







jueves, 17 de noviembre de 2022

David Copperfield









David Copperfield. Dir. Peter Medak. Teleplay by John Goldsmith, based on the novel by Charles Dickens. Cast: Hugh Dancy, Max Dolbey, Michael Richards, Eileen Atkins, Anthony Andrews, Frank McCusker, Sally Field, Edward Hardwicke, Freddie Jones, Nigel Davenport, Emily Hamilton, Julie Cox, Sarah Smart, Alan Howard, Alec McCowan, Paul Bettany, Judy Cornwell, Murray Melvin, Dudley Sutton, Lesley Manville, Peter Woodthorpe, Vernon Dobtcheff. Music by Shaun Davey. Ed. Ron Davis. Prod. Des, Michael Pickwoad. Photog, Elemér Ragályi. Co-prod. Morgan O'Sullivan. Exec, prod. Robert Halmi, Jr,, and David V. Picker. Prod, Greg Smith and John Davis. Hallmark Entertainment. 



 
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Micawber's advice to young Copperfield — which Spanish economy ministers would do well to heed: http://youtu.be/eVxF4z-R2YM

You shouldn't spend more than your income. What you can't pay, you can't keep.

Somos lo que representamos

 "Se percibe al instante lo que un hombre parece ser, pero no lo que realmente es". ( El Príncipe,  cap. XVIII)   Maquiavelo insis...