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lunes, 3 de noviembre de 2025

De la pura apariencia moralmente permitida

 

Un pasaje un tanto dramatístico de la Antropología de Immanuel Kant. Es la sección 14 de la "Didáctica antropológica" (Alianza, 69-72).

 

De la pura apariencia moralmente permitida

 

§14. Los hombres son, ene general, cuanto más civilizados, tanto más comediantes; toman la pura apariencia de la afección, del respeto a los demás, de la modestia, del desinterés, sin engañar con ello a nadie, porque cada uno de los demás, con tal que no se apunte particularmente a él, está conforme, y está también muy bien que así suceda en el mundo. Pues al haber personas que representen este papel, acaban por ir despertándose realmente las virtudes cuya pura apariencia se limitan aquéllas a fingir durante un cierto espacio de tiempo, y llegan a influir en el carácter. Pero el engañar al engañador que hay en nosotros mismos, las inclinaciones, es a su vez un retorno a la obediencia a la ley de la virtud, y no un engaño, sino una inocente ilusión de que nos hacemos objeto a nosotros mismos. 

Por eso el sentir repugnancia de la propia existencia, por tener vacío de sensaciones el espíritu, que tiende incesantemente a procurárselas, o sea, por el aburrimiento, en el que se siente al par el peso de la inercia, esto es, del hastío de toda ocupación que pudiera llamarse trabajo y acabar con aquella repugnancia, por ir unido con molestias, es un sentimiento sumamente ingrato, cuya causa no es otra que la natural inclinación a la comodidad (a un reposo al que no precede ninguna fatiga). Pero esta inclinación es engañosa, incluso con vistas a los fines que la razón impone como ley al hombre, para estar contento consigo mismo, cuando no hace absolutamente nada (vegeta sin finalidad), porque no hace nada malo. 

Engañarla, por tanto, a su vez (lo que se puede hacer cultivando las bellas artes, pero las más de las veces por medio de la conversación) se dice pasar el tiempo (tempus fallere), expresión que indica el designio, a saber, de engañar a la inclinación misma al descanso ocioso, ya entreteniendo el espíritu con el cultivo de las bellas artes, ya simplemente interviniendo por mero juego sin finalidad en una lucha pacífica y cultivando al menos el espíritu; en caso contrario, se llamaría matar el tiempo. Por la fuerza no se ha conseguido nunca nada contra las inclinaciones sensibles; es menester burlarlas, y como dice Swift, darle a la ballena un tonel para jugar, a fin de salvar el barco. 

(Nota: Jonathan Swift (1667-1745), "Cuento del tonel" (V).)

La naturaleza ha implantado sabiamente en el hombre la propensión a dejarse engañar con gusto, incluso para salvar la virtud o llevar a ella. Las buenas y honradas maneras son una apariencia exterior que infunde a los demás respeto (no hacerse vulgar). Sin duda que la jovencita no estaría muy satisfecha si el sexo masculino pareciese no rendir homenaje a sus encantos. Pero la modestia (pudicitia), una violencia que la persona se hace a sí misma para ocultar la pasión, es como ilusión muy saludable para poner entre uno y otro sexo la distancia que es necesaria para no rebajar al uno al papel de mero instrumento del goce del otro. En general, es todo lo que se llama decencia (decorum) de la misma índole, a saber, nada más que una pura bella apariencia.

La cortesía (politesse) es una pura apariencia de condescendencia que infunde amor. Las reverencias y toda la galantería cortesana, junto con las más cálidas afirmaciones de amistad, no siempre son precisamente una verdad ("mis queridos amigos, no hay un amigo", Aristóteles,

(Nota: En la Ética eudemia, VII, c. 12: "oudeis filos, o polloi filot". Más exactamente concuerda con la cita de Kanta la frase de Diógenes Laercio, V, 10: "o filot, oudis filos" [¡Oh amigos!, no hay ningún amigo] (K.).

mas tampoco engañan, porque todo el mundo sabe cómo debe tomarlas, y principalmente porque estos signos de benevolencia y de respeto, inicialmente vacíos, conducen poco a poco a tener realmente un carácter de esta índole.

Toda virtud humana en el trato social es moneda de vellón; niño es quien la toma por verdadero oro. Es, empero, mejor tener en circulación moneda de vellón que carecer de un medio como éste, y finalmente puede cambiarse por oro puro, aunque sea con una pérdida considerable. Considerarlas como puras fichas de juego, que no tienen por sí ningún valor; decir con el sarcástico Swift: "La honradez es un par de zapatos que han pisado en la inmundicia", etc.

Nota: Op. cit.  (V.).

o como el predicador Hofstede,  en su ataque al Belisario  de Marmontel, calumniar incluso a un Sócrates,

Nota: Hofstede, profesor reformado-ortodoxo de Teología en Rotterdam, escribió una obra, El Belisario publicado por el señor Marmontel, juzgado (Leipzig, 1769), cuyo capítulo 23, "El filósofo griego Sócrates desenmascarado", provocó una viva polémica. (K.)

para impedir que nadie crea en la virtud, es una alta traición cometida contra la Humanidad. Hasta la pura apariencia del bien en los demás ha de sernos estimable; porque de este jugar con ficciones que imponen respeto, sin merecerlo quizá, puede salir a la postre una cosa seria. Solamente la pura apariencia del bien en nosotros mismos ha de borrarse sin compasión y ha de arrancarse el velo con que el amor propio encubre nuestros defectos morales; porque  la pura apariencia engaña allí donde lo que carece de todo contenido moral induce a figurarse borrada la propia culpa o a rechazarla y convencerse de no ser culpable de nada, por ejemplo, cuando el arrepentimiento por las malas acciones al llegar al término de la vida se pinta como una verdadera corrección, o una transgresión premeditada como una debilidad humana.

 

 

martes, 8 de julio de 2025

A Virtual Machine Made of Virtual Machines

 

 

(Or—a peek from the peak)

 

One of the passages in Daniel Dennett's From Bacteria to Bach and Back in which he comes really really close to cracking the code of reality—or perhaps closer to blowing your mind away into smithermemes...  The passage in question is found in the chapter "Consciousness as an Evolved User-Illusion". 

Its title is unpromising,  

"How do human brains achieve 'global' comprehension using 'local' competences?" 

... but the going gets really good with the epigraphs—especially when the epigraphs get glossed and riffed in the text itself. The trip goes from a bon mot to a reflexive hall of mirrors in the funhouse of your brain, so...  brace your self for a dive ride into your own mind, and other minds as well:

 

 

Language was given to men so that they could conceal their thoughts. 

    —Charles-Maurice de Talleyrand

Language, like consciousness, only arises from the need, the necessity, of intercourse with others.

    —Karl Marx

Consciousness generally has only been developed under the pressure of the necessity for communication.

    —Friedrich Nietzsche


There is no General Leslie Groves to organize and command the termites in a termite colony, and there is no General Leslie Groves to organize and command the even more clueless neurons in a human brain. How can human comprehension be composed of the activities of unncomprehending neurons? In addition to all the free-floating rationales that explain our many structures, habits, and other features, there are the anchored reasons we represent to ourselves and others. These reasons are themselves things for us, denizens of our manifest image alongside the trees and clouds and doors and cups and voices and words and promises that make up our ontology. We can do things with these reasons—challenge, reframe, abandon, endorse, disavow them—and these often covert behaviors would not be in our repertoires if we hadn't downloaded all the apps of language into our necktops. In short, we can think about these reasons, good and bad, and this permits them to influence our overt behaviors in ways unknown in other organisms.

The piping plover's distraction display or broken-wing dance gives the fox a reason to alter its course and approach her, but not by getting it to trust her. She may modulate her thrashing to hold the fox's attention, but the control of this modulation does not require her to have more than a rudimentary "appreciation" of the fox's mental state. The fox, meanwhile, need have no more comprehension of just why it embarks on its quest instead of continuing to reconnoiter the are. We, likewise, can perform many quite adroit and retrospectively justifiable actions with only a vague conception of what we are up to, a conception often swiftly sharpened in hindsight by the self- attribution of reasons. It's this last step that is ours alone.

Our habits of self-justification (self-appreciation, self-exoneration, self-consolation, self-glorification, etc.) are ways of behaving (ways of thinking) that we acquire in the course of filling our heads with culture-borne memes, including, importantly, the habits of self-reproach and self-criticism. Thus we learn to plan ahead, to use the practice of reason-venturing and reason-criticizing to presolve some of life's problems, by talking them over with others and with ourselves. And not just talking them over—imagining them, trying out variations in our minds, and looking for flaws. We are not just Popperian but Gregorian creatures (see chapter 5), using thinking tools to design our own future acts. No other animal does that.

Our ability to do this kind of thinking is not accomplished by any dedicated brain structure not found in other animals. There is no "explainer-nucleus" for instance. Our thinking is enabled by the installation of a virtual machine made of virtual machines made of virtual machines. The goal of delineating and explaning this stack of competences via bottom-up neuroscience alone (without the help of cognitive neuroscience) is as remote as the goal of delineating and explaining the collection of apps on your smartphone by a bottom-up deciphering of its hardware circuit design and the bit-strings in memory without taking a peek at the user interface. The user interface of an app exists in order to make the competence accessible to users—people—who can't know, and don't need to know, the intricate details of how it works. The user-illusions of all the apps stored in our brains exist for the same reason: they make our competences (somewhat) accessible to users—other people— who can't know, and don't need to know, the intricate details. And then we get to use them ourselves, under roughly the same conditions, as guests in our own brains.

There might be some other evolutionary path—genetic, not cultural—to a somewhat similar user-illusion in other animals, but I have not been able to conceive of one in convincing detail, and according to the arguments advanced by the ethologist and roboticist David McFarland (1989), "Communication is the only behavior that requires an organism to self-monitor its own control system." Organisms can very effectively control themselves by a collection of competing but "myopic" task controllers, each activated by a condition (hunger or some other need, sensed opportunity, built-in priority ranking, and so on). When a controller's condition outweighs the conditions of the currently active task controller, it interrupts it and takes charge temporarily. (The "pandemonium model" by Oliver Selfridge [1959] is the ancestor of many later models). Goals are represented only tacitly, in the feedback loops that guide each task controller, but without any global or higher level representation. Evolution will tend to optimize the interrupt dynamics of these modules, and nobody's the wiser. That is, there doesn't have to be anybody home to be wiser!

Communication, McFarland claims, is the behavioral innovation which changes all that. Communication requires a central clearing house of sorts in order to buffer the organism from revealing too much about its current state to competitive organisms. As Dawkins and Krebs (1978) showed, in order to understand the evolution of communication we need to see it as grounded in manipulation rather than as purely cooperative behavior. An organisms that has no poker face, that "communicates state" directly to all hearers, is a sitting duck, and will soon be extinct (von Neumann and Morgenstern 1944). What must evolve to prevent this exposure is a private, proprietary communication-control buffer that creates opportunities for guided deception—and, coincidentally, opportunities for self-deception (Trivers 1985)—by creating, for the first time in the evolution of nervous systems, explicit and more globally accessible representations of its current state, representations that are detachable from the tasks they represent, so that deceptive behaviours can be formulated and controlled without interfering with the control of other behaviors.

It is important to realize that by communication, McFarland does not mean specifically linguistic communication (which is ours alone) but strategic communication, which opens the crucial space between one's actual goals and intentions and the goals and intentions one attempts to communicate to an audience. There is no doubt that many species are genetically equipped with relatively simple communication behaviors (Hauser 1996), such as stotting, alarm calls, and territorial markings and defense. Stereotypical deception, such as bluffing in an aggressive encounter, is common, but a more productive and versatile talent for deception requires MaFarland's private workspace. For a century and more philosophers have stressed the "privacy" of our inner thoughts, but seldom have they bothered to ask which this is such a good design feature. (An occupational blindness of many philosophers: taking the manifest image as simply given and never asking what it might have been given to us for).



*I have silently corrected a typo, or spello, substituting "peek" for "peak". Perhaps I shoudn't have—topsight makes a new height here.

martes, 21 de mayo de 2024

Faire semblant de rompre

Marcel "fait semblant" de rompre avec Albertine dans La Prisonnière de Proust (375-80):

Mon découragement aurait duré. Les paroles d'Albertine, quand j'y songeais, y faisaient succcéder une colère folle. Elle tomba devant une sorte d'attendrissement. Moi aussi, depuis que j'étais rentré et déclarais vouloir rompre je mentais aussi. D'ailleurs, même en repensant par à coups, par élancements, comme on dit pour les autres douleurs physiques, à cette vie orgiaque qu'avait menée Albertine avant de me connaître, j'admirais davantage la docilité de ma captive et je cessais de lui en vouloir. 

Seulement cette simulation entraînait pour moi un peu de la tristesse qu'aurait eue l'intention véritable et que j'étais obligé de me représenter pour la feindre. Sans doute, jamais, durant notre vie commune, je n'avais cessé de laisser entendre à Albertine que cette vie ne serait vraisemblablement que provisoire, de façon qu'Albertine continuât à y trouver quelque charme. Mais ce soir j'avais été plus loin, ayant craint que de vagues menaces de séparation ne fussent plus suffisantes, contredites qu'elles seraient sans doute dans l'esprit d'Albertine par son idée d'un grand amour jaloux pour elle, qui m'aurait, semblait-elle dire, fait aller enquêter chez les Verdurin. Ce soir-là je pensai que, parmi les autres causes qui avaient pu me décider brusquement, sans même m'en rendre compte qu'au fur et à mesure, à jouer cette comédie de rupture, il y avait surtout que, quand dans une de ces impulsions comme en avait mon père, je menaçais un être dans sa sécurité, comme je n'avais pas comme lui le courage de réaliser une menace, pour ne pas laisser croire qu'elle n'avait été que paroles en l'air, j'allais assez loin dans les apparences de la réalisation et ne me repliais que quand l'adversaire, ayant vraiment l'illusion de ma sincérité, avait tremblé pour tout de bon.


 

 


D'ailleurs dans ces mensonges, nous sentons bien qu'il y a de la vérité; que si la vie n'apporte pas de changements à nos amours, c'est nous-mêmes qui voudrons en apporter ou en feindre, en parler de séparation, tant nous sentons que tous les amours et toutes choses évoluent rapidement vers l'adieu. On veut pleurer les larmes qu'il apportera bien avant qu'il survienne. Sans doute y avait-il cette fois, dans la scène que j'avais jouée, une raison d'utilité. J'avais soudain tenu à la garder parce que je la sentais éparse en d'autres êtres auxquels je ne pouvais l'empêcher de se joindre. Mais eût-elle à jamais renoncé à tous pour moi, que j'aurais peut-être résolu plus fermement encore de ne la quitter jamais, car la séparation est par la jalousie rendue cruelle, mais par la reconnaissance, impossible. Je sentais en tout cas que je livrais la grande bataille où je devais vaincre ou succomber. J'aurais offert à Albertine en une heure tout ce que je possédais, parce que je me disais: tout dépend de cette bataille. Mais ces batailles ressemblent moins à celles d'autrefois, qui duraient quelques heures, qu'à une bataille contemporaine qui n'est finie ni le lendemain, ni le surlendemain, ni la semaine suivante. On donne toutes ses forces, parce qu'on croit toujours que ce sont les dernières dont on aura besoin. Et plus d'une année se passe sans amener la "décision".

Peut-être une inconsciente réminiscence de scènes menteuses faites par M. de Charlus, auprès duquel j'étais quand la crainte d'être quitté par Albertine s'était emparée de moi, s'y ajoutait-elle. Mais plus tard, j'ai entendu raconter par ma mère ceci, que j'ignorais alors et qui me donne à croire que j'avais trouvé tous les éléments de cette scène en moi-même, dans une de ces réserves obscures de l'hérédité que certaines émotions, agissant en cela comme, sur l'épargne de nos forces emmagasinées, les médicaments analogues à l'alcool et au café, nous tendent disponibles: quand ma tante Octave apprenait par Eulalie que Françoise, sûre que sa maîtresse ne sortirait jamais plus, avait manigancé en secret quelque sortie que ma tante devait ignorer, celle-ci, la veille, faisait semblant de décider qu'elle essayerait le lendemain d'une promenade. A Françoise d'abord incrédule elle faisait non seulement préparer d'avance ses affaires, faire prendre l'air à celles qui étaient depuis longtemps enfermées, mais même commander la voiture, régler à un quart d'heure près tous les détails de la journée. Ce n'était que quand Françoise, convaincue ou du moins ébranlée, avait été forcée d'avouer à ma tante les projets qu'elle-même avait formés, que celle-ci renonçait publiquement aux siens pour ne pas, disait-elle, entraver ceux de Françoise. De même, pour qu'Albertine ne pût pas croire que j'exagérais et pour la faire aller le plus loin possible dans l'idée que nous nous quittions, tirant moi-même les déductions de ce que je venais d'avancer, je m'étais mis à anticiper le temps qui allait commencer le lendemain et qui durerait toujours, le temps où nous serions séparés, adressant à Albertine les mêmes recommandations que si nous n'allions pas nous réconcilier tout à l'heure. Comme les généraux qui jugent que pour qu'une feinte réussisse à tromper l'ennemi, il faut la pousser à fond, j'avais engagé dans celle-ci presque autant de mes forces de sensibilité que si elle avait été véritable. Cette scène de séparation fictive finissait par me faire presque autant de chagrin que si elle avait été réelle, peut-être parce qu'un des deux acteurs, Albertine, en la croyant telle, ajoutait pour l'autre à l'illusion. On vivait un au jour le jour, qui, même pénible, restait supportable, retenu dans le terre à terre par le lest de l'habitude et par cette certitude que le lendemain, dût-il être cruel, contiendrait la présence de l'être auquel on tient. Et puis voici que follement je détruisais toute cette pesante vie. Je ne la détruisais, il est vrai, que d'une façon fictive, mais cela suffisait pour me désoler; peut-être parce que les paroles tristes que l'on prononce, même mensongèrement, portent en elles leur tristesse et nous l'injectent profondément; peut-être parce qu'on sait qu'en simulant des adieux on évoque par anticipation une heure qui viendra fatalement plus tard; puis l'on n'est pas bien assuré qu'on ne vient pas de déclencher le mécanisme que la fera sonner. Dans tout bluff il y a, si petite qu'elle soit, une part d'incertitude sur ce que va faire celui qu'on trompe. Si cette comédie de séparation allait aboutir à une séparation! On ne peut en envisager la possibilité, même invraisemblable, sans un serrement de cœur. On est doublement anxieux, car la séparation se produirait alors au moment où elle serait insupportable, où on vient d'avoir de la souffrance par la femme qui vous quitterait avant de vous avoir guéri, au moins apaisé. Enfin, nous n'avons même plus le point d'appui de l'habitude, sur laquelle nous nous reposons, même dans le chagrin. Nous venons volontairement de nous en priver, nous avons donné à la journée présente une importance exceptionnelle, nous l'avons détachée des journées contigües; elle flotte sans racines comme un jour de départ; notre imagination, cessant d'être paralysée par l'habitude, s'est éveillée; nous avons soudain adjoint à notre amour quotidien des rêveries sentimentales qui le grandissent énormement, nos rendent indispensable une présence sur laquelle, justement, nous ne sommes plus absolument certains de pouvoir compter. Sans doute, c'est justment afin d'assurer pour l'avenir cette présence, que nous nous sommes livrés au jeu de pouvoir nous en passer. Mais ce jeu, nous y avons été pris nous même, nous avons recommencé à souffrir parce que nous avons fait quelque chose de nouveau, d'inaccoutumé, et qui se trouve ressembler ainsi à ces cures qui doivent guérir plus tard le mal dont on souffre, mais dont les premiers effets sont de l'aggraver.

J'avais les larmes aux yeux, comme ceux qui, seuls dans leur chambre, imaginant selon les détours capricieux de leur rêverie la mort d'un être qu'ils aiment, se représentent si minutieusement la douleur qu'ils auraient, qu'ils finissent par l'éprouver. Ainsi, en multipliant les recommandations à Albertine sur la conduite qu'elle aurait à tenir à mon égard quand nous allions être séparés, il me semblait que j'avais presque autant de chagrin que si nous n'avions pas dû nous réconciler tout à l'heure. Et puis étais-je si sûr de le pouvoir, de faire revenir Albertine à l'idée de la vie commune, et, si j'y réussissais pour ce soir, que, chez elle, l'état d'esprit que cette scène avait dissipé ne renaîtrait pas? Je me sentais, mais ne me croyais pas, maître de l'avenir, parce que je comprenais que cette sensation venait seulement de ce qu'il n'existait pas encore et qu'ainsi je n'étais pas accablé de sa necessité. Enfin, tout en mentant, je mettais peut-être dans mes paroles plus de vérité que je ne croyais. Je venais d'en avoir un exemple, quand j'avais dit à Albertine que je l'oublierais vite; c'était ce qui m'était en effet arrivé avec Gilberte, que je m'abstenais maintenant d'aller voir pour éviter, non pas une souffrance, mais une corvée. Et certes, j'avais souffert en écrivant à Gilberte que je ne la verrais plus. Or, je n'allais que de temps en temps chez Gilberte. Toutes les heures d'Albertine m'appartenaient. Et en amour, il est plus facile de renoncer à un sentiment que de perdre une habitude. Mais tant de paroles douloureuses concernant notre séparation, si la force de les prononcer m'était donnée parce que je les savais mensongères, en revanche elles étaient sincères dans la bouche d'Albertine quand je l'entendis s'écrier: "Ah! c'est promis, je ne vous reverrai jamais. Tout plutôt que de vous voir pleurer comme cela, mon chéri. Je ne veux pas vous faire de chagrin, Puisqu'il le faut, on ne se verra plus." Elles étaient sincères, ce qu'elles n'eussent pu être de ma part, parce que, comme Albertine n'avait pour moi que de l'amitié, d'une part le renoncement qu'elles promettaient lui coûtait moins; d'autre part, que mes larmes, qui eussent été si peu de chose dans un grand amour, lui paraissaient presque extraordinaires et la bouleversaient, transposées dans le domaine de cette amitié où elle restait, de cette amitié plus grande que la mienne, à ce qu'elle venait de dire, —à ce qu'elle venait de dire parce que dans une séparation, c'est celui qui n'aime pas d'amour qui dit les choses tendres, l'amour ne s'exprimant pas directement, —à ce qu'elle venait de dire, et qui n'était peut-être pas out à fait inexact, car les mille bontés de l'amour peuvent finir par éveiller chez l'être qui l'inspire et ne l'éprouve pas, une affection, une reconnaissance, moins égoïstes que le sentiment qui les a provoquées, et qui, peut-être, après des années de séparation, quand il ne resterait rien de lui chez l'ancient amant, subsisteraient toujours chez l'aimée.

 


—oOo—


martes, 16 de mayo de 2023

El teatro vivido de 'El Curioso Impertinente'

 Retropost, 2013:

En la novela corta de El curioso impertinente, leída mientras Don Quijote duerme en la primera parte del Quijote—el caballero no la leerá nunca, ni tendrá noticia de ella hasta que se la menciona el bachiller Sansón Carrasco en la segunda parte—hay un episodio digno de cita sobre el fenómeno de la "vida como teatro"—la teatralidad entremezclada con los aspectos menos teatrales de la vida, para dar lugar a lo que llamamos "realidad". 

La historia es una historia de adulterio y engaño conyugal, resultante de un cortejo pretendidamente simulado que acaba volviéndose real. Ya se ve allí que ofrece posibilidades de construir terrenos dudosos entre la realidad y la ficción. Anselmo quiere probar la virtud de su mujer Camila, y encarga a su amigo Lotario que intente seducirla. Lotario se resiste con muy buenos argumentos, pero al final accede, y el simulacro de convierte en realidad. Entonces Lotario ya está pillado en una doble tramoya: por una parte oculta a Camila que su interés por ella era inicialmente ficticio, y luego, aliado con ella, oculta a Anselmo la verdad. En un momento dado, llevado por unos celos injustificados, prepara para Anselmo una escena donde pondrá en evidencia la infidelidad de Camila, teniéndole oculto detrás de unas cortinas; pero, tras una escena con Camila, le revela la verdad y deciden dar la vuelta a la situación—mejor dicho, Camila decide que transformará la escena de supuesta revelación espiada por Anselmo, en una escena donde ella controla la situación, organiza un engaño detrás del engaño, y —en una escena que mezcla mucha ficción y algo de realidad—dejará a su marido nuevamente convencido de su inocencia, y de la de Lotario.  

El argumento irrefutable será la sangre derramada, su propia sangre, que ha de ser real y no fingida, o, mejor dicho, a la vez real y fingida. Hay que señalar que Lotario no conoce del todo el plan de Camila en esta escena—¿pensaba Camila quizá apuñalar a Lotario realmente, o a la vez real-y-fingidamente, como se apuñala a sí misma? 

Juzguen ustedes.

(Habla Camila a Lotario, sabiendo los dos que también los oye Anselmo:) ... Torno a decir que la sospecha que tengo que algún descuido mío engendró en tí tan desvariados pensamientos es la que más me fatiga y la que yo más deseo castigar con mis propias manos, porque castigándome otro verdugo, quizá sería más pública mi culpa; pero antes que esto haga quiero mater muriendo y llevar conmigo quien me acabe de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo allá, dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no se dobla al que en términos tan desesperados me ha puesto.

Y, diciendo estas razones, con una increíble fuerza y ligereza arremetió a Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclavársela en el pecho, que casi él estuvo en duda si aquellas demostraciones eran falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su fuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente fingía aquel extraño embuste y falsedad, que por dalle color de verdad la quiso matizar con su misma sangre; porque, viendo que no podía haber a Lotario, o fingiendo que no podía, dijo: 

—Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan gusto deseo, a lo menos no será tan poderosa que en parte me quite que no le satifaga.

Y haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la tenía asida, la sacó y, guiando su punta por parte que pudiese herir no profundamente, se la entró y escondió por más arriba de la islilla del lado izquierdo, junto al hombro, y luego se dejó caer en el suelo, como desmayada.

Estaban Leonela y Lotario suspensos y atónitos de tal suceso, y todavía dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y bañada en su sangre. Acudió Lotario con mucha presteza, despavorido y sin asiento, a sacara la daga, y en ver la pequeña herida salió del temor que hasta entonces tenía y de nuevo se admiró de la sagacidad, prudencia y mucha discreción de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a él le tocaba, comenzó a hacer una larga y triste lamentación sobre el cuerpo de Camila, como si estuviera difunta, echándose muchas maldiciones, no sólo a él, sino al que había sido causa de habelle puesto en aquel término. Y como sabía que le escuchaba su amigo Anselmo, decía cosas que el que le oyera le tuviera mucha más lástima que a Camila, aunque por muerta la juzgara.

Leonela la tomó en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario fuese a buscar quien secretamente a Camila curase; pedíale asimismo consejo y parecer de lo que dirían a Anselmo de aquella herida de su señora, si acaso viniese antes que estuviese sana. Él respondió que dijesen lo que quisiesen, que él no estaba para dar consejo que, de provecho fuese: sólo le dijo que procurase tomarle la sangre, porque él se iba adonde gentes no le viesen. Y con muestras de mucho dolor y sentimiento, se salió de casa, y cuando se vio solo y en parte donde nadie le veía, no cesaba de hacerse cruces, maravillándose de la industria de Camila y de los ademanes tan propios de Leonela. Consideraba cuán enterado había de quedar Anselmo de que tenía por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con él para celebrar los dos la mentira y la verdad más disimulada que jamás pudiera imaginarse. 
 
Leonela tomó, como se ha dicho, la sangre a su señora, que no era más de aquello que bastó para acreditar su embuste, lavando con un poco de vino la herida, se la ató lo mejor que supo, diciendo tales razones en tanto que la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacer creer a Anselmo que tenía en Camila un simulacro de la honestidad. 

Juntáronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llamándose cobarde y de poco ánimo, pues le había faltado al tiempo que fuera más necesario tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida tenía. Pedía consejo a su doncella si diría o no todo aquel suceso a su querido esposo, la cual le dijo que no se lo dijese, porque le pondría en obligación de vengarse de Lotario, lo cual no podría ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujer estaba obligada a no dar ocasión a su marido a que riñese, sino a quitalle todas aquellas que le fuese posible.

Respondió Camila que le parecía muy bien su parecer, y que ella le seguiría, pero que en todo caso convenía buscar qué decir a Anselmo de la causa de aquella herida, que él no podría dejar de ver; a lo que Leonela respondía que ella, ni aun burlando no sabía mentir.

—Pues yo, hermana—replicó Camila—, ¿qué tengo de saber, que no me atriveré a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Y si es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor será decirle la verdad desnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.

—No tengas pena, señora: de aquí a mañana—respondió Leonela—yo pensaré qué le digamos, y quizá que por ser la herida donde es la podrás encubrir sin que él la vea, y el cielo será servido de favorecer a nuestros tan justos y tan honrados pensamientos. Sosiégate, señora mía, y procura sosegar tu alteración, porque mi señor no te halle sobresaltada, y lo demás déjalo a mi cargo y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos. 

Atentísimo había estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia de la muerte de su honra, la cual con tan estraños y eficaces afectos la representaron los personajes della, que pareció que se habían transformado en la misma verdad de lo que fingían. Deseaba mucho la noche y el tener lugar para salir de su casa y ir a verse con su buen amigo Lotario, congratulándose con él de la margarita preciosa que había hallado en el desengaño de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darle lugar y comodidad a que saliese, y él, sin perdella, salió y luego fue a buscar a Lotario; el cual hallado, no se puede buenamente contar los abrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que dio a Camila. Todo lo cual escuchó Lotario sin poder dar muestras de alguna alegría, porque se le representaba a la memoria cuán engañado estaba su amigo y cuán justamente él le agraviaba; y aunque Anselmo veía que Lotario no se alegraba, creía ser la causa por haber dejado a Camila herida y haber él sido la causa; y así, entre otras razones, le dijo que no tuviese pena del suceso de Camila, porque sin duda la herida era ligera, pues quedaban de concierto de encubrírsela a él, y que según esto no había de qué temer, sino que de aquí adelante se gozase y alegrase con él, pues por su industria y medio él se veía levantado a la más alta felicidad que acertara a desearse, y quería que no fuesen otros sus entretenimientos que en hacer versos en alabanza de Camila que la hiciesen eterna en la memoria de los siglos venideros. Lotario alabó su buena determinación y le dijo que él, por su parte, ayudaría a levantar tan ilustre edificio. 

Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haber en el mundo: él mismo llevaba por la mano a su casa, creyendo que llevaba el instrumento de su gloria, toda la perdición de su fama. Recebíale Camila con rostro al parecer torcido, aunque con alma risueña. Duró este engaño algunos días, hasta que al cabo de pocos meses volvió Fortuna su rueda y salió a plaza la maldad con tanto artificio hasta allí cubierta, y a Anselmo le costó la vida su impertinente curiosidad.


En la terminología usada por Cervantes vemos una vez más la retroalimentación del teatro y de la vida. Los términos del espectáculo dramático se utilizan para caracterizar una situación que es una trampa, no una ficción ni un entretenimiento para el espectador Anselmo. El teatro surge de esta capacidad de imitar secuencias de acción o reciclarlas para un sentido no propio. Y luego se utiliza como concepto para clarificar o aislar mentalmente este tipo de interacción o de actuación engañosa. Real para una parte del público a veces, o para todo el público, que no está en el engaño, y  engañosa y construida para los actores, todos o parte de ellos, y quizá para parte del público (incluyendo al lector, en la novela de Cervantes). 

Este tipo de actuación que mezcla realidad y trampa, por estar tan imbricado con la realidad, hecha de secuencias de acción repetidas y sedimentadas, carece de nombre propio, y ha de llamarse trampa o trampantojo, por analogía con una modificación engañosa del campo de acción o del campo visual; y si enfatizamos más la alteración coordinada y engañosa de la acción humana, lo llamamos frame en inglés (to be framed by one's enemies) — o tragedia, comedia, drama, o tramoya en español.

"Drama" proviene de la palabra "acción" y sólo relativamente podemos hablar de acción más real o más dramatizada; hasta la realidad social más inmediata tiene algo de drama, desde el momento en que implica a "personas", o "máscaras".


 
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domingo, 9 de octubre de 2022

Somos Teatreros

 Algunos artículos míos de los publicados en el SSRN se quedan en mi sección, pero otros son seleccionados antes o después para aparecer en alguna de las secciones temáticas o revistas electrónicas especializadas publicadas por el repositorio.

Por ejemplo acaba de aparecer mi artículo sobre "La Filología y la Lingüística Inglesas en el marco de los estudios universitarios en Zaragoza" en el SSRN Philosophy of Language eJournal:


Y otro artículo mío reciente, self-published hasta ahora, acaba de aparecer en otra revista temática, en dos incluso, una sobre lingüística cognitiva y otra sobre filosofía de la mente. Y va de teatro, de teatro mental:

"Somos teatreros: El sujeto, la interacción dialéctica y la estrategia de la representación según Goffman (We Playact: The Subject, Dialectic Interaction and the Strategy of Representation according to Goffman)."
Cognitive Linguistics: Cognition, Language, Gesture eJournal (2012):
2012
Philosophy of Mind eJournal (2012):



miércoles, 4 de mayo de 2022

The Embodied Simulation Hypothesis

 

From Benjamin K. Bergen's Louder than Words  (Basic Books):

 

Think about the direction you turn the doorknob of your front door. You probably visually simulate hat your hand would look like, but if you're like most people, you do more than this. You are able to virtually feel what it's like to move your hand in the appropriate way—to grasp the handle (with enough force to cause the friction required for it to move with your hand (clockwise, perhaps?) at the wrist. Or if you're a skier, you can imagine not only what it looks like to go down a run, but also what it feels to shift your weight back and forth as you link turns.

Now, in all these examples, you're consciously and intentionally conjuring up simulations. That's called mental imagery. The idea of simulation is something that goes much deeper. Simulation is an iceberg. By constantly reflecting, as you just have been doing, you can see the tip—the intentional, conscious imagery. But many of the same brain processes are engaged, invisibly and unbeknownst to you, beneath the surface during much of your waking and sleeping life. Simulation is the creation of mental experiences of perception and action in the absence of their external manifestation. That is, it's having the experience of seeing without the sights actually being there or having the experience of performing an action without actually moving. When we're consciously aware of them, these simulation experiences feel qualitatively like actual perception, colors appear as they appear hen directly perceived, and actions feel like they feel when we perform them. The theory proposes that embodied simulation makes use of the same parts of the brain that are dedicated to directly interacting with the world. When we simulate seeing, we use the parts of the brain that allow us to see the world: when we simulate performing actions, the parts of the brain that direct physical action light up. The idea is that simulation creates echoes in our brains of previous experiences, attenuated resonances of brain patterns that were awcwtwive during previous perceptual and motor experiences. We use our brains to simulate percepts and actions without actually perceiving or acting.

Outside of the study of language, people use simulation hen they perform lots of different tasks, from remembering facts to listing properties of objects to chroreographing a dance. These behaviors make use of embodied simulation for good reason. It's easier to remember where we left our keys when we imagine the last place we saw them. It's easier to determine what side of the car the gas tank is on by imagining filling it up. It's easier to create a new series of movements by first imagining performing them ourselves. Using embodied simulation for rehearsal even helps people improve at repetitive tasks, like shooting free throws and bowling strikes. People are simulating constantly.

Paying Attention to Attention

  An AI audio introduction, credits due to Academia, to my paper "Atención a la Atención: Sociobiología, Estética y Pragmática de la A...