Artículo "Conciencia" del Diccionario
de Filosofía de José Ferrater Mora:
El término 'conciencia' tiene por lo menos dos sentidos:
1) percatación o reconocimiento de algo, sea de algo exterior, como un
objeto, una cualidad, una situación, etc., o de algo interior, como las
modificaciones experimentadas por el propio yo; 2) conocimiento del
bien y del mal. El sentido 2) se expresa más propiamente por medio de
la expresión 'conciencia moral', por lo que reservamos un artículo
especial a este último concepto. En el artículo presente nos
referiremos solamente al sentido 1). En algunos idiomas se emplean
términos distintos para los dos sentidos mencionados: por ejemplo, Bewusstsein, Gewissen (en alemán), consciousness, conscience (en
inglés) respectivamente. El vocablo 'conciencia' se deriva del latín conscientia—cuyo sentido originario
fue 1)—, el cual es una traducción de los vocablos griegos syneidesis, syneidos o synaisthesis. El primero de dichos
vocablos fue usado, al parecer, por Crisipo por vez primera (Eucken, Geschichte der philosophischen Terminologie
[1879], reimp. 1960, página 175).
El sentido 1) puede desdoblarse en otros sentidos: a) el psicológico; b) el epistemológico o
gnoseológico, y c) el
metafísico. En sentido a) la
conciencia es la percepción del yo por sí mismo, llamada también a
veces apercepción (VÉASE).
Aunque puede asimismo hablarse de conciencia de un objeto o de una
situación en general, éstas son conscientes en tanto que aparecen como
modificaciones del yo psicológico. Se ha dicho por ello que toda
conciencia es en alguna medida autoconciencia y aun se han identificado
ambas. En sentido b) la
conciencia es primariamente el sujeto del conocimiento, hablándose
entonces de la relación conciencia-objeto consciente como si fuese
equivalente a la relación sujeto-objeto (véase CONOCIMIENTO).
En sentido c) la conciencia
es con frecuencia llamada el Yo (VÉASE). Se trata a
veces de una realidad que se supone previa a toda esfera psicológica o
gnoseológica.
En el curso de la historia de la filosofía no solamente ha habido con
frecuencia confusiones entre los sentidos 1) y 2), sino también entre
los sentidos a), b) y c). Lo único que parece común a
estos tres sentidos es el carácter supuestamente unificado y unificante
de la conciencia.
Dentro de cada uno de los sentidos a),
by) y c),
y especialmente dentro de los dos primeros, se han establecido varias
distinciones. Se ha hablado, por ejemplo, de conciencia sensitiva e
intelectiva, de conciencia directa y de conciencia refleja, de
conciencia no intencional e intencional. Esta última división es, a
nuestro entender, fundamental. En efecto, casi todas las concepciones
de la conciencia habidas en el curso de la historia filosófica pueden
clasificarse en unas que admiten la intencionalidad y otras que la
niegan o que simplemente no la suponen. Los filósofos que han tendido a
concebir la conciencia como una "cosa" entre las "cosas" han negado la
intencionalidad o no la han tenido en cuenta. En efecto, aunque se
admita que tal "cosa" es comparable a un espejo más bien que a las
realidades que refleja, se supone que el "espejo" en cuestión tiene una
realidad, por así decirlo, substancial. La conciencia es entonces
descrita como una "facultad" que posee ciertas características
relativamente fijas. Las operaciones de tal conciencia se hallan
determinadas por supuestas características. En cambio, los filósofos
han tendido a no considerar la conciencia como una "cosa"—ni siquiera
como una "cosa reflejante"—han afirmado o han supuesto de algún modo la
intencionalidad de la conciencia. La conciencia es entonces descrita
como una función o conjunto de funciones, como un foco de actividades
o, mejor dicho, como un conjunto de actos encaminados hacia algo:
aquello de que la conciencia es consciente.
Muchos filósofos griegos se inclinaron a una concepción no intencional
y "cosista" de la conciencia, si bien en algunos pensadores—como en
Plotino— el carácter puramente "interno" de la conciencia la distingue
de "otras" realidades, las cuales son, en cierto modo, distensiones de
la pura tensión en que la conciencia consiste. Muchos filósofos
cristianos han subrayado el carácter intencional de la conciencia. Este
carácter intencional se ha manifestado en las notas de intimidad y
autocertidumbre de que ha hablado San Agustín. Santo Tomás y no pocos
escolásticos se han inclinado hacia una concepción "realista" de la
conciencia; muchos filósofos modernos—como, por ejemplo, Descartes—se
han inclinado hacia una concepción de naturaleza intencional e
intimista. Cuando esta concepción se ha llevado a sus últimas
consecuencias se han cortado inclusive los hilos que ligaban la
conciencia a aquello de que es consciente (sobre todo cuando aquello de
que es consciente no es, a su vez, un acto de naturaleza espiritual).
Paradójicamente, la conciencia ha sido vista entonces como una realidad
completamente independiente de la realidad por ella aprehendida.
La acentuación del carácter metafísico de la conciencia se ha llevado a
cabo dentro de concepciones intencionales y no intencionales de la
conciencia. Así ha ocurrido en el idealismo alemán (a que nos referimos
más abajo). La acentuación de su carácter psicológico (y a veces
psico-gnoseológico) ha llevado a considerar la conciencia como una
facultad junto a otras facultades, y también a identificar la
conciencia con un tipo determinado de actividades psíquicas o
psíquico-gnoseológicas. Así, por ejemplo, algunos filósofos han
destacado en la conciencia las operaciones intelectuales; otros, las
volitivas; otros, las perceptuales. Ciertos tipos de metafísica han
determinado muy precisamente la idea de conciencia. Así, las
metafísicas voluntaristas de Maine de Biran y, por razones muy
distintas, de Wundt, han llegado a identificar conciencia y voluntad.
Las metafísicas orientadas hacia el empirismo han tendido a reducir el
papel de la conciencia.
Kant estableció una distinción entre la conciencia empírica
(psicológica) y la conciencia trascendental (gnoseológica) (cfr. K. r. V.,
B 131 y sigs.). La primera pertenece al mundo fenoménico; su unidad
sólo puede ser proporcionada por las síntesis llevadas a cabo mediante
las intuiciones del espacio y tiempo y los conceptos del entendimiento.
La segunda es la posibilidad de la unificación de toda conciencia
empírica y, por lo tanto, de su identidad (y, en último término, la
posibilidad de todo conocimiento). La identidad de la persona no es
asunto empírico, sino trascendental (VÉASE).
Cierto que
es posible "un tránsito gradual de la conciencia empírica a la
conciencia pura [trascendental]" (ibid.,
B 208). Pero la conciencia pura sin material [al] cual aplicarse no es
sino una condición formal. Para que sea "material", la conciencia pura
tiene que aplicarse al material empírico proporcionado por las
percepciones del mundo fenoménico. Ahora bien, tan pronto como se echó
por la borda la noción de cosa en sí, la conciencia pura
(trascendental) kantiana pasó de ser principio de unificación de un
material empírico dado (bien que no organizado) a principio de
realidad. Tal sucedió con los idealistas poskantianos. En Fichte y
Hegel tenemos un paso de la idea de la conciencia trascendental
(gnoseológica) a la idea de la conciencia metafísica. Fichte hace de la
conciencia el fundamento de la experiencia total y la identifica con el
Yo que se pone a sí mismo. Hegel describe los grados o figuras de la
conciencia en un proceso dialécico en el curso del cual el despliegue
de la conciencia es identificado con el despliegue de la realidad.
Aunque en la Fenomenología del
Espíritu
la conciencia aparece como el primer estadio, la autoconciencia como el
segundo y el espíritu, en tanto que libre y concreto, como el tercero
(desenvolviéndose en razón, espíritu y religión, y culminando en el
saber absoluto), la conciencia puede ser concebida como "la totalidad
de sus momentos", y "los momentos" de la noción del saber puro "adoptan
la forma de figuras o modos de la conciencia". En Hegel la conciencia
abarca, pues, la realidad que se despliega a sí misma, trascendiéndose
a sí misma y superándose continuamente a sí misma. Dentro del proceso
dialéctico de la conciencia aparecen ciertas figuras de conciencia
particularmente interesantes o reveladoras. Mencionamos a este respecto
la conciencia infeliz, la conciencia desgarrada. La "conciencia
infeliz" (cfr. Fenomenología,
B.4, B.3; Filosofía de la Historia,
IV, sec. 2, caps. 1 y 2) es "el alma alienada [enajenada] que es la
conciencia de sí como dividida, un ser doblado y meramente
contradictorio". La conciencia aparece entonces como el mirar de una
autoconciencia a otra, siendo ella misma las dos y siendo "la unidad de
ambas su propia esencia, pero objetiva y conscientemente no es todavía
esta misma esencia, es decir, no es todavía la unidad de ambas".
Algunos autores (por ejemplo, J. Hyppolite, op. cit. infra, pág. 184) y Franz
Grégoire (op. cit. infra,
pág. 47, nota) llegan a afirmar que la dialéctica hegeliana de la
conciencia es, en el fondo, la de la conciencia desdichada. Hyppolite
afirma que en la Fenomenología
se encuentra sin cesar "el tema de la concienca desdichada en
diferentes formas". Grégoire señala que "la Fenomenología
describe el itinerario de la conciencia desdichada y de su progresivo
apaciguamiento hasta el estado de satisfacción que es el 'saber
absoluto'."
La mayor atención prestada después del idealismo a la psicología, y la
irrupción del positivismo, han dado al término 'conciencia' un
significado más propiamente psicológico, girando desde entonces la
discusión en torno al carácter activo o pasivo, dependiente o
independiente, actual o substancial, de la conciencia. Cada una de
estas concepciones representa a su vez un nuevo tipo de psicología,
combinándose la noción de actividad con las de independencia y
substancialidad, o la de pasividad con las de actualidad y dependencia.
Brentano concibe la conciencia como intencionalidad y, por lo tanto,
hace de la conciencia algo que no es continente ni contenido, sino mera
proyección y referencia a aquello que es mentado (véase INTENCIÓN,
INTENCIONAL, INTENCIONALIDAD). Apoyándose en Brentano,
Husserl discute en la "primera fase" de su pensamiento, en las Investigaciones Lógicas,
la significación de la conciencia entendida: 1) "como la total
consistencia fenomenológica real del yo empírico", como el
entrelazamiento de las vivencias psíquicas en la unidad de su curso; 2)
como percepción interna de las vivencias psíquicas propias, y 3) como
nombre colectivo para toda clase de "actos psíquicos" o "vivencias
intencionales", dando a la discusión de la conciencia como vivencia
intencional la mayor amplitud. A través de las fases ulteriores de la
fenomenología la concepción husserliana de la conciencia experimenta
varias modificaciones, pues la mera síntesis vivencial se convierte
ahora en un punto de referencia y, finalmente, en un yo puro cuyo
fundamento se halla constituido por la temporalidad y la historicidad.
De esta manera y particularmente al distinguir los diversos modos de la
conciencia, Husserl llega a una concepción de la misma de ascendencia
cartesiana. Así, Husserl señala explícitamente que la descripción
concreta de la conciencia abre enromes perspectivas de hechos antes
jamás investigados. "Todos ellos —escribe Husserl— pueden ser
designados como los hechos de la
estructura sintética, que dan unidad noético-noemática a las
distintas cogitationes
(en sí, como todos concretos sintéticos) y también a las unas con
respecto a las otras. Únicamente el poner en claro la índole propia
de la síntesis hace fructífero el mostrar en el cogito, en la vivencia intencional,
una conciencia de,
o sea, hace fructífero el importante descubrimiento, realizado por
Franz Brentano, de que la intencionalidad es el carácter descriptivo
fundamental de los 'fenómenos psíquicos'; y únicamente ello deja
efectivamente en franquía el método de una teoría descriptiva de la
conciencia, una teoría tanto psicológico-natural cuanto
filosófico-trascendental" (Meditaciones
cartesianas, trad. J. Gaos, §17). Siguiendo a Husserl, y
apoyándose en algunos resultados de la psicología estructuralista
(véase ESTRUCTURA), Aron Gurwitsch (op. cit. infra) ha
emprendido un detallado análisis fenomenológico de la conciencia (como
"campo de la conciencia"). Gurwitsch ha descubierto tres zonas o partes
estructurales en el campo consciente: el tema, que forma la conciencia
atenciónal (véase ATENCIÓN); el campo
temático, que designa todo lo presente a la conciencia al mismo tiempo
que el tema, y el margen, que incluye elementos copresentes al tema,
pero no relacionados directa o intrínsecamente con él (en un sentido
que parece próximo a uno de los elementos de la circunstancia [VÉASE]).
En términos fenomenológicos, el tema constituye el núcleo noemático, y
el margen constituye el sentido de la realidad subyacente a la
conciencia. Partiendo asimismo de Husserl., J.-P. Sartre ha insistido
en el carácter intencional de la conciencia, en la imposibilidad de
definirla por medio de categorías pertenecientes a las "cosas". Siendo
la conciencia un "dirigirse a", su relación con la "realidad" no es la
relación que haya entre una "naturaleza" y otra "naturaleza". Por eso
puede haber conciencia de lo "ausente" o hasta de lo "inexistente". Y
por eso también, para comprender la relación entre la conciencia y las
cosas (existentes o no existentes, presentes o ausentes) hay que
descartar toda idea de relación causal, como la que sostenían las
teorías "clásicas" (y las que mantienen, dicho sea de paso, algunas
doctrinas contemporáneas sobre la percepción [VÉASE].
No habiendo, según Sartre, relación causal, la conciencia puede, pues,
presentarse como libertad.
Con independencia de Husserl, pero en una dirección análoga, Dilthey y
Bergson coinciden sobre la noción de conciencia en varios puntos
importantes. El yo puro de Husserl, que tiene tiempo e historia,
corresponde, en parte, al concepto diltheyano de la conciencia como
historicidad y totalidad lo mismo que al concepto bergsoniano de la
memoria pura, de la duración pura y de la pura cualidad. Conciencia,
dice explícitamente Bergson, significa por lo pronto memoria, pues la
inconsciencia puede definirse justamente como una conciencia que no
conserva nada de su pasado, que se olvida incesantemente a sí misma.
Pero la conciencia significa asimismo anticipación, es decir,
posibilidad de elección. De ahí el dualismo de la materia y de la
conciencia, dualismo que se expresa en la fórmula: "La materia es
necesidad; la conciencia es libertad". Pero este dualismo no permanece
siempre irreductible. Por un lado, la vida encuentra medio de
reconciliarlas. Por otro lado, Bergson se inclina hacia la idea de la
materia como duración mínima y hacia la idea del universo como
organismo del cual no puede eliminarse la conciencia. "Que estas dos
existencias—materia y conciencia—derivan de una fuente común, no me
parece dudoso. Anteriormente he intentado mostrar que si la primera es
la inversa de la segunda, si la conciencia es acción que sin cesar se
crea y se enriquece mientras que la materia es acción que se deshace y
gasta, ni la materia ni la conciencia se explican por sí mismas" (L'énergie spirituelle, 1919, págs.
18-9; trad. esp.: La energía
espiritual,
1928). La admisión de la coextensión de la conciencia con la vida es
aceptada por varios autores, aun cuando en algunos casos, como, por
ejemplo, en Scheler, la noción de conciencia sea aplicada sólo a
ciertas formas superiores de la vida orgánica. Por eso la conciencia
que, según Scheler, caracteriza, junto con otras notas, al espíritu, es
una conversión en objeto de la primitiva resistencia (VÉASE)
al impulso que sólo con muchas reservas puede seguir llamándose
"conciencia." Las notas que más insistentemente destacan los
mencionados autores en la noción de conciencia parecen ser, pues,
éstas: temporalidad, historicidad, totalidad, memoria, duración,
cualidad. Y como estas notas han sido usadas también para caracterizar
lo real—o "lo más real"—, se ha llegado a veces a identificar
conciencia con existencia.
En cambio, algunos filósofos de tendencia fenomenista y empirista
radical acabaron por disolver la noción de conciencia. Todavía en
muchos autores naturalistas del siglo XIX la conciencia, sin ser
negada, era enteramente subordinada a la realidad —esto es, a la
Naturaleza—. Marx afirmó que la realidad determina la conciencia y no a
la inversa. Aunque es posible encontrar en el marxismo cierta tendencia
a identificar —cuando menos en el campo histórico— la realidad social
con la conciencia de esta realidad, muchos autores marxistas (por
ejemplo, Lenin) han defendido una teoría del conocimiento
"fotográfico", según la cual la conciencia se limita a reflejar lo
real. No pocos filósofos naturalistas concibieron la conciencia como un
epifenómeno de la realidad—como una especie de "fosforescencia", según
decía, para criticar esta tesis, Bergson—. Pero en todos estos casoss
se otorgaba todavía un cierto sentido a la noción de conciencia. En
cambio, ciertos filósofos empiristas, fenomenistas, inmanentistas y
"neutralistas" (Mach, Schuppe) fueron tan lejos en su negación del
carácter "subsistente" de lo real que envolvieron en ella la noción de
conciencia. No se puede decir, según estos filósofos, que hay por un
lado la realidad y por el otro la conciencia. Tampoco se puede decir
que hay sólo la realidad o sólo la conciencia, y que cada una de ellas
únicamente puede comprenderse en función de la otra. Realidad y
conciencia son como dos caras de un mismo modo de ser, el cual es
ontológicamente "neutral". Los problemas acerca de la naturaleza y
realidad de la conciencia se convierten de este modo en
pseudoproblemas. Curiosamente, algunos pensadores neokantianos
contribuyeron a la elaboración de doctrinas similares. La
interpretación idealista-objetiva del kantismo, propia de la llamada
"Escuela de Marburgo", cuando era llevada a un extremo, acababa por
identificar la conciencia con el sistema objetivo de categorías. La
interpretación realistadel kantismo se aproximaba a las ideas de
algunos realistas ingleses y norteamericanos: la conciencia puede ser,
en último término, un "acontecimiento percipiente" (percipient event).
En suma, la conciencia no es conciencia: es el nombre que se da a uno
de los aspectos de "lo dado", del "tejido mental", de las partes
integrantes de la reducción (VÉASE), de
los "gignomene", etc.
(Avenarius, Schuppe, Schubert-Soldern, Rehmke, Ziehen, etcétera).
Influido en parte por las tendencias antes
aludidas, William James
terminó por negar la conciencia. En su artículo "¿Existe la
conciencia?" (1904) —y prosiguiendo los análisis de pensadores que,
como Ward, Baldwin, G. E. Moore, dudaban de la posibilidad de un empleo
de la noción de conciencia como entidad "subsistente"—, James señalaba,
en efecto, que estos autores "no son bastante osados en sus negaciones"
y que hay que reducir la conciencia a sus equivalentes "realidades de
experiencia". La conciencia no es así entidad, sino función. Lo cual no
implicaba (paradójicamente) negar el "papel desempeñado por la
conciencia", sino reafirmarlo. En la trama de la experiencia pura—lo
único existente— se dan, según James, por lo menos dos funciones: una
de ellas es la "conciencia"; la otra, "las cosas". La relación del
conocimiento —una de las relaciones a que la conciencia se había
ya reducido— se da, pues, también dentro del complexo único de la
experiencia pura. De ahí que la experiencia pueda ser indistintamente
cosa y pensamiento, y de ahí que "la separación entre conciencia y
contenido se realice, no mediante sustracción sino mediante adición".
Se ha distinguido a veces aquello de que se tiene conciencia (el
"objeto de la conciencia" u "objeto consciente"), la conciencia del
objeto, y la conciencia de sí mismo —esta última en cuanto se tiene conciencia de sí
mismo al tenerse conciencia de un objeto—. Aquello de que se tiene
conciencia es el término de un acto consciente; la conciencia del
objeto es un acto; la conciencia de sí mismo es un acto que tiene por
objeto otro acto.
La mayor parte de las teorías sobre la conciencia entienden la relación
entre acto consciente y objeto del acto como una intención o como una
reflexión. En estos casos el objeto no ofrece ninguna "resistencia" a
ser aprehendido por una conciencia. Maine de Biran, en cambio, propuso
una teoría según la cual la conciencia emerge como consecuencia de una
"resistencia" ofrecida por el objeto. Esto puede entenderse o bien como
un verdadero "obstáculo", o bien, según proponía Max Scheler —que
defendía, junto a la idea de la intencionalidad de la conciencia un
"realismo volitivo" afín al de Maine de Biran—, como "la reflexión primitiva de la sensación
en ocasión de las resistencias que se oponen al movimiento espontáneo
primitivo."
Además de los autores citados en el artículo, véase: Melchior Palágyi, Naturphilosophische Vorlesungen über die
Grundprobleme des Lebens und des Bewusstseins, 1908. — Hans
Armhein, Kants Lehre vom
"Bewusstsein überhaupt" und ihre Weiterbildung bis auf die Gegenwart,
1909 (Kantstudien, Ergänzungshefte,
10). — Johannes Rehmke, Das
Bewusstsein, 1910. — Edwin Bissett Holt, The Concept of Consciousness, 1914.
— C. A. Strong, The Origin of
Consciousness. An Attempt to Conceive the Mind as a Product of
Evolution. 1918. — Kurt Joachim Grau, Die Entwicklung des Bewusstseinsbegriffes
im XV. und XVIII. Jahrhundert, 1916. — Ludwig Klages, Vom Wesen des Bewusstseins, 1921;
4ª ed., 1955. — León Brunschvicg, Le
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vols., 1927 —N. Tr. Burrow, The
Social Basis of Consciousness, 1927. — Charlotte Bühler, 1928.
—E. R. Jaensch, Kindheit und Jugend.
Eine Genese des Bewusstseins, 1928. — E. R. Jaensch, Ueber den Aufbau des Bewusstseins,
1930. —O. Janssen, Dasein und
Bewusstsein, 1933. —B. Ray, Consciousness in Neo-Realism: A Critical and Historical Study, 1935. —R. Ruyer, La conscience et le corps, 1937 (trad. esp.: La conciencia y el cuerpo, 1961). —W. Ehrlich, Ontologie des Bewusstseins, 1940. —Curt Weischenk, Das Bewusstsein und seine Leistung, 1940. —A. M. de Craene, R. S. C. J., L'Engagement à l'Être: Essai sur la signification de la conscience, 1941. —G. Madinier, Conscience et signification, 1953. —C. Gattegno, Conscience de la conscience, 1956. —Aron Gurwitsch, Théorie du champ de la conscience, 1957 (trad. Michel Butor del texto inglés: The Field of Consciousness, 1964). —Joseph Moreau, La conscience et l'être, 1958. —Henry Ely, La conscience, 1963 (trad. esp.: La conciencia, 1965). —M. Esther Harding, The "I" and the "Not I": A Study in the Development of Consciousness, 1965. —Günter Ralfs, Stufen des Bewusstseins. Vorlesungen zur Erkenntnistheorie, 1965, ed. Hermann Glockner. —Peter Gorsen, Zur Phänomenologie des Bewusstseinsstroms. Bergson, Dilthey, Simmel und die Lebensphilosophische Antinomien, 1966. —Erich Rothacker, Zur Genealogie des menschlichen Bewusstseins, 1966. —Kenneth M. Sayre, Consciousness: A Philosophical Study of Minds and Machines, 1969. —C. O. Evans, The Subject of Consciousness, 1970. —Pratima Bowes, Consciousness and Freedom: Three Views, 1971. —Gerhard Funke, Bewusstsein, 1975. —Ken Wilber, The Spectrum of Consciousness, 1977. —M. G. Baylor, Action and Person: Conscience in Late Scholasticism and Young Luther, 1977. —G. Frey, Theorie des Bewusstseins, 1980. —T. C. Potts, Conscience in Medieval Philosophy, 1980. —J. T. Culbertson, Consciousness: Natural and Artificial, 1982. —P. M. Churchland, 1984. —E. Pöppel, Matter and Consciousness,Grenzen des Bewusstseins, 1985. —R. Ellis, An Ontology of Consciousness, 1986. —H. D. Kittsteiner, Die Entstehung des modernen Gewissens, 1991.
Para la "conciencia desdichada" y la "mala conciencia" en Hegel, véase: Jean Wahl, Le malheur de la conscience dans la philosophie de Hegel, 1929. —Benjamin Fondane, La conscience malheureuse, 1936. —Jean Hyppolite, Genèse et structure de la Phénoménologie de l'Esprit, de Hegel, 1946. —Jean Grenier, L'existence malheureuse, 1957. —Franz Grégoire, Études hégeliennes. Les points capitaux du système, 1958. —Joseph Gabel, La fausse conscience. Essai sur la réification,1962. —E. Subirats, Figuras de la consciencia desdichada, 1979.
Sobre conciencia de sí: Héctor Neri-Castañeda, La dialéctica de la conciencia de sí mismo, 1960 (separata de Rev. Univ. de S. Carlos, n.º 52). —Ursula Rohr-Dietschi, Zur
Genese des Selbstbewusstseins. Eine Studie über den Beitrag des
phänomenologischen Denkens zur Frage der Entwicklung des
Selbsbewusstseins, 1974. —E. Tugendhat, Selbstbewusstsein und Selbsbestimmung - Sprachanalytische Interpretationen, 1979. —J. Schnelle, Das Selbsbewusstsseinsproblem, 1985.
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