viernes, 9 de enero de 2026

Recuerdos del viejo teatro

Según Charles Dickens, Un viajante, y no de comercio —cap. XII. 

El viajante vuelve a su ciudad natal y ve que todo es y no es lo que era, y que el tendero de siempre no lo recuerda siquiera.

 

Ya me había alejado de él algunos centenares de metros, con lo que había también mejorado mi humor, cuando pensé para mis adentros: "¡He ahí la diferencia entre marcharse de un lugar y seguir viviendo en él!" Y no tenia derecho, pensé, a irritarme con el verdulero por su falta de interés. Yo no era nada para él; él, en cambio, era para mí la ciudad, la catedral, el puente, el río, mi niñez y una gran rebanada de mi vida.

Desde luego, la ciudad se había empequeñecido de una manera espantosa desde que viví en ella siendo niño. Yo llevaba en mi memoria la impresión de que la calle Mayor era por lo menos tan ancha como la Regent Street, de Londres, o el Bulevar de los Italianos, en París. Ahora me pareció poco mejor que una callejuela. Había en ella un reloj público que yo me imaginaba como el más elegante de todos los del mundo: pero ahora lo encontré inexpresivo, descolorido, y el más apagado de cuantos relojes había visto. Pertenecía ese reloj a la Casa Consistorial, en la que vi en cierta ocasión cómo un indio (que ahora supongo no era tal indio) se tragó una espada (que también supongo ahora que no se tragó). En los tiempos aquellos  el edificio de la Casa Consistorial me parecía a mí de una construcción tan magnífica, que lo había señalado mentalmente como el modelo que el genio de la lámpara eligió para edificar el palacio de Aladino. ¡Y ahora me resultaba un ruin montoncito de ladrillos, parecido a una capilla que se hubiese vuelto loca, y en el que se veían unas cuantas personas provistas de polainas de cuero, que no hacían otra cosa que bostezar, rabiando por tener algo en qué ocuparse, mientras pasaban el tiempo con las manos metidas en los bolsillos a la puerta del edificio, que se daba el postíen de calificarse como bolsa del maíz!

Después de preguntárselo a un pescadero que exhibía en su escaparate, de una manera compendiosa, la mercancía consistente en un lenguado y un cuarto de libra de camarones, me enteré de que aún existía el teatro, y decidí reconfortar mi alma haciéndole una visita. Allí fue donde por vez primera se me apareció Ricardo III, envuelto en incómoda capa, haciendo que el corazón me dise un vuelco de terror y me obligase a retroceder hasta apoyarme en el palco proscenio donde presenciaba en pie la representación, mientras él peleaba a vida o muerte contra el virtuoso Richmond. dentro de aquellas paredes fue donde aprendí, como si estuviese leyendo una página de la historia de Inglaterra, de qué manera aquel rey malvado dormía en tiempo de guerra tumbado en un sofá demasiado pequeño para él y de qué manera más terrible la conciencia turbaba sus botas. Fue allí también donde vi por vez primera al curioso campesino de nobles principios, que lucía un florido chaleco, estrujar su sombrero, tirarlo a tierra, quitarse la levita y decir: "Maldito seáis, caballero; luchemos, pues, con nuestros puños!" Al oír lo cual la encantadora joven que iba con él (y que salía a escena hecha un pimpollo con un estrecho delantalito de muselina blanca cruzado por cinco hermosas tiras de cintas de cinco diferentes colores) sufrió tal miedo por lo que pudiera ocurrirle a su campesino, que se desmayó.

En aquel santuario me había enterado yo de muchos maravillosos secretos de la Naturaleza: no era el menos terrorífico de esos secretos el de que las brujas de Macbeth tenían un asombroso parecido con los jefes de clan y otros auténticos habitantes de Escocia, y el de que el buen rey Duncan no podía descansar en su tumba y salía constantemente de ella, llamándose a sí mismo por el nombre de otra persona.

Fui, pues, al teatro en busca de consuelo; pero el que conseguí fue muy pequeño, porque el teatro se encontraba en estado lamentable y en vías de ruina. Un comerciante en vinos y cerveza embotellada había metido ya a la fuerza su negocio dentro de lo que había sido taquilla, y el dinero se recogía—en las ocasiones en que se recogía dinero—dentro de una especie de fresquera que había en el pasillo de entrada. El comerciante de vinos y cerveza embotellada se había infiltrado seguramente también debajo del escenario, porque le oí decir que tenía varias clases de bebidas alcohólicas "entre la madera" y no había sitio alguno en qué almacenar ésta, como no fuese debajo del escenario (aunque quizá se refería a que tenía bebidas envasadas en barrilles de madera). Era evidente que aquel hombre se estaba comiendo poso a poco el teatro hasta el tuétano, y que no tardaría en convertirse en su único poseedor.

El teatro estaba, según anunciaba un rótulo, para alquilar, aunque sin esperanza para sus antiguas finalidades; desde hacía mucho tiempo no se había dado dentro de sus muros representación alguna, fuera de un panorama, y hasta éste lo habían anunciado como agradablemente instructivo, y sé demasiado bien el significado fatal y el alcance plomizo de esta clase de terribles expresiones. No, en aquel teatro no había consuelo para mí. Había desaparecido misteriosamente lo mismo que mi juventud. A diferencia de esa última, quizá aquél volviese algún día, aunque las esperanzas eran muy pequeñas.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

TEATROESTACIÓN