jueves, 6 de noviembre de 2025

Cleopatra según como se mire

 Retropost, 2005:

Cleopatra según como se mire

Desenterrando mis notas de cuando era joven e inexperto, me releo (y traduzco aquí) una de las primeras cosas que escribí sobre Shakespeare, sin tener la menor idea de que en el futuro me dedicaría a enseñar Shakespeare en la universidad. Va sobre Antonio y Cleopatra, una obra que muestra entre otras cosas que personas mayores y muy expertas a veces también son capaces de comportarse como jóvenes inexpertos y llevarse una sorpresa:

Esperaba que esta obra fuese, ante todo, una tragedia de amor, pero me encontré en lugar de eso un drama histórico. Hay demasiado Pompeyo (junior), Octavio y Lépido, y demasiada poca Cleopatra. Shakespeare pensó este drama como una continuación de Julio César. Aquella obra terminaba con la derrota final de los asesinos de César a manos de los triumviros Octavio, Antonio y Lépido. En Antonio y Cleopatra contemplamos el enfrentamiento gradual entre Antonio y Octavio; sólo uno de los dos puede emerger de él ostentando el poder absoluto, y será Octavio. Es interesante comparar el final de ambas obras: en Julio César, las palabras se refieren a Bruto, en Antonio y Cleopatra a Cleopatra:

De modo adecuado a su virtud tratémosle,
con todo respeto y ritos fúnebres.
En mi tienda sus restos reposarán esta noche,
Como los de un gran soldado, honorablemente dispuestos.
Sonad, pues, el final de la batalla, y vámonos,
A despedirnos de las glorias de este día feliz. (Julio César, V,iv)

Será enterrada al lado de su Antonio (...)
ha sido la historia de ellos
no menos triste que grande fue la gloria de él,
que les llevó a ser lamentados. Nuestro ejército,
con desfile solemne, acompañará este funeral. (Antonio y Cleopatra, V, ii)

En ambos casos es Octavio quien habla. Las dos obras pueden verse como el trayecto inevitable hacia la concentración del poder en las manos de una sola persona, y los efectos que un destino tal tiene en las pesonas que en él se ven atrapadas (César, Antonio, Octavio) o en las que intentan evitarlo (Bruto, Casio, Casca). Bruto quería a César, pero sin embargo lo mató, intentando oponerse al curso de la Historia. Antonio y Octavio eran amigos, pero era inevitable que uno de ellos matase al otro. En palabras de Agripa,

Y es extraño,
que la Naturaleza nos obligue a lamentar
Aquellas acciones en las que más hemos perseverado. (Antonio y Cleopatra V,i)

Y así la Historia. Pero, claro, el interés principal de la obra está en Antonio y en Cleopatra, igual que en Julio César estaba en la tragedia de Bruto, y no en los acontecimientos históricos. Acusan a Antonio de ser un juguete en manos de Cleopatra: para los otros romanos es "el adúltero Antonio", que "se ha vuelto el fuelle y abanico / que refresca la lujuria de una gitana" (Antonio y Cleopatra, I,i). Pero Cleopatra ve (o al menos hace que Antonio vea) las cosas de una manera muy diferente:

La eternidad estaba en nuestros labios y nuestros ojos,
El éxtasis de gozo en nuestras frentes vueltas una a otra, y no había parte de nosotros tan pobre
Que no fuese de la raza del cielo.
(Antonio y Cleopatra, I,iii)

Y Shakespeare dibuja a Cleopatra de modo tal que ambas versiones de los hechos podrían ser ciertas; de hecho, ambas lo son, porque el valor que tienen los hechos para nosotros está en nuestras interpretaciones de ellos. Cleopatra traiciona a Antonio y a veces lo manipula ("Si lo encontráis triste, / decid que estoy bailando; si de buen humor, comunicadle / que he caído enferma de repente" – I,iii), pero no se burla de él; es sólo que no puede evitar ser así. A veces Shakespeare parece burlarse de las limitaciones del punto de vista subjetivo de los seres humanos. Por ejemplo, en la última escena, Cleopatra está preparando su suicidio y, por tanto, está de un humor trágico. Pero la persona que le trae los áspides que han de morderle es un payaso, y el humor de él está completamente desacompasado con el de Cleopatra: ella intenta despacharlo rápidamente para volver a sus "ansias inmortales". El problema es que el lector o espectador también comparte el humor de Cleopatra, y el payaso casi estropea toda la tragedia.


Hasta aquí lo que escribía en ¿1981? – Ya había leído Julio César unos años antes; tenía en el instituto un profesor de inglés muy entusiasta que nos hizo leer en el original a Swift, Jane Austen, Goldsmith... y hasta Shakespeare. Me costó lo mío, pero me fue muy bien. En mis colegas, me temo, el efecto fue contraproducente. Todo según se mire.

 


2 comentarios

José Angel -

Verdad, Magda; se aprende, aunque a veces también olvidamos todo lo aprendido. Y también verdad que es una suerte poder enseñar a Shakespeare; pero creo que no va a durar mucho por la reforma/recorte de los estudios de Humanidades. Ah, y gracias por la nota sobre Eduardo III. ¡Antonio Ballesteros es imparable!

Magda -

Que interesante. Regresar hacia atrás a través de lo que escribimos nos muestra muchas cosas, aprendemos de nosotros mismos ¿verdad?

Enseñar a Shakespeare debe de ser precioso, me encantaría tomar el curso contigo :)

Por cierto, mira esta nota que acabo de leer ayer:

http://www.revistasculturales.com/articulosLeer.php?cod=389

Un beso para ti.

 

 

lunes, 3 de noviembre de 2025

La melancolía del turista - Oligor y microscopia

 

La Melancolía del Turista

De la pura apariencia moralmente permitida

 

Un pasaje un tanto dramatístico de la Antropología de Immanuel Kant. Es la sección 14 de la "Didáctica antropológica" (Alianza, 69-72).

 

De la pura apariencia moralmente permitida

 

§14. Los hombres son, ene general, cuanto más civilizados, tanto más comediantes; toman la pura apariencia de la afección, del respeto a los demás, de la modestia, del desinterés, sin engañar con ello a nadie, porque cada uno de los demás, con tal que no se apunte particularmente a él, está conforme, y está también muy bien que así suceda en el mundo. Pues al haber personas que representen este papel, acaban por ir despertándose realmente las virtudes cuya pura apariencia se limitan aquéllas a fingir durante un cierto espacio de tiempo, y llegan a influir en el carácter. Pero el engañar al engañador que hay en nosotros mismos, las inclinaciones, es a su vez un retorno a la obediencia a la ley de la virtud, y no un engaño, sino una inocente ilusión de que nos hacemos objeto a nosotros mismos. 

Por eso el sentir repugnancia de la propia existencia, por tener vacío de sensaciones el espíritu, que tiende incesantemente a procurárselas, o sea, por el aburrimiento, en el que se siente al par el peso de la inercia, esto es, del hastío de toda ocupación que pudiera llamarse trabajo y acabar con aquella repugnancia, por ir unido con molestias, es un sentimiento sumamente ingrato, cuya causa no es otra que la natural inclinación a la comodidad (a un reposo al que no precede ninguna fatiga). Pero esta inclinación es engañosa, incluso con vistas a los fines que la razón impone como ley al hombre, para estar contento consigo mismo, cuando no hace absolutamente nada (vegeta sin finalidad), porque no hace nada malo. 

Engañarla, por tanto, a su vez (lo que se puede hacer cultivando las bellas artes, pero las más de las veces por medio de la conversación) se dice pasar el tiempo (tempus fallere), expresión que indica el designio, a saber, de engañar a la inclinación misma al descanso ocioso, ya entreteniendo el espíritu con el cultivo de las bellas artes, ya simplemente interviniendo por mero juego sin finalidad en una lucha pacífica y cultivando al menos el espíritu; en caso contrario, se llamaría matar el tiempo. Por la fuerza no se ha conseguido nunca nada contra las inclinaciones sensibles; es menester burlarlas, y como dice Swift, darle a la ballena un tonel para jugar, a fin de salvar el barco. 

(Nota: Jonathan Swift (1667-1745), "Cuento del tonel" (V).)

La naturaleza ha implantado sabiamente en el hombre la propensión a dejarse engañar con gusto, incluso para salvar la virtud o llevar a ella. Las buenas y honradas maneras son una apariencia exterior que infunde a los demás respeto (no hacerse vulgar). Sin duda que la jovencita no estaría muy satisfecha si el sexo masculino pareciese no rendir homenaje a sus encantos. Pero la modestia (pudicitia), una violencia que la persona se hace a sí misma para ocultar la pasión, es como ilusión muy saludable para poner entre uno y otro sexo la distancia que es necesaria para no rebajar al uno al papel de mero instrumento del goce del otro. En general, es todo lo que se llama decencia (decorum) de la misma índole, a saber, nada más que una pura bella apariencia.

La cortesía (politesse) es una pura apariencia de condescendencia que infunde amor. Las reverencias y toda la galantería cortesana, junto con las más cálidas afirmaciones de amistad, no siempre son precisamente una verdad ("mis queridos amigos, no hay un amigo", Aristóteles,

(Nota: En la Ética eudemia, VII, c. 12: "oudeis filos, o polloi filot". Más exactamente concuerda con la cita de Kanta la frase de Diógenes Laercio, V, 10: "o filot, oudis filos" [¡Oh amigos!, no hay ningún amigo] (K.).

mas tampoco engañan, porque todo el mundo sabe cómo debe tomarlas, y principalmente porque estos signos de benevolencia y de respeto, inicialmente vacíos, conducen poco a poco a tener realmente un carácter de esta índole.

Toda virtud humana en el trato social es moneda de vellón; niño es quien la toma por verdadero oro. Es, empero, mejor tener en circulación moneda de vellón que carecer de un medio como éste, y finalmente puede cambiarse por oro puro, aunque sea con una pérdida considerable. Considerarlas como puras fichas de juego, que no tienen por sí ningún valor; decir con el sarcástico Swift: "La honradez es un par de zapatos que han pisado en la inmundicia", etc.

Nota: Op. cit.  (V.).

o como el predicador Hofstede,  en su ataque al Belisario  de Marmontel, calumniar incluso a un Sócrates,

Nota: Hofstede, profesor reformado-ortodoxo de Teología en Rotterdam, escribió una obra, El Belisario publicado por el señor Marmontel, juzgado (Leipzig, 1769), cuyo capítulo 23, "El filósofo griego Sócrates desenmascarado", provocó una viva polémica. (K.)

para impedir que nadie crea en la virtud, es una alta traición cometida contra la Humanidad. Hasta la pura apariencia del bien en los demás ha de sernos estimable; porque de este jugar con ficciones que imponen respeto, sin merecerlo quizá, puede salir a la postre una cosa seria. Solamente la pura apariencia del bien en nosotros mismos ha de borrarse sin compasión y ha de arrancarse el velo con que el amor propio encubre nuestros defectos morales; porque  la pura apariencia engaña allí donde lo que carece de todo contenido moral induce a figurarse borrada la propia culpa o a rechazarla y convencerse de no ser culpable de nada, por ejemplo, cuando el arrepentimiento por las malas acciones al llegar al término de la vida se pinta como una verdadera corrección, o una transgresión premeditada como una debilidad humana.

 

 

Vuelve el Teatro Mágico

 

Vuelve el Teatro Mágico

The Phrase That Launched a Thousand Ships (La frase que lanzó mil barcos al mar)

Con suerte, un podcast que se puede oír sobre mi artículo sobre intertextualidad en Marlowe y Shakespeare.  Con mala suerte, aún tenemos ...